martes, 14 de febrero de 2017

¿Dios es Una Persona o Tres Personas?


Por Steven Ritchie, © 2106. Todos los Derechos Reservados.
Capítulo 2, del libro: “El Caso de la Teología de la Unicidad”.
Traducido por Julio César Clavijo Sierra.
Más información en: Global Impact Ministries. www.apostolicchristianfaith.com


Los trinitarios afirman con frecuencia, que las Escrituras hebreas y griegas realmente nunca dicen que Dios sea una “Persona” en el mismo sentido de nuestra palabra española persona. Por lo tanto, insisten en que es posible que Dios exista como tres personas divinas a pesar de que no hay ninguna porción de la Escritura que diga que Dios es tres personas. Sin embargo, así como en la Escritura no se habla de Dios como una “Persona” con nuestra representación precisa en el español, así tampoco los idiomas originales de la Biblia usan la palabra precisa para nuestra palabra española “persona” cuando se hace referencia a la gente. Pese a esto, es razonable creer que Dios existe como una Persona Divina de una manera similar a como existen los seres humanos individuales como una sola persona.

Aunque los idiomas originales de la Biblia no usan la palabra “persona” al referirse al Dios verdadero, la Biblia sí utiliza palabras similares que en el hebreo y el griego tienen el mismo significado esencial que esa palabra española. Para poder trazar correctamente la Palabra de Verdad, debemos preguntarnos cuáles de las palabras hebreas y griegas que se usaron para describir a una persona, indicarían lo mismo que nuestra palabra española “persona”. La respuesta a esta pregunta, demostrará de cuántas personas realmente consiste Dios.

Los eruditos en hebreo y griego, han notado que las palabras hebreas y griegas para el corazón y el alma, tienen el mismo significado esencial de la palabra española persona. Curiosamente las palabras hebreas y griegas para “corazón” y “alma”, son igualmente utilizadas tanto para Dios como para los hombres individuales. Por lo tanto, la afirmación trinitaria de que Dios puede ser más de una persona en razón a que la palabra persona no se usa en las Escrituras, es muy engañosa.

Siempre que la Biblia usa la palabra hebrea “néfesh” (traducida al español como “alma”) para describir a Dios o a un ser humano individual, todas esas veces habla de Dios y de los seres humanos individuales como una sola alma, al igual que la singular palabra española persona describe a un solo individuo, pues la palabra hebrea “néfesh” se puede traducir como “alma” o como “persona”. Por lo tanto, es un hecho innegable que para describir a Dios y al hombre, los antiguos hebreos y griegos usaron palabras que se traducen al español como “corazón”, “mente” y “alma”, los cuales son términos que normalmente usan los hispanoparlantes para describir a una “persona”.

Génesis 8:21. "y dijo Yahvé EN SU CORAZÓN (leb “corazón”, por ext. “persona interior”): No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento DEL CORAZÓN DEL HOMBRE (leb “corazón”, por ext. “persona interior”) es malo desde su juventud”.

Génesis 2:7. “Entonces Yahvé Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser (néfesh = “un alma, ser vivo, vida, personalidad, persona” –Concordancia NAS) viviente”.

Observe que en Génesis 8:21, dentro del mismo versículo de la Escritura inspirada, Yahvé Dios habló de sí mismo como teniendo un solo “corazón”, así como un ser humano tiene un solo “corazón” o una sola “persona interior”. Dios dijo además en el mismo versículo de 1. Samuel 2:35, que Él tiene un solo “corazón” y una sola “alma”.

“Y yo me suscitaré un sacerdote fiel, que haga conforme a MI CORAZÓN (leb “corazón”, por ext. “persona interior”) y a MI ALMA (néfesh  “persona”)”.

Aquí podemos ver claramente, que las mismas palabras hebreas para el alma (néfesh) y el corazón (leb) de Dios, también se usan para el alma (néfesh) y el corazón (leb) de un hombre.

Puesto que Dios no es una persona humana (Números 23:19 “Dios no es hombre”), muchos cristianos sinceros creen que Dios no debería ser llamado “una persona” en lo absoluto. Sin embargo, la palabra española persona, tiene el mismo significado esencial de las palabras hebreas y griegas usadas para Dios, como “corazón” (Heb. Leb “corazón”, o “persona interior” –Strong- Génesis 8:21, 1. Samuel 2:35) y “alma” (Heb. “néfesh” y griego “psujé” = “persona” - Diccionario Evangélico de Teología Bíblica de Baker. Editado por Walter A. Elwell). Incluso, la versión inglesa King James, llama a Dios una “Persona” en Hebreos 1:3, porque “hipóstasis” para la sustancia de Dios o la esencia del Ser de Dios, significa literalmente una sola “Esencia del Ser” como una “Persona” (Hebreos 1:3 en la versión King James, dice que el Hijo es “el resplandor de su gloria y la imagen expresa de su persona”. El contexto demuestra que Jesús es la Persona del Padre, que se hizo una persona humana). De la misma manera, la versión inglesa La Biblia Amplificada, dice que “Dios es una persona” (Gálatas 3:20).

Las Escrituras están repletas de ejemplos que nos muestran que Dios tiene una “Mente”, un “Corazón”, un “Espíritu” y un “Alma”, justo como un hombre los tiene. De hecho, las mismas palabras hebreas y griegas que son usadas para la Mente, el Corazón, el Espíritu y el Alma de Dios; también son usadas para la mente, el corazón, el espíritu y el alma de un hombre.

Dios dijo en Jeremías 32:35. “...ni me vino al pensamiento [a la mente] (leb “corazón”, por ext. “persona interior”, Strong) que hiciesen esta abominación, para hacer pecar a Judá”.

Génesis 8:21. "y dijo Yahvé EN SU CORAZÓN (de acuerdo con Strong, Leb = “corazón”, por ext. “persona interior”): No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento DEL CORAZÓN DEL HOMBRE (leb = “corazón”, por ext. “persona interior”, Strong) es malo desde su juventud”.

Así como una sola persona humana es llamada persona porque tiene un corazón espiritual invisible, así Dios habló de Sí mismo como teniendo un Corazón Espiritual invisible. Por lo tanto, el corazón del hombre y el corazón de Dios, hablan de un solo espíritu de un hombre, y un solo Espíritu de Dios.

Juan 4:24. “Dios es Espíritu (pneuma); y los que le adoran (como a una sola Persona Espiritual), en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.

Santiago 2:26. “Porque como el cuerpo sin espíritu (pneuma) está muerto, así también la fe sin obras está muerta”.

Note que la misma palabra griega para el “Espíritu” de Dios, es la misma palabra griega para el “espíritu” de un hombre. Es absurdo creer que el Espíritu de Dios es una tercera Persona de Dios, distinta de otras dos Personas de Dios. ¿Cómo podrían dos de las tres supuestas personas distintas de Dios, no tener sus propios Corazones o Espíritus distintos mientras que permanecen como Personas distintas? Pues incluso una Persona de Dios, debe tener su propio Corazón o Espíritu para llamarlo una Persona. Por lo tanto, es completamente ridículo afirmar que Dios es un solo Espíritu, mientras que dos de las supuestas Personas Divinas carecen de sus propios Espíritus individuales.

Dios dijo en Levítico 26:30, “Destruiré vuestros lugares altos, y derribaré vuestras imágenes, y pondré vuestros cuerpos muertos sobre los cuerpos muertos de vuestros ídolos, y MI ALMA (néfesh = “un alma, ser vivo, vida, personalidad, persona” –Concordancia NAS) os abominará”.

Génesis 2:7 (RVA). “Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma (néfesh = “un alma, ser vivo, vida, personalidad, persona” –Concordancia NAS) viviente”.

Génesis 2:7 (BTX): “Entonces YHVH ’Elohim modeló al hombre de la tierra roja, e insufló en sus narices aliento de vida. Y el hombre llegó a ser alma (néfesh = “un alma, ser vivo, vida, personalidad, persona” –Concordancia NAS) viviente”.

Aquí podemos ver claramente que la palabra hebrea para “alma” usada para el Dios Altísimo y para el hombre, tiene el mismo significado básico que nuestra palabra española “persona”. Este es un hecho Escritural que es respaldado incluso por los eruditos trinitarios. El Diccionario Evangélico de Teología Bíblica de Baker, dice que la palabra hebrea para “alma” significa un “individuo” (“en la forma plural indica un número de individuos”), un “ser” como una “personalidad”, un “yo”, o un “mí”.

“Con frecuencia, en el Antiguo Testamento néfesh [v,p,n] designa al individuo (Lev. 17:10; 23:30). En su forma plural indica un número de individuos como parte de Abraham (Gen. 12:5), el remanente que habían dejado en Judá (Jer. 43:6) y el linaje de Lea (Gen. 46:15)... Frecuentemente néfesh [v,p,n] toma el lugar de un pronombre personal o reflexivo (Sal. 54:4; Prov. 18:7). Es cierto que este movimiento del nominal al pronominal no tiene una frontera exacta. La Versión Estándar Revisada, refleja el entendimiento sobre néfesh [v,p,n] al sustituir el “alma” de la King James Version, con traducciones como “ser”, “uno”, “uno mismo”, “yo/mi”. (Diccionario Evangélico de Teología Bíblica de Baker, en la definición de Alma, Editado por Walter A. Elwell).

El erudito luterano Gustav Friedrich Oehler, escribió que la palabra hebrea para alma significa “la persona integral”.

“... nafshi (“mi alma”), nafshekha (“tu alma”) se puede traducir en latín egomet, tu ipse; pero no ruchi (“mi espíritu”), ruchakha (“tu espíritu”) - el alma existente de toda la persona, como en Génesis 12:5; 17:14; Ezequiel 18:4, etc.” (Oehler, Teología del Antiguo Testamento, I, 217).

El Diccionario Evangélico de Teología Bíblica de Baker, dice que tanto las palabras hebreas y griegas para “alma” también pueden significar “persona”.

Psujé, como su homólogo del Antiguo Testamento, pueden indicar la persona (Hechos 2:41; 27:37). También sirve como el pronombre reflexivo que designa a uno mismo (“Y diré a mí mismo” Luc. 12:19; “por testigo sobre mí mismo” 2. Cor. 1:23; “nuestras propias vidas” 1. Tes. 2:8)”. (Diccionario Evangélico de Teología Bíblica de Baker. Editado por Walter A. Elwell).

Dado que las palabras hebreas y griegas para “alma”, tienen el mismo significado esencial de nuestra palabra española “persona” o “uno mismo”, el Dios Altísimo tiene que ser Una Persona Divina con una sola existencia “personal”. Es interesante notar, que incluso el nombre divino de Yahvé, significa esencialmente, “El Único Ser Autoexistente” (Brown-Driver-Briggs, definen Yahvé como: “...el único que es: es decir, el absoluto y único inmutable; el existente, el eterno, como autoconsistente...”). ¿Por qué el Dios Altísimo se llamaría a sí mismo “El Único Ser Autoexistente” si es que Él existe como “Tres Autoexistentes”? Si es que realmente Dios existe como tres Personas distintas y coiguales de Dios, entonces Dios mismo engañó a su pueblo al llamarse a sí mismo solamente Uno “el Único Autoexistente”.


LA BIBLIA HEBREA HABLA DE DIOS COMO UN ALMA PERSONAL

En 1. Samuel 2:35, Yahvé Dios dijo: “Y yo me suscitaré un sacerdote fiel, que haga conforme a MI CORAZÓN y a MI ALMA [MI PERSONA]”.

Salmo 11:5. “Yahvé prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, SU ALMA [SU PERSONA] los aborrece”.

Proverbio 6:16. “Seis cosas aborrece Yahvé, y aun siete abomina SU ALMA [SU PERSONA]”.

Isaías 1:14. “Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas MI ALMA [MI PERSONA]”.

Jeremías 6:8. “Corrígete, Jerusalén, para que no se aparte MI ALMA [MI PERSONA] de ti”

Jeremías 15:1. “Si Moisés y Samuel se pusieran delante de mí [MI ALMA, MI PERSONA], no estaría mi voluntad con este pueblo”.

Ezequiel 23:18. “MI ALMA [PERSONA] se hastió de ella, como se había ya hastiado MI ALMA [MI PERSONA] de su hermana”.

Amós 6:8. “Yahvé el Señor juró por sí mismo [POR SU PROPIA ALMA, POR SU PROPIA PERSONA]”.

Yahvé Dios NUNCA DICE “Mis Almas”, y tampoco a Dios se le menciona en las Escrituras diciéndole “Sus Almas”. ¡Siempre en toda la Biblia es, “Mi Alma” o “Su Alma” en singular! ¡Por lo tanto, Yahvé nuestro Dios como nuestro Padre Celestial, debe ser Una Persona Divina en su esencia del ser! Esta es la razón por la cual los eruditos en hebreo y griego, han traducido a menudo la palabra hebrea “néfesh” para “alma”, y la palabra griega “psujé” para “alma”, como “persona” o “personas” (dependiendo si el contexto indica una persona singular, o una pluralidad de personas).


LOS ERUDITOS EN GRIEGO, HAN TRADUCIDO PSUJÉ COMO “ALMA” Y “PERSONA”

Hechos 2:41 (RV60). “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas (psujé)”.

Hechos 2:41 (LBLA). “Entonces los que habían recibido su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil almas (psujé)”.

1. Pedro 3:20 (RV60). “los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas (psujé), es decir, ocho, fueron salvadas por agua”.

1 Pedro 3:20 (BSB). “que desobedecieron hace mucho tiempo cuando Dios esperó pacientemente en los días de Noé, mientras el arca estaba siendo construida. En el arca, algunas personas, sólo ocho almas (psujé), fueron salvadas por agua”.

¿Por qué los eruditos en griego traducirían la misma palabra griega “psujé” como “almas” humanas y “personas” humanas, si el significado de la palabra psujé no tuviera el mismo significado esencial de nuestra palabra española para “personas”? La Concordancia NAS, define psujé como “corazón, de todo corazón, vida, vidas, mente, mentes, persona, personas, alma, almas”.

La Concordancia de Strong define psujé como “(a) el aliento vital, aliento de vida, (b) el alma humana, (c) el alma como el asiento de los afectos y voluntad, (d) la personalidad, (e) la persona humana, un individuo”. Por lo tanto, no puede haber ninguna duda de que la palabra “psujé”, tiene el mismo significado esencial de nuestra palabra española persona.


ASÍ COMO LA PALABRA GRIEGA PSUJÉ EN EL SINGULAR SIGNIFICA UNA PERSONA HUMANA, ASÍ PSUJÉ EN EL SINGULAR SIGNIFICA UNA PERSONA PARA EL DIOS TODOPODEROSO

Mateo 12:18. “He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada MI ALMA [MI PERSONA]”.

Hebreos 10:38. “Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a MI ALMA [MI PERSONA]”.

No puede haber duda de que las palabras hebreas y griegas para alma, tienen el mismo significado básico que nuestra palabra española “persona”. Tampoco puede haber duda alguna de que la Persona Divina de Dios habló de sí mismo como un sola “Alma”, tanto en las Escrituras hebreas y griegas. Pero el Alma Divina (Persona) de Dios, reprodujo una imagen humana de sí misma, que es la imagen visible del Dios invisible, y es “el resplandor de su gloria y la imagen expresa de su Persona” (Hebreos 1:3 – la Persona del Padre) como una persona humana total y completa. Dado que la teología trinitaria no puede presentar una sola porción de la Escritura para mostrar que Dios es una pluralidad de “Almas” o “Personas”, debemos concluir que Dios como Dios, debe ser solamente Una Persona Divina. Porque el Dios de las Escrituras nunca habló de sí mismo como teniendo más de Una Mente Consciente, más de Un Corazón Consciente, más de Un Espíritu Consciente, más de Un Alma Consciente, o más de Una Autoconsciencia Personal.

¿Cómo podría cada una de las supuestas personas divinas y distintas de una trinidad, ser una persona distinta sin tener su propio corazón, mente y alma? Porque las Escrituras declaran que Dios tiene un solo corazón, mente y alma, tal como un hombre tiene un solo corazón, una mente y un alma. Por lo tanto, Dios no puede ser tres distintas personas coiguales, como lo afirman los teólogos trinitarios.

La Biblia enseña claramente que hay un solo Dios individual que se llama a sí mismo Yo, Mí, Él, Uno. Ningún versículo de la Biblia dice que Dios es: “Yo tres personas”, “Él tres personas”, o “Mí tres personas”.

Éxodo 3:14. “Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”.

Isaías 43:10. “para que me conozcáis y creáis, y entendáis que YO MISMO SOY”.

Puesto que la Biblia nunca dice: “Nosotros somos Él”, “Yo Mismo Soy Nosotros” o “Yo Soy Tres”, nuestro Padre Celestial debe ser el único Dios verdadero como un Ser o Persona Individual que creó todas las cosas “solo” y “por sí mismo” (Isaías 44:24; Isaías 64:8.; Malaquías 2:10). Esta es la razón por la cual Dios siempre habló de Sí mismo en la Escritura como un Individuo Divino, así como un hombre es un individuo humano, y en este orden las Escrituras hablan repetidamente de Dios como teniendo solamente Un Corazón Divino, Una Mente Divina, Un Alma Divina y Un Espíritu Divino; del mismo modo que un hombre tiene un corazón humano, una mente humana, un alma humana y un espíritu humano. Por lo tanto, Dios debe ser Una Persona Divina de una manera similar en la que cada individuo humano es una persona humana.

El Dios de la Biblia nunca dijo que Él sea más de Una Persona Divina. Sin embargo, los trinitarios insisten en especular que Dios es Un Ser en Tres Personas Divinas distintas. Los teólogos y apologistas trinitarios aman el tratar de hacer una distinción entre las palabras “ser” y “persona”, como si Dios siendo un sólo Ser existiera como tres supuestas “personas” divinas. Sin embargo, la palabra “ser” significa esencialmente lo mismo que una “persona” y la palabra “persona” significa esencialmente lo mismo que “ser”.

Merriam Webster define la palabra SER, como “un ser vivo; en especial: UNA PERSONA”. También define la palabra PERSONA, como “un SER humano: una persona”.

Una persona humana individual es un ser humano individual, y un ser humano individual es una persona humana individual. ¿Cómo Podría Dios ser Un Ser y tres Personas al mismo tiempo, cuando “Ser” significa “una Persona viva” y Persona significa “un ser humano”? Tal tontería no es solo un absurdo – sino que contradice el verdadero significado de “Ser” y “Persona” en todos los idiomas normativos de la tierra.


LA BIBLIA DICE QUE DIOS ES UNA PERSONA

Algunos eruditos en griego, están de acuerdo en que el texto griego original usado en Gálatas 3:20, prueba que Dios es Un Individuo como “Una Persona”.

R.G. Brachter, tradujo Gálatas 3:20 con Dios siendo “Una persona”. “Ahora, el mediador no es necesario con una persona, pero DIOS ES UNA PERSONA”.

Imágenes Verbales del Griego del Nuevo Testamento de West, traduce Gálatas 3:20 con Dios siendo “Un Individuo”.  “Ahora, un mediador no lo es entre lo que representa el interés de un individuo, pero DIOS ES UN INDIVIDUO”.

La Biblia Amplificada tradujo a Gálatas 3:20 con Dios siendo “Una Persona”. “Ahora, un mediador y un intermediario, tiene que ver con lo que implica a más de una parte. No puede haber ningún mediador con una sola persona. Sin embargo, DIOS ES UNA PERSONA”.

Puesto que los eruditos en griego han demostrado que el texto griego original en Gálatas 3:20 declara que Dios es sólo UNA PERSONA DIVINA INDIVIDUAL, debemos reconocer que el concepto trinitario de que Dios es una pluralidad de personas divinas, no puede ser correcto.


EL HOMBRE TIENE UN CORAZÓN, ASÍ COMO DIOS TIENE UN CORAZÓN  

Génesis 17:17. “Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y se rió, y DIJO EN SU CORAZÓN (Heb. Leb = “corazón” o “persona interior”): ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo?”

Génesis 27:41. “Esaú… DIJO EN SU CORAZÓN (Heb. Leb = “corazón” o “persona interior”)

Génesis 8:21. “Y percibió Yahvé olor grato; y dijo Yahvé en su corazón (Heb. Leb = “corazón” o “persona interior”): No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento del corazón (Heb. Leb = “corazón” o “persona interior”) del hombre es malo desde su juventud; ni volveré más a destruir todo ser viviente, como he hecho”.

La palabra hebrea traducida como “corazón” en las anteriores porciones de la Escritura es “leb”, que la Concordancia de Strong define como “corazón, por extensión, la persona interior”. Aquí Dios declara explícitamente que tiene un solo “corazón” como una sola “persona”, así como el hombre tiene un solo “corazón” y es una sola “persona”. Puesto que no hay una sola porción de la Escritura que hable alguna vez que Dios tiene más de un corazón o una “persona interior”, sabemos que Dios como nuestro Padre Celestial tiene que ser uno, como un solo individuo divino, como una sola persona divina.


EL HOMBRE TIENE UNA MENTE, ASÍ COMO DIOS TIENE UNA MENTE

Éxodo 32:14 (NASB). “Entonces el SEÑOR (Yahvé) cambió su mente, acerca del daño que Él había dicho que haría a su pueblo ...”

Jeremías 7:31 (NVI). “Además, construyeron el santuario pagano de Tofet, en el valle de Ben Hinón, para quemar a sus hijos y a sus hijas en el fuego, cosa que jamás ordené ni me pasó siquiera por la mente”.

Jeremías 19:5 (NVI). “Han construido santuarios paganos en honor de Baal, para quemar a sus hijos en el fuego como holocaustos a Baal, cosa que yo jamás les ordené ni mencioné, ni jamás me pasó por la mente”.

Jeremías 32:35 (LBLA). “Y edificaron los lugares altos de Baal que están en el valle de Ben-hinom, para hacer pasar por el fuego a sus hijos y a sus hijas en honor de Moloc, lo cual no les había mandado, ni me pasó por la mente que ellos cometieran esta abominación, para hacer que Judá pecara”.

Ningún texto de la Escritura inspirada dice: "Ni se me pasó por Mis Mentes", con el plural Mentes. Sin embargo, esto es precisamente lo que deberíamos encontrar en las Escrituras si es que debiéramos creer que Dios es tres Personas Divinas y distintas de Dios, o tres Personas Divinas. Porque es imposible que Dios sea tres Personas Divinas coiguales y distintas, sin que cada supuesta persona divina y distinta tenga su propia Mente distinta y su propio Centro Personal de Conciencia. Por lo tanto, preguntamos a nuestros amigos trinitarios ¿cómo puede ser posible que Dios sea tres Personas Divinas coiguales y distintas, dado que Dios nunca habló de sí mismo en ninguna parte de la Biblia, como teniendo tres Mentes distintas, o tres Centros de Conciencia Personal?


¿DIOS TIENE UNA MENTE O TRES MENTES?

Los teólogos y apologistas trinitarios a menudo se contradicen a sí mismos, cuando por un lado afirman que Dios sólo tiene una Mente y una Voluntad Divina, mientras que por el otro lado dicen que Dios tiene tres Mentes y tres Voluntades divinas coiguales y distintas. Por ejemplo, a los siete minutos y veinticinco segundos del video del apologista trinitario Ethan Smith, titulado “Más sobre la Unicidad de la Trinidad” (https://www.youtube.com/watch?v=dZero-Ek3vw), el Sr. Smith dijo que Dios tiene una mente, así como los cristianos son alegóricamente mencionados en las Escrituras como teniendo una mente en unidad. Sin embargo, esta respuesta lo que realmente afirma, es que Dios tiene más de una mente, en razón a que la multitud de cristianos posee múltiples mentes, pues una persona no puede ser una persona distinta, sin que cada persona tenga su propia mente distinta y su propia autoconciencia personal. Por lo tanto, si seguimos la lógica del Sr. Smith, las tres supuestas personas divinas tienen una mente de acuerdo, pero aun así cada una de las tres supuestas personas divinas y distintas conserva su propia mente distinta. Por lo tanto, no hay manera de que los trinitarios puedan escapar del razonamiento lógico deductivo, en el que cada supuesta persona divina tiene que tener su propia mente divina distinta y su propia conciencia divina (voluntad).

El hombre Cristo Jesús, exhibió claramente una voluntad y una conciencia humanas que siempre estuvieron sujetas a la voluntad divina de su Padre Celestial. Juan 6:38 demuestra que Cristo Jesús, el hombre que se dio como resultado de la encarnación, no vino para hacer su propia voluntad humana, sino solamente la voluntad de su Padre como “el único Dios verdadero” (Juan 17:3).  Si Jesús como una supuesta segunda Persona llamada 'Dios Hijo', tiene una segunda voluntad de Dios (una voluntad es lo mismo que una conciencia) distinta de Dios el Padre, entonces tendríamos dos mentes y dos voluntades en Dios. Puesto que ninguna porción de la Biblia apoya la idea de que Dios tenga dos o tres mentes y voluntades divinas, o un conjunto de autoconciencias personales, por lo tanto Jesús como un Hijo no puede ser otra Persona de Dios, con su propia voluntad y conciencia divina y distinta al lado del único Dios verdadero, el Padre.

Las Escrituras indican que el hombre Cristo Jesús estaba en la unión con la Mente divina y la Voluntad de Dios el Padre, al estar siempre en unión con la voluntad del Padre (Juan 10:38, “creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”). Por lo tanto, las Escrituras enseñan que nuestro Padre Celestial tiene una mente y una voluntad divinas, mientras que el hombre Cristo Jesús a quien le fue dado “tener vida en sí mismo” (Juan 5:26) tiene su propia mente y voluntad humanas. Dios ha continuado siendo inmutable (Malaquías 3:6) como el Padre omnipresente que llena los cielos y la tierra (Jeremías 23:24), pero al mismo tiempo ha llegado a ser “Dios con nosotros” (Mateo 1:23) como un hombre verdadero, porque en su encarnación Dios también asumió una mente y una voluntad humana que podía orar y ser tentada.

Los apologistas trinitarios no pueden escapar del hecho de que no hay ninguna explicación razonable para que los trinitarios piensen en el único Dios verdadero como una Trinidad de tres personas divinas coiguales, porque tres personas no pueden tener una sola mente divina y una sola conciencia divina, mientras son verdaderamente distintas como personas divinas. Los apologistas trinitarios a menudo entran en conflicto cuando se les pregunta si Dios tiene una mente divina, una voluntad divina, una conciencia divina, o tres. Cuando el apologista unicitario Roger Perkins cuestionó a James White sobre su creencia trinitaria, el Dr. White respondió afirmando que cada una de las tres supuestas personas divinas tiene su propia mente distinta (https://www.youtube.com/watch?v=U-KMGuXCs-c). En contraposición, el apologista trinitario Ethan Smith me respondió a mí personalmente diciendo: “En mis dos videos sobre la Unicidad de la Trinidad, yo afirmé UNA voluntad y conciencia esencial en el único Dios verdadero. Puesto que Yahvé es UN solo Ser, también debo asumir que sólo puede haber una mente y es imposible que haya tres mentes 'separadas'. Ciertamente yo no estoy afirmando dos o tres voluntades separadas en Dios. Hay distinción pero unidad estricta”.

Yo le respondí a él a partir de sus propios comentarios en su video titulado “Más sobre la Unicidad de la Trinidad”, diciéndole: “Tú has planteado la idea de que a partir de las Escrituras se puede decir que los cristianos son 'una mente', como un ejemplo para afirmar que los trinitarios pueden creer que Dios tiene una mente. Sin embargo, yo te señalé claramente que aunque un grupo de cristianos puede alegóricamente tener una mente al ponerse de acuerdo, cada persona cristiana distinta todavía tiene su propia mente y voluntad distintas. Mi punto es que tres personas distintas, tienen que tener tres mentes y voluntades distintas para cada supuesta persona divina, para que sean verdaderamente personas distintas. Pero Dios como Dios, no puede tener una sola conciencia mientras exista simultáneamente como tres Personas de Dios, ya que cada supuesta persona debe tener su propia conciencia distinta. Si usted está afirmando que Dios como Dios (no Dios como hombre en la encarnación) tiene sólo Una Mente y Una Conciencia, entonces toda su idea trinitaria de Tres Personas Divinas colapsa. Dado a que he oído que usted afirma que el Espíritu Santo como una persona coigual y distinta de Dios intercede ante el Padre (Romanos 8:26-27), ¿cómo puede una supuesta persona divina interceder ante el Padre sin tener una mente y una conciencia distintas?”

Yo continué: “La única explicación viable es la visión de la Unicidad que Robert Sabin y yo hemos señalado. El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre en acción, Quién continuó llenando el cielo y la tierra como el Espíritu del Padre, mientras que la sustancia de su Ser fue estampada como una copia impresa de sí mismo (Hebreos 1:3 “karaktér” significa “copia impresa” e “hipóstasis” significa “Ser” o “Persona”) siendo simultáneamente un verdadero hombre dentro de la virgen (Mateo 1:20; Lucas 1:35). Por lo tanto, el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre en acción, que se hizo un verdadero hombre en la encarnación, pero al mismo tiempo continuó siendo inmutable en los cielos como el Único Espíritu del Padre (Efesios 4:4-6; Juan 4:23-24; Jeremías 23:24). Esto explica cómo el Espíritu Santo (el Espíritu Santo es el paráclito en Juan 14:26) es el mismo Espíritu de Cristo (el Espíritu de “Jesucristo” es llamado el mismo paráclito en Juan 14:16 y 1. Juan 2:1) siendo el mismo individuo como el único paráclito (paráclito está en la forma singular para el Espíritu Santo en Juan 14:26 y para Jesús en Juan 14:16 y 1. Juan 2:1) que aboga por e intercede por nosotros (Romanos 8:9, 26, 27, 34; Hebreos 7:24-25)”.

Luego le pedí: “Por favor, denos a los creyentes de la Unicidad una respuesta viable para demostrar cómo su supuesto Dios no encarnado, el Espíritu Santo, puede ser nuestro "paráclito" que aboga e intercede por nosotros sin tener su propia mente, voluntad y conciencia”. (Smith no tuvo respuesta). “El hermano Sabin y yo, hemos entendido estos pasajes para demostrar que el Espíritu Santo del Padre también se hizo un hombre con una voluntad humana que ‘también subió por encima de todos los cielos PARA LLENARLO TODO’ (Efesios 4:10), como el segundo Adán que fue hecho ‘Espíritu vivificante’ (1. Corintios 15:45), cuando ascendió a lo alto para ‘llenar todas las cosas’ con el fin de convertirse en nuestro paráclito permanente (Gálatas 4:6; Colosenses 1:27)”.

Yo continué: “Ya he señalado en algunos de mis videos y artículos, que Robert Sabin también enseñó que el espíritu humano de Cristo es ahora omnipresente como el Espíritu Santo de Dios (Romanos 8:9). Su creencia [la de Smith] de que Dios tiene sólo una mente, una voluntad y una conciencia, contradice la enseñanza de James White y otros eruditos que son mucho más conocedores y experimentados que usted. ¿Por qué su teología difiere de la de James White? ¿Debo publicar un video titulado, ‘Ethan Smith contradice la teología trinitaria’ como tú lo hiciste contra mí? Tu estilo de apologética es el de atacar a tus oponentes personalmente, cuando no puedes ganar con los argumentos de la Escritura”. (Justo un mes después de nuestro debate, Ethan Smith había publicado un video en el cual alegaba falsamente que yo contradecía la Teología Unicitaria, acusándome falsamente de nestorianismo y socinianismo).


LA MISMA CREACIÓN TESTIFICA LA UNICIDAD DE LA PERSONA DE DIOS

Romanos 1:20 nos informa que la propia creación testifica acerca de la divinidad eterna de nuestro Padre Celestial. “Porque las cosas invisibles de él (no de ellos), SU ETERNO PODER Y DEIDAD, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas HECHAS (Creadas), de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:20).

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó...” (Génesis 1:27).

El Todopoderoso creó a Adán a su propia imagen espiritual, como una persona individual con una sola mente, corazón y alma. Por lo tanto, así como Adán fue creado como una persona individual, así Dios es una Persona divina individual, porque Adán reflejó la imagen de su Hacedor. Ningún hombre o ángel creado, ha existido nunca como tres personas distintas. Si Dios fuera tres personas, ¿por qué no reflejamos nosotros esa imagen de tres personas? ¡Si Dios fuera una Trinidad de tres personas distintas, entonces nosotros también deberíamos serlo!

Incluso los animales con el “espíritu de vida” (Génesis 7:15) que está en ellos y que proviene de Dios, tienen todos una cabeza, una mente y un solo espíritu. Eclesiastés 3:21 dice claramente que cada animal tiene un solo espíritu: “el espíritu del animal”. A pesar de que Romanos 1:20 dice que el orden natural de las cosas creadas declaran “su eterno poder y deidad” (“las cosas invisibles de él... se hacen claramente visibles… siendo entendidas por medio de las cosas hechas”), los teólogos trinitarios desafían esta porción de la Escritura alegando que la verdad es que Dios es tres Personas distintas y que cada una de las tres personas distintas tiene su propia mente y voluntad divina. Sin embargo, nada en la creación muestra que “las cosas invisibles de Él (Dios), su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas que hechas”, como una trinidad de tres distintas mentes de Dios y tres voluntades de Dios, pues ¿qué tipo de creación de Dios, posee tres mentes y tres voluntades distintas?

Es difícil imaginar a un Dios Tripersonal con tres mentes y tres voluntades, porque si Dios realmente tuviera tres mentes y tres voluntades distintas, entonces cada Persona de Dios podría ser capaz de estar en desacuerdo con la voluntad de las otras dos. Entonces sería posible que Dios argumentara contra sí mismo. Dado que los teólogos trinitarios no pueden citar alguna porción de la Escritura donde Dios como Dios haya estado en desacuerdo o haya argumentado contra sí mismo, esto demuestra que Dios no puede ser una trinidad de tres personas de Dios, teniendo cada una su propia mente y voluntad distintas.

Génesis 1:26-27, demuestra que Adán y los ángeles fueron creados a imagen de Dios. Sin embargo, si Dios es tres supuestas Personas Espirituales de una deidad Tripersonal, ¿cómo es que la humanidad no refleja la imagen de su creador? ¡Si nosotros no reflejamos la imagen de nuestro creador como tres personas distintas, se sigue que toda la doctrina trinitaria se derrumba!

Los adherentes a la Unicidad, apelan a la naturaleza milagrosa de la encarnación, cuando Dios se hizo hombre, para explicar cómo el único Dios verdadero, el Padre, pudo encarnarse a sí mismo como un Hijo plenamente humano, como el propio brazo desnudado (o revelado) (Isaías 52:10) del Padre a nosotros como un hombre. Por lo tanto, la creación de Adán a la imagen espiritual de nuestro Padre Celestial, demuestra que la divinidad eterna de nuestro Padre Celestial se ve claramente, y debe ser claramente entendida por las cosas hechas, por lo que no tenemos excusa (Romanos 1:20). En contraposición, la teología trinitaria no puede decir que Adán fue creado a la imagen espiritual de una deidad de tres personas, porque el hombre es claramente una sola persona espiritual, no tres personas espirituales.

Para intentar explicar como Dios puede ser tres personas distintas sin dejar de ser un solo ser divino, los trinitarios apelan a la capacidad sobrenatural de Dios. Sin embargo, su punto de vista no puede explicar cómo en Génesis uno, Adán fue hecho a imagen de Dios como una persona individual, a la vez que ellos suponen que Dios es tres personas. El punto de vista trinitario tampoco puede expresarse de manera racional, porque tres personas distintas no pueden ser llamadas Un Ser, mientras que al mismo tiempo son tres personas distintas.

Nuestro Padre Celestial es el único y verdadero Dios, que es un Ser Individual o Persona que creó todas las cosas solo y por sí mismo (Isaías 44:24; Isaías 64:8; Malaquías 2:10). Es por esto que Dios siempre habló de sí mismo en las Escrituras como un individuo, así como un hombre es un individuo. Porque así como un hombre tiene un solo corazón, una sola alma y un solo espíritu, como una sola persona que es; así las Escrituras declaran que Dios tiene un solo Corazón, una sola Alma y un solo Espíritu, como la única Persona que es. Puesto que el hombre fue hecho a la “imagen de Dios” (Génesis 1:26), todos los seres humanos deben reflejar la imagen de su Hacedor en su propia Unicidad de Ser.


ANTOROPOMÓRIFCAMENTE HABLANDO, DIOS SIEMPRE SE DESCRIBIÓ A SÍ MISMO COMO UNA PERSONA

En la Escritura, vemos que cada vez que Dios habló de sí mismo antropomórficamente (es decir, atribuyéndose cualidades o rasgos humanos), Él siempre habló como teniendo una boca, un rostro, una nariz y una mano derecha. En la encarnación, Jesús mismo es mencionado como “el brazo de Yahvé” revelado (Isaías 53:1), que fue confirmado por el apóstol Juan en Juan 12:37-38 (“Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en Él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?”). Los creyentes en la Unicidad, tienen fe en la capacidad de Dios para convertirse en un Hijo como un verdadero hombre, al tiempo que conservó todos sus atributos inmutables como el Dios omnipresente que nunca tuvo que dejar de ser omnipresente para salvarnos.

El Diccionario Evangélico de Teología Bíblica de Baker, define antropomorfismo en relación con Dios, así: “(Gr. Anthropos [humano] + morfé [forma]). Asignación de atributos humanos a Dios”. Este mismo Diccionario, afirma bajo “antropomorfismos”, que los antropomorfismos de la Biblia describen a Dios como teniendo características físicas humanas, al decir:

“Los antropomorfismos también atribuyen forma humana y apariencia a Dios. Dios redime a Israel de la esclavitud de Egipto con brazo extendido (Éxodo 6:6)... Otros textos se refieren a la espalda, el rostro, la boca, los labios, las orejas, los ojos, la mano y el dedo de Dios... La expresión, 'la ira de Yahvé se encendió' (Números 11:10) es interesante. Una traducción literal del hebreo es 'LA NARIZ DE YAHVÉ se encendió'”.

No hay ninguna porción de la Biblia que diga que Dios tiene más de un rostro, una nariz o una boca. Del mismo modo en que un solo ser humano tiene una nariz, una boca, una cara y una mano derecha; así Dios se describió a sí mismo en la Escritura, como teniendo una nariz, una boca, una cara y una mano derecha. A menudo, Dios utilizó un lenguaje antropomórfico en la Biblia, para que nosotros como seres finitos, podamos entender que su Unicidad de Ser es como nuestra unicidad de ser, con la excepción de que nuestro Infinito Padre Celestial Omnipresente, trasciende la unicidad de ser de un hombre finito.


EL ROSTRO DE DIOS

Números 6:25-26. “Yahvé haga resplandecer SU ROSTRO sobre ti, y tenga de ti misericordia; Yahvé alce sobre ti SU ROSTRO, y ponga en ti paz”.

1. Crónicas 16:11. “Buscad a Yahvé y su poder; buscad SU ROSTRO continuamente”.

Salmos 80:19. “¡Oh Yahvé, Dios de los ejércitos, restáuranos! Haz resplandecer TU ROSTRO, y seremos salvos”.

Ezequiel 38:18 (KJV). “Y acontecerá que al mismo tiempo, cuando venga Gog contra la tierra de Israel, dijo YAHVÉ DIOS, que MI FURIA SUBIRÁ EN MI ROSTRO”.

Ezequiel 39:29. “Ni esconderé más de ellos MI ROSTRO; porque habré derramado de MI ESPÍRITU sobre la casa de Israel, dice YAHVÉ el Señor”.

Ningún comentarista podría utilizar alguna vez cualquiera de los pasajes anteriores de la Escritura, para explicar a Dios que existe eternamente como más de una persona divina, porque el apoyo abrumador de la Escritura inspirada es evidente por sí mismo. Dios es una Persona, así como un solo hombre es una sola persona.


YAHVÉ DIOS CONOCIÓ A MOISÉS “CARA A CARA” Y HABLÓ CON ÉL “BOCA A BOCA”

Deuteronomio 34:10. “Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido YAHVÉ CARA A CARA”.

Números 12:6-8 (BTX). “Y Él les dijo: Oíd ahora mis palabras: Si hay entre vosotros un profeta, Yo, YHVH, en visión a él me revelo y en sueños le hablo. No ocurre así con mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. BOCA A BOCA HABLO CON ÉL…”

Nuestro Padre Celestial habló de manera explícita en la Torá (los cinco primeros libros de la Biblia) que la Unicidad de la Persona de Dios ni siquiera debería ser un tema debatible, pues ¿quién podría sostener que Dios tiene tres Caras Espirituales, o tres Bocas Espirituales, una para cada una de las supuestas personas divinas de una deidad de tres personas?


CADA VEZ QUE DIOS SE REVELÓ A SÍ MISMO, SIEMPRE HABLÓ ANTROPOMÓRFICAMENTE COMO UN INDIVIDUO, ASÍ COMO UN HOMBRE ES UN INDIVIDUO

“Leemos sobre el rostro de Dios (Éxodo 33:20; Números 6:24; Salmos 9:3; Isaías 59:1-2), la boca de Dios (Números 12:8), el aliento de Dios (Salmos 33:6), los ojos de Dios (Génesis 6:8; Proverbios 15:3), la nariz de Dios (Éxodo 15:8), el oído de Dios (Salmos 34:15; Isaías 59:1-2), el brazo de Dios (Éxodo 15:16, Salmos 89:10), la mano de Dios (Éxodo 7:5; Isaías 50:11 o 59:1-2; y Hechos 7:55), los pies de Dios (Éxodo 24:10) y el corazón de Dios (Oseas 11: 8)” (del Diccionario Evangélico de Teología bíblica de Baker, bajo Antropomorfismos).

La lectura natural de cualquiera de los textos anteriores de la Escritura inspirada, nunca nos llevarían a pensar que el Dios Altísimo es una pluralidad de tres Personas Divinas coiguales y coeternamente distintas, ya que ¿cómo puede una Persona Divina, ser una Persona Divina y distinta, sin poseer su propio Rostro, Boca, Ojos y Corazón Espiritual, y así sucesivamente? Por supuesto, el Dios invisible no tiene una boca, nariz o rostro físico que pueda verse con los ojos humanos. Estas cosas fueron escritas en la Palabra de Dios por el bien de la humanidad, para hacerse conocido por nosotros en un lenguaje conforme a la manera de los hombres.

Un teólogo anónimo de mediados del siglo XIX, conocido por el seudónimo de Teófilo, escribió: “Dios ... hace que Sí mismo y sus hechos sean conocidos por nosotros, en un lenguaje conformado a la manera de los hombres, dejando para el sentido común el decidir sobre el significado de lo que dice de Sí mismo, con el propósito expreso de ser entendido – no con el propósito de emitir una niebla ante nuestros ojos de manera que no podamos ver lo que nos quiere decir” (Citado por Robert Sabin en su “Hagamos al Hombre a Nuestra Imagen” en “Temas de doctrina Bíblica” en whoisjesus.com). Es desde esta perspectiva, que en toda la Biblia hemos de entender así el uso de antropomorfismos para Dios, como por ejemplo Dios caminando, estando de pie, respirando por su boca (Salmo 33:6 “por el aliento de su boca”), sus labios (Isaías 11:4 “y con el espíritu de sus labios matará al impío”), y su nariz (Salmo 18:15, “el soplo del aliento de tu nariz”).

Génesis 3:8 habla de Adán y Eva siendo visitados. (NVI) “…oyeron que DIOS EL SEÑOR ANDABA RECORRIENDO EL JARDÍN”. En ninguna parte de la Escritura, encontramos a más de una persona de Dios, antropomórficamente caminando o estando de pie. Dado que el nombre Yahvé significa literalmente “El Autoexistente”, es difícil imaginar que tres Autoexistentes Personas Divinas y Distintas, andaban por el jardín del Edén para visitar a Adán y Eva.

1 Samuel 3:10 dice que “vino Yahvé y se paró, y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel!”

Aquí podemos ver que Dios habló de sí mismo como una Individual Persona de Dios, quien vino y se paró delante de Samuel. No hemos de pensar que el Dios invisible entró en realidad en el Jardín del Edén, o que en realidad Él se paró delante de Samuel con un cuerpo físico, pues esto contradeciría la invisibilidad de Dios (Colosenses 1:15; Juan 1:18). Estas expresiones se usan en la Escritura inspirada, para ayudarnos a entender a los seres finitos, que la presencia invisible del Espíritu de Dios puede viajar, bajar, y permanecer en un solo lugar con mayor poder y gloria que en otros lugares.

1. Reyes 8:10-11. “Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Yahvé. Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Yahvé había llenado la casa de Yahvé”.

Hechos 2:4. “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”.

No puede haber ninguna duda de que el Espíritu Santo de Dios que llena los cielos y la tierra (Jeremías 23:24, “¿No lleno yo, dice Yahvé, el cielo y la tierra?”) puede llenar templos, edificios y personas específicas, sin detrimento de su capacidad de verlo todo, y de ser omnisapiente y omnipresente (Salmo 139:7-8, “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás”). Si el Dios invisible siempre hubiera tenido un cuerpo físico, entonces ese cuerpo no podría estar presente en todas partes. Jesús es la única imagen visible del Dios invisible que alguna veremos, cuando regrese sobre las nubes del cielo (Mateo 24:30, “y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria”) para sentarse en su trono de gloria  (Mateo 25:31, “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria”) como “rey sobre toda la tierra” (Zacarías 14:9, “Y Yahvé será rey sobre toda la tierra. En aquel día Yahvé será uno, y uno su nombre”).


EL DIOS ALTÍSIMO NO TIENE UN CUERPO FÍSICO

Incluso, los eruditos trinitarios afirman que Dios no tiene un cuerpo físico que se pueda ver físicamente con los ojos humanos. Robert Deffinbaugh (graduado del Seminario Teológico de Dallas) afirmó que Dios es Espíritu y no tiene cara o cuerpo literal.

“Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, nos indican que Dios no tiene forma, es decir, que Dios no tiene un cuerpo físico. La presencia de Dios entre los hombres es espiritual, no física. Dios es Espíritu, por lo que Él no está limitado a un solo lugar, ni su adoración está  restringida a un solo lugar. Dios es invisible porque Él es espíritu, no carne”.

El Sr. Deffinbaugh continuó diciendo. “Dios habló a Moisés 'cara a cara', pero Él no le permitió a Moisés 'ver su rostro'. Por lo tanto ver a Dios 'cara a cara', no es lo mismo que ver la cara de Dios. Hablar 'cara a cara', significa hablar con alguien sobre una base personal íntima, como un amigo habla a un amigo. Una expresión figurada similar, se encuentra en números 14:13-14”.

“Pero Moisés respondió a Yahvé: Lo oirán luego los egipcios, porque de en medio de ellos sacaste a este pueblo con tu poder; y lo dirán a los habitantes de esta tierra, los cuales han oído que tú, oh Yahvé, estabas en medio de este pueblo, que cara a cara aparecías tú, oh Yahvé, y que tu nube estaba sobre ellos, y que de día ibas delante de ellos en columna de nube, y de noche en columna de fuego” (Números 14:13-14).

El Sr. Deffinbaugh, concluye: “Dios estuvo 'cara a cara' con los israelitas. En el contexto, esto significa que Dios hizo su presencia ante los hijos de Israel por la nube que les guió y que en la noche se convertía en una columna de fuego. Esto no significa que Dios tiene un rostro físico y que los israelitas vieron ese rostro. La presencia de Dios estaba con su pueblo y Él hizo su presencia conocida. Pero en ninguna parte alguien pudo ver el rostro de Dios, porque Dios no tiene rostro. Dios es Espíritu y no está hecho de carne. Él es invisible a los hombres porque no tiene cuerpo...” (La invisibilidad de Dios, Bible.org, Robert Deffinbaugh - graduado del Seminario Teológico de Dallas).

No debemos pensar que el Dios invisible tiene literalmente una nariz gigante o una boca gigante en el cielo, porque su presencia invisible llena los cielos y la tierra. Aun los eruditos trinitarios han señalado, que nuestro Dios invisible utiliza regularmente el lenguaje antropomórfico, atribuyéndose cualidades humanas a sí mismo, para que nosotros los finitos, podamos entender la naturaleza de su Ser Infinito.

Éxodo 33:20-23. “Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. Y dijo aún Yahvé: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro”.

En Éxodo 33:23, Dios le concedió a Moisés una apertura especial de su visión espiritual para ver una parte de su gloria. (Mis espaldas, significa una porción de la gloriosa presencia de Dios). Si realmente Moisés hubiera estado ante la plenitud de la presencia de su gloria, habría muerto. Aquí vemos que las palabras "cara a cara", son un modismo hebreo de cercanía o proximidad ante la presencia divina, y no consisten en ver visualmente a Dios con un rostro o un cuerpo físico. Obviamente, Moisés estuvo mucho más cerca de la presencia divina que cualquiera otro de los hijos de Israel y de los profetas posteriores, debido a que Dios le habló de una forma más directa que a la mayoría de los profetas del Antiguo Testamento.

Isaías 66:1. “Yahvé dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo?”.

Aquí nos encontramos con que el trono de Dios es todo el cielo y no un lugar determinado. A nosotros los seres finitos, nos gusta pensar que Dios tiene un cuerpo físico y un trono físico, y que en una nave espacial la NASA podría encontrar al que se sienta sobre ese trono. Pero aunque Dios a menudo habló de sí mismo como poseyendo partes del cuerpo, estas descripciones de Dios sólo están hechas para describir la Unicidad de su Ser, para que nosotros los seres finitos, podamos entender mejor su Unicidad.

Colosenses 1:15. “El [Cristo] es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación”.

Hebreos 11:27. “Por la fe [Moisés] dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible”.

1. Timoteo 1:17. “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Ni una sola porción de la Escritura desde el Génesis hasta el Apocalipsis, dice alguna vez que Dios es una pluralidad de Personas distintas y coiguales de Yahvé, en el que una de las presuntas Personas coiguales de Dios puede ser vista, mientras que las otros dos no pueden apreciarse. Si las tres presuntas Personas de Dios fueran verdaderamente coiguales, entonces las tres deberían ser igualmente invisibles. Las Escrituras nos informan que Jesús es la única imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15; Hebreos 1: 3) porque Dios también se hizo un hombre a través de la virgen hebrea.


DIOS NO ES ONTOLÓGICAMENTE UN HOMBRE 

Números 23:19. “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta”.

1. Samuel 15:29. “Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá, ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta”.

Puesto que Dios no es un hombre, Jesús como un niño humano nacido y el Hijo dado, no consiste en Dios con nosotros como Dios, sino más bien en Dios con nosotros como un verdadero hombre a través de la encarnación. Esto explica los sufrimientos, las tentaciones y las oraciones de Cristo como un verdadero hombre.

¿Entonces, por qué la Escritura inspirada llama a veces a Dios un hombre? Éxodo 15:3 dice: “Yahvé es varón de guerra; Yahvé es su nombre”. La palabra hebrea “ish”, significa literalmente “hombre”, tanto en la Concordancia de Strong, como en la Concordancia Exhaustiva NAS. La única explicación viable que trae armonía a todas las Escrituras, es que el Dios Altísimo usó los atributos de un solo hombre para describirse a sí mismo como un individuo, para que los israelitas no cayeran en la adoración de una pluralidad de personas de Dios. Aunque Dios no es ontológicamente un hombre, Él utilizó regularmente los atributos de un hombre para describirse a sí mismo como Un Dios, de modo que los seres finitos pudiéramos entender mejor la Unicidad de su Ser y Persona.


EJEMPLOS EN EL NUEVO TESTAMENTO DONDE DIOS SE DESCRIBIÓ A SÍ MISMO ANTROPOMÓRFICAMENTE

“Ejemplos del Nuevo Testamento incluyen la mano de Dios (Juan 10:28); y donde Esteban vio a Jesús de pie a “la diestra de Dios” (Hechos 7:56-56). En otra parte, vemos al dedo de Dios (Lucas 11:20); los ojos de Dios (Hebreos 4:13, 1. Pedro 3:12); el rostro de Dios (Mateo 18:10); y donde vemos a Dios “sujetando todas las cosas debajo de sus pies” (1. Corintios 15:27)”. (Del Diccionario Evangélico de Teología Bíblica de Baker, bajo Antropomorfismos).

En todos estos ejemplos, Dios parece poseer las características físicas de un hombre. Sin embargo, sabemos que Dios no es un hombre. Él es un Espíritu invisible.


EL LENGUAJE ANTROPOMÓRFICO QUE DESCRIBE AL MESÍAS COMO YAHVÉ

Así como en la Biblia hebrea Dios usó un lenguaje antropomórfico para describir La Unicidad de su Ser y Persona, así Dios usó un lenguaje antropomórfico para describir su futura encarnación como Jesucristo hombre.

Salmo 118:14. “Mi fortaleza y mi cántico es YAH, y Él me ha sido POR SALVACIÓN”.

Salmo 118:21-22. “Te alabaré porque me has oído, y ME FUISTE POR SALVACIÓN. La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo. De parte de Yahvé es esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos”.

Jesús mismo citó este pasaje que lo identifica como Yahvé que se ha convertido en nuestra salvación, la cual desecharon los edificadores. En Mateo 21:42, “Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos?” Al citar el Salmo 118, Jesús afirmó que Él es el Señor, quien se convirtió en nuestra salvación a través de la virgen hebrea.


YAHVÉ DIOS SE DESCRIBIÓ ANTROPOMÓRFICAMENTE A SÍ MISMO AL CONVERTIRSE EN NUESTRA SALVACIÓN COMO YAHSHUA (En hebreo, Jesús significa "Yahvé salva")

Isaías 53:1. “¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado EL BRAZO DE YAHVÉ?”

Jesús el Mesías es nuestro Yahvé, que ha venido para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:18-23), porque el nombre del Mesías significa literalmente “Yahvé Salva” (“...protégelos con el poder de tu nombre, el nombre que me diste” – Juan 17:11 (NVI); “le dio un nombre que es sobre todo nombre” – Filipenses 2:9; Hebreos 1:4; Juan 5:40). El Nombre del Mesías es llamado “Emanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros” (Mateo 1:23). Así como el propio brazo de un hombre pertenece a ese hombre; así Jesús es el brazo del Padre Yahvé Dios, revelado como un verdadero hombre que vivió entre los hombres.

El contexto de Isaías 53, demuestra que Isaías 53:1 es una profecía mesiánica en la que Jesús sería el futuro brazo del mismo Yahvé  que sería revelado.

Isaías 53:2-5. “Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.

No puede haber ninguna duda de que el contexto de Isaías capítulo 53, se dirige a Jesús el Mesías como aquel que es el propio brazo de Yahvé revelado. El apóstol Juan corrobora en Juan capítulo doce, el hecho de que el profeta Isaías identificó al Mesías como el propio Yahvé que se reveló a sí mismo.

Juan 12:37-38. “Pero a pesar de que [JESÚS] había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y A QUIÉN SE HA REVELADO EL BRAZO DEL SEÑOR?”

Isaías 52:10. “Yahvé desnudó su santo brazo ante los ojos de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación del Dios nuestro”.

La salvación se ofrece ahora en todos los confines de la tierra, por medio de Jesucristo nuestro Mesías. Note que Isaías identifica al Mesías como su santo brazo. Puesto que el Padre Yahvé Dios ha puesto al descubierto su santo brazo ante los ojos de todas las naciones, sabemos que Jesús es propio brazo antropomórfico revelado del Padre.

Isaías 63:5 (NVI). “Miré, pero no hubo quien me ayudara, me asombró que nadie me diera apoyo. MI PROPIO BRAZO ME DIO LA VICTORIA; ¡mi propia ira me sostuvo!”.

Isaías 59:16. “Y vio que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien se interpusiese; y LO SALVÓ SU BRAZO, y le afirmó su misma justicia”.

Nuestro Padre Celestial dijo claramente: “Mi PROPIO BRAZO TRAJO LA SALVACIÓN”. Por lo tanto, Jesús es el propio brazo antropomórfico del Padre, o la extensión de la propia esencia de su ser como un humano total y completo que vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Porque así como el propio brazo de un hombre es una extensión de sí mismo, así Jesús es el Padre que se extiende a Sí mismo en el mundo como Dios que “fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu...” (1. Timoteo 3:16). Ya que “el Señor es el Espíritu” en 2 Corintios 3:17, y Jesucristo es el Señor en el contexto de 2. Corintios 4:5, sabemos que el Dios que “fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu”, es el Espíritu Santo que es el Señor del cielo (1. Corintios 15:47; Lucas 1:35) que ha descendido (“he descendido del cielo” - Juan 6:38) para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:18-23).

Isaías 40:10-11. “He aquí que Yahvé el Señor vendrá con poder, y su brazo señoreará; he aquí que su recompensa viene con él, y su paga delante de su rostro. Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas”.

Apocalipsis 22:12-16. “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad. Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira. Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias”.

Jesús, nuestro Mesías es claramente “el Buen Pastor” (Juan 10:11), que dijo: “Yo vengo” y “mi galardón conmigo(Apocalipsis 22:12 citado anteriormente) en el contexto de Apocalipsis, capítulo veintidós. Pero Isaías 40:10-11 dice: “He aquí que Yahvé el Señor vendrá (Jesús dijo: “Yo vengo”) con poder, y su brazo señoreará; he aquí que su recompensa viene con él (Jesús dijo: “y mi galardón conmigo”), y su paga delante de su rostro. Como pastor apacentará su rebaño (Jesús dijo: “yo soy el buen pastor” – Juan 10:11). En Apocalipsis 22:12-16, encontramos que Jesús es el orador  que dijo: “Yo Jesús he enviado mi ángel”, en el mismo contexto donde dijo: “yo vengo pronto, y mi galardón conmigo”. Por lo tanto, la Escritura inspirada identifica a Jesús como el Señor Dios que vino como el propio brazo del Padre para dar su recompensa como “Dios con nosotros”, al ser hecho “totalmente humano en todos los sentidos” (Hebreos 2:17 NIV) con el fin de salvarnos.


LA AFIRMACIÓN TRINITARIA DE QUE DIOS ES MÁS DE UNA PERSONA, NO CUENTA CON ALGUNA PORCIÓN DE LA ESCRITURA PARA COMPROBAR SU GARANTÍA

Las Escrituras prueban que Satanás es “el dios de este siglo”, que ha enceguecido a la gente para que no vean a Cristo como la imagen de Dios, la imagen del Padre mismo.

2. Corintios 4:3-4. “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”.

2 Corintios 4:6, continúa diciendo: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”.

La Escritura inspirada demuestra, que nuestro Padre Celestial invisible, tiene sólo una imagen visible de su persona invisible, que es “el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3) con nosotros, como una persona humana totalmente completa. Por eso, nosotros sólo podemos ver “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”. Para cuando llegó la plenitud de los tiempos, la divina Persona del Espíritu llamada Dios Padre, participó de carne y sangre (Hebreos 2:14) como el Espíritu Santo de Dios que se manifestó a sí mismo en la carne (1. Timoteo 3:16), como una verdadera persona humana que es “Dios con nosotros” (Mateo 1:23), como la única imagen humana física de su invisible Persona del Espíritu. Por lo tanto, el Hijo de Dios es la única imagen tangible del Dios invisible, que nosotros, los seres finitos, alguna vez veremos (Juan 1:18; Juan 14:7-9).

Puesto que el hombre Cristo Jesús es la única persona en la antropomórfica “mano derecha” del Padre (Salmo 110:1 “siéntate a mi diestra”), Él es el Dios y Padre que se hizo un hombre para salvarnos, ya que no puede haber ninguna otra persona de Dios afuera de nuestro Padre Celestial (“Yo soy Yahvé, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí” – Isaías 45:5), y no puede haber ningún otro Salvador verdadero de toda la humanidad, junto a nuestro Padre Celestial (“Yo, yo Yahvé, y fuera de mí no hay quien salve” – Isaías 43:11). Si Dios fuera realmente tres personas divinas y distintas, entonces deberíamos encontrar algunas porciones de la Escritura donde Dios haya hablado acerca de sí mismo como una pluralidad de personas cada una con su propio corazón, o cada una con su propia alma. Sin embargo, la evidencia bíblica demuestra que Dios siempre habló de sí mismo como teniendo un Corazón singular, un Alma singular, una Mente singular, y un Espíritu singular, como una sola Persona Individual. Lo mismo es cierto con las descripciones antropomórficas que Dios hizo de sí mismo, como teniendo una cara, una boca, una nariz y una mano derecha. Puesto que Dios nunca habló acerca de sí mismo como siendo una pluralidad de Almas o de Personas Espirituales que están sentadas en una pluralidad de Tronos, ya sea en el Antiguo o en el Nuevo Testamento, entonces todos los verdaderos adoradores del Padre, deben adorar a nuestro Padre Celestial únicamente en Espíritu y en verdad, a través de la única imagen de sí mismo que alguna vez veremos, a saber, Jesucristo.


miércoles, 25 de enero de 2017

Contra Práxeas (Adversus Praxeam) - Por Tertuliano


CONTRA PRÁXEAS (ADVERSUS PRAXEAM) 
Por Quinto Septimio Florente Tertuliano
Escrito en Cartago, Norte del África, alrededor del año 213 d.C., cuando Tertuliano había apostatado de la fe apostólica y fungía como líder de la secta de los Montanistas

Introducción y Traducción, © 2017, por Julio César Clavijo Sierra
(Teólogo, Ingeniero Civil y Esp. en Gerencia de Proyectos)
Manizales, Colombia, Sur América, 2017.

(Salvo citas breves, ninguna parte de esta obra se puede publicar en cualquier forma, o reproducir en cualquier sitio web, sin el permiso del traductor).

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INTRODUCCIÓN

Al leer acerca de la historia de la Iglesia Cristiana, debemos percatarnos de que los historiadores siempre han poseído sus propios prejuicios doctrinales, y que la mayoría de la información existente proviene de autores inclinados hacia el dogma de la trinidad. Por esta razón, nosotros no podemos depender totalmente de las opiniones que aquellos historiadores han dado sobre los personajes históricos y sobre sus escritos, y así se hace necesario que nosotros mismos procuremos examinar de manera directa a las fuentes primarias existentes, para observar detalles y descubrir información que aquellos historiadores han deformado o han omitido. Esta versión de Contra Práxeas, que ha sido traducida desde la versión en inglés de Peter Holmes en 1870, permite a los hispanohablantes examinar el contenido de dicha obra por sí mismos.

Contra Práxeas es un tratado que goza de gran importancia dentro del campo teológico, ya que es el primer escrito dentro de la historia de la cristiandad, en el cual se expuso por primera vez la idea de un dios trinitario consistente de tres personas divinas y distintas. A su vez, en esta obra se admite de muy mala gana, que la doctrina que Práxeas enseñaba estaba extendida por todas partes (Capítulo 1) y que en realidad la gran mayoría de los cristianos de finales del siglo 2° y principios del siglo 3° creían en la doctrina de la Unicidad de Dios (a la que se llama monarquianismo – La creencia en Dios como un solo Rey), y se oponían a la nueva doctrina llamada trinidad, ya que consideraban que esa propuesta atentaba contra la confesión de fe que ellos siempre habían creído (Capítulo 3).      

Algunos autores trinitarios han propagado la idea de que antes de Tertuliano, alrededor del año 180 d.C., el obispo Teófilo de Antioquía ya había asociado el término 'trinidad' al concepto de 'tres personas divinas y distintas', en su obra Para Autólico. Sin embargo dicha información es errónea, porque Teófilo de Antioquía tenía ideas unicitarias/modalistas respecto a Dios, y él utilizó el término trías para referirse a Dios, su palabra y su sabiduría. (Para más información vea mi artículo titulado: Una Refutación al Mito de que el Obispo Teófilo de Antioquía, fue el Primero en Utilizar el Vocablo 'Trinidad' Aplicado al Concepto de "Tres Personas Divinas y Distintas"). [1]     

Para los creyentes en la Unicidad de Dios, Contra Práxeas es muy importante por dos razones: Primero, porque sirve para demostrar que la trinidad fue una innovación extrabíblica cuya formulación inicial difiere en mucho de la formulación del llamado trinitarismo ortodoxo; y segundo, porque a pesar de ser el ataque de un acérrimo enemigo, aun así se puede demostrar que la iglesia cristiana de principios del siglo 3°, se caracterizaba por sostener los principios básicos de la Unicidad. [2]  

Contra Práxeas fue escrito alrededor del año 213 d.C., por el “más famoso [miembro] de [la secta de] los montanistas”, [3] llamado Quinto Septimio Florente Tertuliano (ca. 150 – ca. 225), más conocido como Tertuliano, quien para ese tiempo era considerado un apóstata por los cristianos apostólicos.

De Práxeas se dice que vino desde Asia hasta Roma, que era cercano al obispo romano, y que había sufrido persecución y encarcelamiento a causa de la fe. Al parecer, también tuvo problemas con algo que dijo o escribió, pero dimitió de ese error (Capítulo 1). “Dado que el nombre 'Práxeas' puede significar 'entrometido', es posible que Tertuliano haya utilizado un nombre ficticio para su oponente”. [4] El distinguido historiador eclesiástico Justo L. González, nos informa que “Algunos eruditos piensan que nunca hubo tal persona, y que 'Práxeas' es sencillamente [quien en pocos años después llegó a ser] el obispo de Roma, Calixto, a quien por alguna razón Tertuliano no quiere nombrar”. [5] Otro ilustre historiador eclesiástico, Adolf Von Harnack, escribe que “En su ataque, Tertuliano… evidentemente alude a los monarquianos romanos, p. ej. a Ceferino [el obispo de Roma del 199-217 d.C.] y a aquellos protegidos por él. Esta observación contiene que hay verdad en la hipótesis de que Práxeas es sólo un apodo para otro conocido monarquiano romano”. [6] De lo anterior, queda evidenciado que Contra Práxeas es el ataque de un montanista contra un destacado líder de la iglesia cristiana (muy probablemente un obispo romano), y contra la gran mayoría de los creyentes de su época.

El montanismo fue un movimiento que se inició con un hombre llamado Montano, quien alrededor del año 160 d.C. se declaró profeta. Él aseguró que para su tiempo, había comenzado una nueva era a la que llamó la dispensación del Espíritu, dijo que el fin del mundo era inminente, y que en la región de Frigia (en el Asia Menor) se establecería la Nueva Jerusalén. Él también atacó el libertinaje y la secularización del cristianismo, pero se fue al extremo de un rígido legalismo. A la causa de Montano se unieron dos mujeres llamadas Prisca y Maximila, sobre las cuales se aseguró que había descendido el mismo don profético. Según Tertuliano, un obispo de Roma (probablemente Eleuterio, quien ejerció entre los años 174 al 189) “estaba inclinado a aprobar las nuevas profecías, pero fue disuadido por Práxeas”. [7] De manera que Práxeas no fue solamente un enérgico opositor a la nueva teoría de Tertuliano acerca de la deidad, sino que también fue un férreo opositor del montanismo (Capítulo 1).

Tertuliano nació en la importante ciudad antigua de Cartago en el Norte del África, en lo que hoy es el actual país de Túnez. Su padre fue un centurión de la cohorte proconsular. Tertuliano ejerció como abogado, y tuvo un profundo conocimiento de la filosofía y de las letras latinas y griegas. Se convirtió al cristianismo alrededor del año 190 d.C., cuando contaba con unos 40 años de edad. A partir de ese momento, emprendió una incansable labor literaria en defensa de su nueva fe. Sus obras se caracterizaron por una retórica apasionada, una sátira mordaz, y ninguna condescendencia para con sus oponentes. Pero su carácter severo y legalista, le llevó a congraciarse con las ideas montanistas apenas las conoció alrededor del año 202 d.C. Desde entonces, sus escritos fueron subiendo de tono en contra la iglesia cristiana, y para el año 207 rompió definitivamente con la iglesia para adherirse al montanismo.

Todas las obras de Tertuliano que se conservan, fueron escritas originalmente en el idioma latín. Le sobreviven 31 tratados y se cree que se han perdido por lo menos 18.

Las tres obras más importantes de su periodo cristiano, son: A las Naciones (En la cual ataca prejuicios populares y calumnias contra el cristianismo), Apologética – En Defensa de los Cristianos (que dirigió a los gobernantes y a los administradores de justicia del imperio, con la intención de procurar un mejor tratamiento para los cristianos) y Prescripción Contra los Herejes (en el cual aseguró que los herejes no tienen ningún derecho para usar las Escrituras inspiradas, pues sus innovaciones doctrinales no se encuentran en ellas y no tienen continuidad con la doctrina de Cristo). Otras obras probables de este periodo, son: A los Mártires, Testimonio del Alma, Los Espectáculos, La Idolatría, La Penitencia, La Oración, La Moda Femenina, A su Esposa, La Paciencia y Contra los Judíos.

Durante su periodo de transición del cristianismo al montanismo, Tertuliano escribió Contra Marción (el promotor de una corriente gnóstica), que es su obra más extensa en cinco volúmenes. Las otras obras probables de este periodo son: El Bautismo, Contra Hermógenes, El Velo de la Vírgenes, Contra los Valentianos, El Palio, El Ánima, La Carne de Cristo, La Resurrección de la Carne, La Exhortación a la Castidad, La Corona, Scorpiace (Antídoto contra el Veneno del Escorpión) y A Escápula.

En su periodo montanista, Tertuliano escribió con mayor  virulencia contra la iglesia y sus dirigentes, en comparación a lo que ya había hecho contra los paganos y los herejes. “Su primera obra montanista fue la defensa de la nueva profecía en seis libros”. [8] El título de esa obra fue El Éxtasis (De Ecstasi), que es una de sus obras perdidas y que probablemente fue escrita en griego. Otras obras de este periodo son: La Fuga en la Persecución (donde se refirió a los miembros de la iglesia como los psíquicos, porque según él eran hombres privados de las aspiraciones del Espíritu Santo, a diferencia de los montanistas que para él eran los neumáticos o hijos del Espíritu), La Monogamia (donde censura cualquier posibilidad de un segundo matrimonio), El Ayuno (donde defiende los ayunos de los montanistas) y La Pureza (donde lanzó furiosos ataques contra un importante obispo –probablemente el obispo romano Calixto– [9] al que acusó de laxitud moral). Pero sin duda alguna, la obra más importante de su periodo montanista es Contra Práxeas, en la cual tachó a los miembros de la iglesia de incultos (Capítulo 9) y de simples, por no decirles imprudentes e idiotas (Capítulo 3), porque ellos rechazaban la nueva doctrina que él estaba proponiendo, a saber la trinidad. En esa obra, Tertuliano también indicó que los miembros de la iglesia se llamaban monarquianos, porque a diferencia de la distribución que él propuso, ellos enfatizaban en la creencia de Dios como un Monarca, Un Único Rey.

Para el final de su vida, Tertuliano “se separó de los montanistas y fundó una secta propia”, [10] los tertulianistas, “un grupo de personas que creían que aun los montanistas se habían vuelto demasiado flexibles”. [11] Dicha secta perduró hasta el tiempo de Agustín de Hipona. [12] Es justo mencionar también, que el trinitarismo no fue adoptado por todos los montanistas, y que incluso muchos montanistas fueron catalogados como monarquianos. Por ejemplo, un informe de Jerónimo de Estridón, escrito en el 384 sobre las doctrinas del montanismo, “los describe como sabelianos en sus ideas sobre la Trinidad”. [13] 

Tertuliano fue el inventor del llamado trinitarismo cristiano, y aseguró que la aceptación de la trinidad era posible para todo aquel que recibiera las palabras de la nueva profecía (Capítulo 30). Curiosamente la formulación trinitaria de Tertuliano, es herética ante las declaraciones de los credos católicos que posteriormente establecieron lo que se ha conocido como el trinitarismo ortodoxo. En Contra Práxeas, apreciamos que Tertuliano básicamente nunca creyó en la coeternidad y la coigualdad de las supuestas tres divinas personas, y fue ambiguo al definir la consustancialidad. Algunos autores trinitarios lo defienden, diciendo que Tertuliano no pudo hacer más porque no contó con un lenguaje teológico preciso, en razón a que la iglesia hasta ahora empezaba a aclarar el concepto de la trinidad, pero esto en lugar de ayudarles, lo que demuestra es que a partir de la Biblia no es posible determinar lo que se cataloga como la ortodoxia trinitaria, sino que esta emerge de los credos extrabíbicos.  

Tertuliano nunca creyó en la coeternidad de las supuestas tres personas divinas, pues su doctrina se puede resumir en que en un principio Dios estuvo solo, pero luego con el propósito de crear el universo y traer la salvación, él distribuyó su deidad en otros dos seres o personas a las cuales él creó, y así introdujo la trinidad en la deidad. El Padre no tuvo principio pues él no procede de ninguno, pero aun así él no ha sido siempre el Padre ya que hubo un tiempo en que el Hijo no existió. [14] Desde la eternidad Dios siempre tuvo en sí mismo su palabra (razón, sabiduría, poder), pero cuando él pronunció (o emitió) esa palabra al decir: -“Sea la luz”-, esa palabra fue engendrada y fue hecha un Hijo para sí mismo. El Hijo es por tanto aquel ser que teniendo un principio, causó la pluralidad en la deidad, por ser un segundo a partir del Padre. El Espíritu no procede de ninguna otra fuente que del Padre por el Hijo, por lo tanto es un tercer ser generado desde el Padre.

La trinidad se ha desarrollado a partir del Padre, mediante una serie de grados entrelazados y conectados que salieron (derivaron, procedieron, emanaron, o fueron generados) desde el Padre, y han colocado a las personas trinitarias en una disposición numérica, por lo cual el Padre tiene asignado el primer lugar, mientras que el Hijo tiene el segundo lugar y el Espíritu el tercero, porque ambos son descendientes del Padre; tal y como es primero la raíz, segundo el árbol y tercero el fruto; o es primero el sol, segundo el rayo, y tercero el ápice del rayo; o es primero una fuente, segundo el río y tercero la corriente de ese río.

Tertuliano llamó a su doctrina de la trinidad la distribución, la economía divina y la dispensación: La distribución, porque según él, el Padre distribuyó su deidad en dos personas más. La economía divina, porque según él, la trinidad es el plan salvífico por el cual Dios pudo redimir al hombre y la creación. Y la dispensación de los tres en uno, porque según él, la trinidad solo apareció para estar vigente por un tiempo y terminará en un futuro.

En esta emanación de personas divinas a partir de Dios, se aprecia la contaminación de Tertuliano con las herejías del gnosticismo, que propagaban una dualidad consistente en que el mundo espiritual era esencialmente bueno, mientras que el mundo material era esencialmente malo, por lo cual el dios superior debido a su perfección no puede tener contacto con la materia, y así él tuvo que crear a otra deidad inferior emanada de sí mismo para que ésta creara el mundo material. En el gnosticismo, también se creía que desde el Padre emanaron una serie de seres que recibieron el nombre de eones (o aeones), que constituyeron la plenitud del mundo espiritual, pero que iban siendo de menor categoría a medida que su emanación era más lejana en la serie. Curiosamente, en los capítulos 3 y 8 de Contra Práxeas, Tertuliano citó a Marción, Valentín y Pródico, tres prominentes herejes gnósticos, y dijo que su doctrina trinitaria no se correspondía a la de ellos, porque por ejemplo Marción había propuesto a un dios rival en oposición al dios superior, mientras que él proponía que los tres seres trinitarios estaban en armonía, y Valentín había dividido y separado a las emanaciones de su autor colocándolas a una distancia tan grande que los eones no conocían al Padre, mientras que él proponía que el Hijo y el Espíritu sí conocen al Padre.  
 
Tertuliano nunca creyó en la coigualdad de las supuestas tres personas divinas, pues propuso que el Hijo sólo puede ser llamado Dios cuando pensamos en él de manera individual, pero en cambio si pensamos en él en asocio con el Padre, ahí solamente podemos llamar al Padre Dios, mientras que el Hijo debe ser declarado como Señor, semejante a como cuando llamamos a los rayos sol, pero cuando pensamos en el sol y en sus rayos, ya no llamamos a los rayos sol (Capítulo 13). Del mismo modo, el Hijo no es todopoderoso, mientras que el Padre sí lo es, al punto de que toda la autoridad que posee el Hijo, la ha recibido del Padre. El Padre es mayor que el Hijo, y el Hijo está sujeto y subordinado al Padre en todo, al punto de que el Hijo no hace nada que no sea la voluntad del Padre. Por ejemplo, el Padre ordenó que todas las cosas fueran hechas, mientras que el Hijo ejecutó esa orden y creó todas las cosas (Capítulo 12). El Hijo no es omnisciente, y por eso en el Antiguo Testamento estuvo aprendiendo a conversar con los hombres, antes de aparecer en carne. A través de esos ensayos, el Hijo pudo ir conociendo los afectos y sentimientos humanos: Por eso se declaró ignorante al preguntarle a Adán, -“¿Dónde estás?”-; por eso se arrepintió de haber hecho al hombre al haberle faltado conocimiento previo; por eso tentó a Abraham como si fuera ignorante de que Abraham no le iba a fallar; y por eso se enojó con las personas para luego reconciliarse con ellas. Además, el Hijo mostró otras muchas debilidades e imperfecciones (Capítulo 16). Como el Espíritu procede del Padre y del Hijo, está subordinado a ambos.

Tertuliano fue ambiguo en la consustancialidad de las supuestas tres personas divinas, pues aunque dijo que las tres personas comparten la misma sustancia divina y por lo tanto son un solo Dios (Capítulos 2 y 19), también se refirió a ellos como tres seres individuales cada uno con su propia forma y aspecto corporal (lo que es claramente un triteísmo o creencia en tres dioses) (Capítulos 2, 11 y 13). De otro lado, dijo que el Padre es toda la sustancia de la trinidad pero el Hijo es una derivación y una parte del todo (Capítulo 9). También argumentó que los ángeles comparten la misma sustancia divina que el Hijo y el Espíritu Santo, lo que es un rotundo politeísmo (Capítulo 3). Aún peor, Tertuliano afirmó que para él sería preferible creer en dos dioses, que en la clase de Dios de los monarquianos (Capítulo 23).

Aunque Contra Práxeas fue un mensaje cargado de gran odio contra la iglesia cristiana de finales del siglo 2° y principios del siglo 3°, y allí se criticó a la doctrina monarquiana tergiversándola para hacerla parecer ridícula e incoherente, aun así podemos extraer de Contra Práxeas varios puntos destacables de lo que creía la iglesia de aquel tiempo respecto a la naturaleza de la deidad.

En muchos apartes de su tratado, Tertuliano se empeñó en demostrar que hay marcadas distinciones entre el Padre y el Hijo, pensando que eso era suficiente para refutar al monarquianismo, y también dijo que el error de los monarquianos era que igualaban el concepto de Padre con el concepto de Hijo. Pero curiosamente, él mismo expuso que los monarquianos también eran muy conscientes de la distinción entre el Padre y el Hijo, pero ellos la explicaban diciendo que el Hijo es la carne, es decir el hombre Jesús, mientras el Padre es el Espíritu, es decir que es Dios (Capítulo 27). Dios es invisible como Padre, pero es visible como Hijo (Capítulos 14 y 15). Práxeas enseñó la plena deidad de Jesús e identificó a Jesús como el Padre encarnado (Capítulos 1, 2 y 7). De manera que los monarquianos veían estas distinciones como funciones distintas del único Dios, y pensaban que “es imposible creer en un solo Dios a menos que se diga que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la mismísima Persona” (Capítulo 2).

Tertuliano acusó a Práxeas de sostener un concepto judío de Dios, y afirmó que la doctrina de la trinidad era necesaria para separar al judaísmo del cristianismo. (Capítulo 31). Mientras tanto, los monarquianos acusaron a esos trinitarios tempranos de ser predicadores de dos y tres dioses (Capítulo 7).

“La más famosa acusación de Tertuliano contra Práxeas, era que su doctrina hacía al Padre sufrir y morir. Dado que la filosofía griega enseñaba que Dios era impasible (incapaz de sufrir), para muchas personas esta acusación sonaba muy perjudicial. Sin embargo, esta es una muestra de que los primeros trinitarios no creían en la plena deidad de Jesucristo, pues si para ellos era aborrecible pensar en el sufrimiento de Dios Padre, ¿entonces por qué no era igual de detestable para ellos pensar en el sufrimiento del "Dios Hijo"? En contraste con aquellos trinitarios, en la Edad Post-Apostólica Clemente de Roma e Ignacio de Antioquía habían escrito acerca de los sufrimientos de Dios en Cristo… Práxeas negó que el Padre muriera en cuanto a su deidad. Él explicó que Cristo murió solamente en cuanto a su humanidad –como el Hijo–, pero Tertuliano se negó a escucharlo (Capítulo 29)”. [15]

Tertuliano mencionó que Práxeas fue el autor de varios escritos (Capítulo 1). Sin embargo hay que tener presente, que cuando el trinitarismo fue adoptado en el siglo IV por el catolicismo romano, éste emprendió una campaña de destrucción selectiva de las obras de sus contradictores teológicos, y por eso mientras protegió algunas de las obras de Tertuliano, destruyó las obras de Práxeas y de los demás monarquianos de finales del siglo 2° y la primera parte del siglo 3°, tales como Noeto, Víctor, Ceferino, Calixto, Epígono, Cleómenes, Comodiano y Sabelio. Hubiera sido muy interesante que nosotros hubiéramos podido leer de manera directa las obras de Práxeas para poder comparar sus propias declaraciones con lo que Tertuliano dijo acerca de él, y para que hubiéramos podido conocer a ciencia cierta la identidad real de dicho personaje. Mientras tanto, la obra aquí presentada, es lo que tenemos.

Referencias de la Introducción

[1] Julio César Clavijo Sierra, Una Refutación al Mito de que el Obispo Teófilo de Antioquía, fue el Primero en Utilizar el Vocablo 'Trinidad' Aplicado al Concepto de "Tres Personas Divinas y Distintas", Disponible en Internet en:
http://unicodios.blogspot.com.co/2017/01/una-refutacion-al-mito-de-que-el-obispo.html
[2] Para una definición de lo que es la doctrina de la Unicidad, vea mi artículo titulado: Unicidad de Dios, disponible en Internet en:
http://unicodios.blogspot.com.co/2008/05/unicidad-de-dios.html
[3] Enciclopedia Católica. Montanismo. Disponible en Internet en:
http://ec.aciprensa.com/wiki/Montanismo
[4] David K. Bernard, Oneness and Trinity A.D. 100-300 - The Doctrine of God  in Ancient Christian Writings, ©1991 Word Aflame Press, Missouri Estados Unidos, p. 144.
[5] Justo L. González. Historia del Cristianismo Tomo 1 – Desde la Era de los Mártires Hasta la Era de los Sueños Frustrados. © 2008 Editorial Unilit, Florida, Estados Unidos, Primera edición electrónica en PDF, p. 116.
[6] Adolf Von Harnack, History of Dogma - Volume III, © 1997 Wipf and Stock Publishers. Oregon, Estados Unidos, p. 60.
[7] Enciclopedia Católica. Montanismo.
[8] Ibídem.
[9] Enciclopedia Católica. Tertuliano. Disponible en Internet en:
http://ec.aciprensa.com/wiki/Tertuliano
[10] Ibídem
[11] Justo L. González. Historia del Cristianismo Tomo 1, p. 115.
[12] Enciclopedia Católica. Montanismo.
[13] Ibídem.
[14] En otra de las obras de Tertuliano, llamada Contra Hermógenes, leemos en el Capítulo 3 lo siguiente: “Porque Dios es de la misma manera un Padre, y Él es también un Juez; Pero Él no siempre ha sido Padre y Juez, por el simple hecho de que Él siempre haya sido Dios. Pues no pudo haber sido el Padre antes del Hijo, ni un Juez antes del pecado. Hubo, sin embargo, un tiempo en que el pecado no existió con Él, ni el Hijo; El primero de los cuales constituyó al Señor un Juez, y el segundo un Padre. De esta manera, Él no fue Señor antes de que existieran aquellas cosas sobre las cuales Él iba a ser el Señor, sino que solo llegaría a ser el Señor en algún tiempo futuro. Así como Él se hizo Padre por el Hijo y un Juez por el pecado, así también Él se hizo Señor por medio de las cosas que Él hizo, a fin de que pudieran servirle”. Disponible en Internet en:
http://www.tertullian.org/anf/anf03/anf03-37.htm
[15] David K. Bernard, Oneness and Trinity A.D. 100-300, pp. 148-149.


CAPÍTULO I

De diversas maneras el diablo ha rivalizado y resistido la verdad. A veces, su objetivo ha sido el de destruir la verdad por defenderla. Ha sostenido que hay un solo Señor, el Todopoderoso, el Creador del mundo, de forma que a partir de esta doctrina de la unidad se pueda fabricar una herejía. Dice que el Padre mismo descendió hasta la virgen, Él mismo nació de ella, Él mismo sufrió, y que en definitiva Él [el Padre] es el propio Jesucristo. Aquí la serpiente antigua se contradice a sí misma, porque cuando tentó a Cristo después del bautismo de Juan, se dirigió a Él como "el Hijo de Dios", lo que indica sin duda que Dios tiene un Hijo, incluso desde el testimonio mismo de estas Escrituras que muestran cómo se forjó su tentación: –"Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan"– [Mt. 4:3]. Una vez más: –"Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti"– [Mt. 4:6a] (refiriéndose sin duda al Padre), –"En sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra"– [Mt. 4:6b]. O tal vez, después de todo, él [el diablo] va a reprochar a los evangelios como si fueran una mentira, diciendo: –"¡Fuera con Mateo! ¡Fuera con Lucas! ¡No le presten atención a sus palabras! A diferencia de ellos, yo [Satanás] declaro que fue al mismo Dios a quien me acerqué, fue al Todopoderoso al que tuve cara a cara durante la tentación, y cuando me acerqué a Él mi único propósito fue el de tentarlo. Por el contrario, si Él hubiera sido sólo el Hijo de Dios, lo más probable es que yo nunca hubiera condescendido a tratar con él"–. Sin embargo, él es un mentiroso desde el principio [cf. Jn. 8:44], y también lo es cualquier hombre que instiga a su manera, como por ejemplo Práxeas. Él fue el primero en importar a Roma desde el Asia este tipo de depravación herética, siendo un hombre generalmente de carácter inquieto y sobre todo inflado con el orgullo de haber sufrido persecución a causa de su fe, únicamente porque tuvo que soportar durante un corto tiempo la molestia de una prisión, en cuya ocasión incluso si él hubiera entregado su cuerpo para ser quemado, no le habría beneficiado en nada por no tener el amor de Dios [cf. 1. Co. 13:3], cuyos dones él ha resistido y destruido. Pues en el momento en que el obispo de Roma estaba a punto de reconocer los dones proféticos de Montano, Priscila y Maximila, y a consecuencia de esa confirmación le habría ofrecido su paz a las iglesias de Asia y Frigia; él [Práxeas], instando importunamente falsas acusaciones en contra de estos profetas y sus iglesias, e insistiendo en la autoridad de los obispos predecesores de la sede, lo obligó a no remitir la carta de paz que había emitido, así como a desistir de su propósito de reconocer dichos dones. Por esto Práxeas hizo un doble servicio para el diablo en Roma: echando la profecía e introduciendo la herejía; echando al Paráclito y crucificando al Padre. La cizaña de Práxeas fue sembrada sobre el trigo y aquí también produjo sus frutos, mientras que muchos estaban durmiendo en la simplicidad de su doctrina; pero la cizaña de Práxeas fue traída a la luz, porque Dios así lo quiso, y parecía haber sido erradicada. De hecho, Práxeas reanudó deliberadamente su antigua fe, enseñándola tras la dimisión de su error; sus propios escritos dan evidencia de su estancia entre las personas de mente carnal en cuya sociedad se realizó la transacción, y desde entonces nada se ha oído de él. Nosotros de hecho, por nuestra parte, posteriormente nos retiramos de las mentes carnales debido a nuestro reconocimiento y defensa del Paráclito. Pero la cizaña de Práxeas ya ha difundido su semilla por todas partes, y ha permanecido oculta durante algún tiempo con su vitalidad oculta bajo una máscara, que ahora ha estallado con una nueva vitalidad. Pero una vez más deberá ser desarraigada, si el Señor así lo quiere, incluso ahora; pero si no es ahora, en el día en que todos los manojos de la cizaña sean juntados, y juntamente con cada conjunto de errores deberá ser quemada en el fuego eterno [cf. Mt. 13:30].


CAPÍTULO II

En el transcurso del tiempo, el Padre en verdad nació y el Padre sufrió, Dios mismo, el Señor Todopoderoso, a quien en su predicación ellos declaran que es Jesucristo. Nosotros, sin embargo, como siempre lo hemos hecho, (y más específicamente desde que hemos estado mejor instruidos por el Paráclito, que guía a los hombres hacia toda la verdad), creemos que hay solamente un Dios, pero bajo la siguiente dispensación u οἰκονομία [economía] como es llamada, que este único Dios tiene también un Hijo, su Palabra, que procedió de Él mismo, por quien fueron hechas todas las cosas, y sin la cual nada hubiera sido hecho. Nosotros creemos que este Hijo fue enviado por el Padre a la virgen y nació de ella, siendo a la vez hombre y Dios, el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, y que ha sido llamado por el nombre de Jesucristo; creemos que Él sufrió, murió y fue sepultado conforme a las Escrituras, y habiendo sido resucitado por el Padre fue llevado de vuelta al cielo, está sentado a la diestra del Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos; que también según su propia promesa envió del Padre desde el cielo, al Espíritu Santo, el Paráclito, el santificador de la fe de los que creen en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Que esta regla de fe ha llegado a nosotros desde el principio del evangelio, incluso antes de cualquiera de los herejes antiguos, mucho más antes que Práxeas, un aspirante de ayer, y se pondrá de manifiesto en las fechas tardías que marcarán a todas las herejías, y también el carácter novedoso de nuestros nuevos y pretenciosos Práxeas. Bajo este principio, también debemos encontrar a partir de ahora la presunción de la fuerza de igualdad contra cualquier herejía: –"Que todo lo primero es cierto, mientras que lo posterior es espurio". Para mantener inviolable esta norma prescrita, debemos darnos alguna oportunidad para revisar (las declaraciones de los herejes), con la visión de instruir y proteger a diversas personas, para que no parezca que cada perversión de la verdad es condenada sin examen siendo simplemente prejuzgada, especialmente en el caso de esta herejía que supone poseer en sí la verdad pura, al pensar que es imposible creer en un solo Dios a menos que se diga que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la mismísima Persona. Como si el Uno no fueron todos, ya que todos son de Uno por la unidad (que es) de la sustancia; mientras que el misterio de la dispensación sigue protegido al distribuir la Unidad en una Trinidad, colocando en su orden a las tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: Son tres, sin embargo, no en la condición [status] sino en el grado; no en la sustancia sino en la forma; no en el poder, sino en el aspecto [species]; pero de una sustancia, y de una condición, y de una potestad; ya que es un Dios en el que bajo el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, se distinguen estos grados, formas y aspectos. Del cómo son susceptibles de la pluralidad sin la división, se mostrará a medida que avancemos.


CAPÍTULO III

Los simples, de hecho, (por no decir imprudentes e idiotas), que siempre constituyen la mayoría de los creyentes, están alarmados con la dispensación (de los Tres en Uno), sobre la misma base en que su misma regla de fe les saca a ellos de la pluralidad de dioses del mundo al único Dios verdadero; sin comprender que aunque Él es el único Dios, uno tiene que creer en Él con su propia οἰκονομία [economía]. Ellos consideran que el orden numérico y la distribución de la Trinidad son una división de la Unicidad, mientras que la unidad que se deriva de la propia Trinidad está lejos de ser destruida, siendo en realidad el apoyo de la misma. Ellos nos están acusando constantemente de que somos predicadores de dos y tres dioses, mientras se toman a sí mismos el crédito preeminente de ser los adoradores del único Dios, como si la propia Unicidad en sí, con deducciones irracionales no produjera herejía, y la Trinidad racionalmente considerada no constituyera la verdad. –"Nosotros"–, dicen ellos, –"sostenemos la Monarquía (o gobierno del único Dios)"–. Y así los latinos (y los ignorantes también), enmarcamos tan expresivamente el sonido, que usted supondría que nuestra comprensión de μοναρχία [monarquía] ha sido tan completa como la pronunciación de la palabra. Pero mientras los latinos se esfuerzan por pronunciar la μοναρχία [monarquía], los griegos en realidad se niegan a entender la οἰκονομία [economía] o dispensación (de los Tres en Uno). En cuanto a mí, sin embargo, si he recogido algún pequeño conocimiento de cualquier idioma, estoy seguro de que μοναρχία [monarquía] no tiene otro significado que gobierno único e individual, pero con todo eso, esto no hace por ello una regla permanente de lo que es la monarquía, ni le impide al gobernante tener un hijo, o haberse hecho en realidad un hijo para sí mismo, o de ministrar su propia monarquía por medio de cualquier agente que él desee. Más todavía, yo sostengo que en tal sentido ningún reino pertenece a uno solo como suyo propio, o es de alguna forma tan singular, o es de alguna forma una monarquía, que no sea también administrado por otras personas estrechamente vinculadas al gobernante y que él mismo ha provisto como funcionarios suyos. Si por otra parte hay un hijo que pertenece al monarca, esto no hace que inmediatamente se divida y deje de haber una monarquía, si es que el hijo también puede ejercer como partícipe de la misma, pues ella en cuanto a su origen es igualmente suya y se le comunica al hijo, y siendo suya es absolutamente una monarquía (o imperio único), ya que se mantiene unida por dos que son tan inseparables. Por lo tanto, puesto que la Monarquía Divina también es administrada por tantas legiones y legiones de ángeles, como está escrito: "millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de Él" [Dn. 7:10], y ya que por esta circunstancia no ha dejado de ser el gobierno de uno (por lo que no ha dejado de ser una monarquía), aunque es administrado por millares de poderes, ¿cómo podría acontecer que Dios sufriera división y separación en el Hijo y en el Espíritu Santo, que tienen el segundo y el tercer lugar asignados a ellos, y que están tan íntimamente unidos con el Padre en su sustancia, cuando Él no se sufre tal (división y separación) en la multitud de tantos ángeles? ¿De verdad usted cree que estos, que son naturalmente miembros de la propia sustancia del Padre, las promesas de su amor, instrumentos de su poder, más aún de su propio poder y el completo sistema de su monarquía, son la ruina y la destrucción de la misma? Usted no tiene razón al pensar así. Yo prefiero que usted se ocupe en el significado del hecho más que en el sonido del término. Ahora, hay que entender que la ruina de la monarquía ocurre cuando otro dominio que tiene un marco y un estado peculiar a sí mismo (y por lo tanto es un rival), se impone en y por encima de éste: por ejemplo cuando se introduce a algún otro dios en oposición al Creador, como en las opiniones de Marción; o cuando se introducen muchos dioses, de acuerdo con Valentín y Pródico. Esto equivale a una ruina de la monarquía, ya que implica la destrucción del Creador.


CAPÍTULO IV

Pero en cuanto a mí, el Hijo no se deriva de ninguna otra fuente sino de la sustancia del Padre, (lo representa), no hace nada sin la voluntad del Padre, y ha recibido toda autoridad del Padre. ¿Cómo puede ser posible que yo esté destruyendo la fe en la monarquía, cuando yo la conservo en el Hijo, así como le fue entregada a Él por el Padre? La misma observación hecha por mí (también la quiero hacer formalmente) en relación con el tercer grado en la Divinidad, pues yo creo que el Espíritu no procede de ninguna otra fuente que del Padre por el Hijo. Por lo tanto tenga cuidado, no sea que más bien sea usted quien esté destruyendo la Monarquía, cuando usted destruye la disposición y la dispensación de la misma, que ha sido establecida en la misma cantidad de nombres que Dios ha querido emplear. Pero sigue siendo tan firme y estable en su propio estado, a pesar de la introducción de la Trinidad en ella, que en realidad el Hijo tiene que restaurar todo al Padre, ya que el apóstol dice en su epístola, en relación con el final de todo: "cuando entregue el reino al Dios y Padre, porque preciso es que Él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies" [1. Co. 15:24,25], evidentemente de acuerdo con las palabras del Salmo: "Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies" [Salmo 110:1]. "Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, (con la excepción de aquel que le sujetó a Él todas las cosas), entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a Él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos" [1. Co. 15:27,28]. Vemos, por lo tanto, que el Hijo no es un obstáculo para la Monarquía, a pesar de que ahora es administrada por el Hijo, porque con el Hijo ella se encuentra todavía en su propio estado; y conservando su propio estado ella será restaurada al Padre por el Hijo. Por lo tanto, no hay nada que suponga un perjuicio a causa de admitir al Hijo (en ella), ya que ha sido dada al Hijo por el Padre, y en algún momento será devuelta por Él al Padre. A partir de este pasaje de la epístola del apóstol inspirado, hemos tenido la oportunidad de demostrar que el Padre y el Hijo son dos Personas separadas, no sólo por la mención de sus nombres separadamente como el Padre y el Hijo, sino también por el hecho de que Aquel que entregó [el reino] y Aquel que lo recibió, y de igual manera Aquel que le sujetó (todas las cosas) y Aquel a quien le fueron sujetas, deben de ser necesariamente dos seres diferentes.


CAPÍTULO V

Pero al ver que ellos consideran que estos dos son solo uno, de forma que el Padre y el Hijo deben considerarse idénticos, por eso es justo que examinemos toda la cuestión acerca del Hijo: Si Él existe, lo que Él es y cuál es su modo de su existencia. Así será la verdad misma la que asegure nuestra propia conformidad con las Escrituras y custodie nuestras interpretaciones. Hay quienes afirman que incluso el Génesis abre así en hebreo: –"En el principio Dios hizo para sí mismo un Hijo"–; como no hay fundamento para ello, esto me lleva a otros argumentos derivados de la propia dispensación de Dios, donde Él existía antes de la creación del mundo hasta la generación del Hijo. Porque antes de todas las cosas, Dios estaba solo, siendo en sí mismo y para sí mismo universo, espacio y todas las cosas. Por otra parte estaba solo, porque además de Él, no había nada externo a Él. Pero incluso, Él no estaba solo en aquel entonces, porque tenía consigo lo que poseía en sí mismo, a saber, su propia razón. Ya que Dios es racional, y la razón estaba en el principio en Él, así todas las cosas eran de Él. Esta razón es su propio pensamiento (o conciencia) a la cual los griegos llaman λόγος [logos], por cuyo término también designamos a la palabra o al discurso, por lo que ahora es habitual en nuestra gente, debido a la mera interpretación sencilla de este término, al decir que "la Palabra era en el principio con Dios" [Juan 1:2]. Aun así, sería más adecuado considerar a la Razón como la más antigua, ya que Dios no tenía Palabra desde el principio, pero Él tenía Razón incluso antes del principio, porque también la palabra en sí consta de la razón, lo que prueba así que esta [la Razón] tuvo existencia anterior siendo su propia sustancia. No es que esta distinción no tenga alguna importancia práctica, pues a pesar de que Dios no había pronunciado su Palabra, Él siempre la tuvo dentro de sí mismo, junto con, e incluida dentro de su misma Razón, como Él silenciosamente planeó y organizó en sí mismo todo lo que posteriormente iba a pronunciar a través de su Palabra. Ahora, mientras Él planeaba y organizaba con su propia Razón, en realidad estaba haciendo que aquella se convirtiera en Palabra, ya que la estaba tratando en la forma de palabra o discurso. Y para que usted entienda esto más fácilmente, considere antes que todo que usted mismo está hecho a imagen y semejanza de Dios [cf. Gn. 1:26], por lo que usted también posee la razón en sí mismo, ya que usted es una criatura racional, que no sólo ha sido hecho por un artífice racional sino que realmente ha sido animado de su sustancia. Observe entonces, que cuando usted conversa silenciosamente consigo mismo, este mismo proceso es llevado a cabo dentro de usted por la razón, que se encuentra con una palabra en cada movimiento de su pensamiento, en cada impulso de su conciencia. Lo que usted piensa es una palabra, todo lo que usted concibe es una razón. Usted precisa hablar en su mente, y mientras usted habla admite hablar consigo mismo como un interlocutor, involucrando así a su misma razón, por lo que en pensamiento usted está manteniendo una conversación con su palabra, así que (por acción recíproca) usted produce pensamientos por medio de esa conversación con su palabra. Así que en cierto sentido, su palabra es una segunda persona en usted, a través de la cual usted pronuncia un diálogo, y por quien también (por la reciprocidad del proceso) al pronunciar el diálogo usted genera el pensamiento. La palabra en sí misma es algo diferente a usted. Ahora, ¿cuánto más a fondo toda esta acción toma lugar en Dios, cuya imagen y semejanza es considerada como ser, en cuanto Él tiene a la Razón dentro de sí mismo, incluso mientras está en silencio, convirtiendo esa Razón en su Palabra? Así que he podido establecer sin temeridad (como un principio fijo), que incluso antes de la creación del universo Dios no estaba solo, ya que Él tenía en sí mismo a la Razón, e inherente a la Razón su Palabra, que Él hizo segunda a sí mismo mediante la agitación dentro de sí mismo.


CAPÍTULO VI

Este poder y disposición de la inteligencia divina, es expuesto también en las Escrituras bajo el nombre de Σοφία [Sofía], Sabiduría, ¿Por lo que podría ser mejor definido con el nombre de Sabiduría, que con el de Razón o Palabra de Dios? Escuche, por tanto, a la propia Sabiduría, constituida en el carácter de una Segunda Persona: –"el Señor me creó como el principio de sus caminos, como una visión para sus propias obras, antes que Él hiciese la tierra, antes que las montañas fuesen fijadas en sus lugares, antes de todas las cosas Él me engendró"– [cf. Pr. 8:22-25]. Entonces de nuevo, se observa la distinción implicada entre Ellos por la compañía de la Sabiduría con el Señor. –"Cuando Él formaba los cielos"–, dice la Sabiduría: –"Yo estaba con Él; y cuando Él afirmó los cielos arriba, y cuando afirmó las fuentes del abismo, (y todas las cosas) que están debajo del cielo, con Él estaba yo, ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz en su presencia"– [cf. Pr. 8:27-30]. Ahora, así como agradó a Dios colocar en sus respectivas sustancias y formas las cosas que había planificado y ordenado en sí mismo, junto con la Razón, y la Sabiduría, y la Palabra, Él primero colocó a su propia Palabra, que tiene en sí a su propia Razón y Sabiduría, a fin de que todas las cosas pudiesen ser hechas a través de ella, que no es otra sino a través de la cual fueron planeadas, dispuestas y también concluidas, tal como (estaban) en la mente e inteligencia de Dios. Sin embargo, solamente les faltaba esto, para que ellas también pudiesen ser abiertamente conocidas y mantenidas permanentemente en sus propias formas y sustancias.


CAPÍTULO VII

En consecuencia, en ese momento también la Palabra en sí recibe su propia forma y su glorioso atuendo, su propio sonido y expresión vocal, cuando Dios dice: –"Sea la luz"– [Gn. 1:3]. Esta es la natividad perfecta de la Palabra, cuando Ella procede de Dios, pero primero fue formada por Él bajo el nombre de la Sabiduría para idealizar y planear todas las cosas: –"El Señor me creó como el principio de sus caminos"– [cf. Pr. 8:22] y a continuación fue engendrada para realizar todas las obras: –"Cuando Él formaba los cielos, Yo estaba con Él"– [cf. Pr. 8:27]. A partir de entonces, Él es igual a Él, porque procede de Él mismo, y se convirtió en su Hijo primogénito porque fue engendrado antes de todas las cosas; también en su unigénito, porque fue el único engendrado por Dios de una manera peculiar a sí mismo, desde el útero de su propio corazón, como el Padre mismo da testimonio: –"Mi corazón"–, dice Él, –"os ha emitido mi más excelente Palabra"– [cf. Sal. 45:1]. El Padre se complacía cada vez más en Él, quien igualmente se regocijó con una alegría recíproca en la presencia del Padre: –"Mi Hijo eres Tú, yo te engendré hoy"– [Sal. 2:1]; incluso antes de la estrella de la mañana te engendré. El Hijo igualmente reconoce al Padre, hablando en su propia persona bajo el nombre de la Sabiduría: –"El Señor me creó como el principio de sus caminos, como una visión para sus propias obras, antes de todas las cosas Él me engendró"– [cf. Pr. 8:22-25]. Pero si en este pasaje la Sabiduría parece decir que Ella fue creada por el Señor para llevar a cabo sus obras y para cumplir sus caminos, sin embargo en otra Escritura se prueba que todas las cosas fueron hechas por la Palabra, y sin Ella nada habría sido hecho [cf. Jn. 1:3], como nuevamente en otro lugar (se dice), "Por su Palabra fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por medio de su Espíritu" [cf. Sal. 33:6], es decir, por el Espíritu (o naturaleza Divina) que estaba en la Palabra. Así es evidente que es uno y el mismo poder que en un lugar es descrito con el nombre de la Sabiduría, y en otro pasaje bajo la denominación de la Palabra, que fue producida para las obras de Dios, que estableció los cielos, por la cual fueron hechas todas las cosas, y sin la cual nada habría sido hecho. Tampoco necesitamos detenernos por más tiempo en este punto, como si no fuera la propia Palabra, de quien se habla tanto con el nombre de la Sabiduría y de la Razón, y de toda el Alma y el Espíritu Divino. Ella se convirtió en el Hijo de Dios y fue engendrada cuando procedió de Él. Entonces usted (me pregunta) –"¿Admite usted que la Palabra es una especie de sustancia, construida por el Espíritu y la comunicación de la sabiduría?"–. Ciertamente lo admito. Pero usted no se permitiría que ella sea realmente un ser sustancial al tener su propia sustancia, de tal manera que ella pueda ser considerada como una cosa objetiva y una persona, por lo que puede ser capaz (como siendo constituida segunda al Dios Padre) de hacer dos, el Padre y el Hijo, Dios y la Palabra. Pero usted dirá, que lo que es una palabra es la voz y el sonido que sale de la boca, y (como los gramáticos enseñan) el aire cuando se choca inteligiblemente contra los oídos, más para el resto una especie nula, vacía e incorpórea. Yo, por el contrario, sostengo que nada vacío y nulo podría haber salido de Dios, pues no es nulo y vació el que lo ha dado a luz, ni podría estar carente de sustancia lo que ha procedido de tan grande sustancia y ha producido tan grandes sustancias, porque todas las cosas fueron hechas por medio de Él [La Palabra - Hijo]. Él mismo (personalmente) las hizo. ¿Cómo podría ser nada, Aquel sin el cual nada fue hecho? ¿Cómo podría el que está vacío hacer las cosas que son sólidas, y el que es nulo hacer las cosas que están completas, y el que es incorpóreo hacer las cosas que tienen un cuerpo? Porque a pesar de que algunas veces se puede hacer una cosa diferente a aquel por el cual fue hecha, sin embargo nada puede ser hecho de la nada y de lo que es vacío. ¿Entonces es nada la Palabra de Dios, y una cosa vacía lo que se llama el Hijo, quien asimismo es designado Dios? "La Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios" [Jn. 1:1]. Escrito está: "No tomarás el nombre de Dios en vano" [Ex. 20:7]. Éste es por cierto, quien "siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios" [Flp. 2:6]. ¿En qué forma de Dios? Por supuesto que allí se habla de alguna forma, no de ninguna. Porque, ¿quién va a negar que Dios es un cuerpo, aunque "Dios es Espíritu" [Jn. 4:24]? Porque el Espíritu tiene una sustancia corpórea de su propia clase, en su propia forma. Ahora bien, si las cosas invisibles, cualesquiera que sean, tienen tanto su sustancia y su forma en Dios, por lo que son visibles solamente a Dios, ¡cuánto más debe aquella que ha sido enviada de su sustancia no existir sin sustancia! Sea lo que fuere, por este motivo la sustancia de la Palabra designa a una Persona, y yo lo aclamo por el nombre del Hijo; y en cuanto lo reconozco como el Hijo, afirmo su distinción como segundo del Padre.


CAPÍTULO VIII

Si alguno piensa que estoy introduciendo una προβολή [probolé], es decir, alguna emanación de una cosa en otra, como lo hace Valentín cuando genera el eón del eón, uno tras otro, entonces voy a responderle en primer lugar que la verdad no debe abstenerse del uso de dicho término y de su realidad y significado, debido a que la herejía también lo emplee. El hecho es que la herejía ha tomado de la verdad, para moldearla en su propia falsificación. ¿La Palabra de Dios fue generada o no? ¡Estén aquí firmes conmigo, y no se inmuten! Si Ella fue generada, entonces se concuerda conmigo en que la verdadera doctrina tiene una emanación, y no importa la herejía cuando ella en cualquier punto imita a la verdad. La cuestión ahora es, ¿en qué sentido cada lado utiliza un término dado y la palabra que lo expresa? Valentín divide y separa a las emanaciones de su autor, y las coloca a una distancia tan grande de Él, que un eón no conoce al Padre: él en efecto ansía conocerle pero no puede, pues está casi absorbido y disuelto en el resto de la materia. Sin embargo, para nosotros, sólo el Hijo conoce al Padre [cf. Mt. 11:27] y Él mismo ha revelado el seno del Padre [cf. Jn. 1:18]. También ha oído y visto todas las cosas con el Padre, y lo que el Padre le ha mandado esto también habla [cf. Jn. 8:26]. Y no es su propia voluntad, sino la voluntad del Padre la que Él ha cumplido [cf. Jn. 6:38], ya que Él le ha conocido íntimamente, incluso desde el principio. "¿Por que quién conoce las cosas que están en Dios, sino el Espíritu que está en Él?" [cf. 1. Co. 2:11]. Mas la Palabra fue formada por el Espíritu, y (si se me permite expresarme así) el Espíritu es el cuerpo de la Palabra. La Palabra, por lo tanto, está a la vez siempre en el Padre, como Él dice: –"Yo estoy en el Padre"– [cf. Jn. 14:11], y siempre está con Dios, según lo que está escrito: "la Palabra era con Dios" [Jn. 1:1] y nunca separada de Dios, o que sea de otro que no sea el Padre, ya que "Yo y el Padre unos somos" [Jn. 10:30]. Esta será la emanación impartida por la verdad, la guardiana de la Unidad, en la que se declara que el Hijo es una emanación del Padre, pero no está separado de Él. Pues el Padre envió a la Palabra (como el Paráclito también declara), así como de la raíz brota el árbol, de la fuente brota el río, y del sol el rayo. Porque estas son προβολή [probolé], o emanaciones de las sustancias de las cuales proceden. En efecto, usted no vacilaría en llamar al árbol hijo o descendiente de la raíz, y por lo mismo al río de la fuente y al rayo del sol, ya que cada fuente original es un padre, y todo lo que se emite desde una fuente es un descendiente. Mucho más verdadero es esto para la Palabra de Dios, que de hecho ha recibido como su propia denominación peculiar el nombre de Hijo. Pero aun así el árbol no se separa la raíz, ni el río de la fuente, ni el rayo del sol, ni tampoco la Palabra es separada de Dios. A continuación, por lo tanto, de acuerdo con estas analogías, yo confieso que llamo a Dios y a su Palabra -al Padre y su Hijo- dos. Pues la raíz y el árbol son dos cosas distintas, pero correlativamente están unidas; la fuente y el río también son dos formas, mas son indivisibles; por lo mismo que el sol y sus rayos son dos formas, pero coherentes. Todo lo que procede de otra cosa, precisa ser segundo del que procede, pero no por ello está separado: Sin embargo, cuando hay un segundo, deben haber dos; y donde hay un tercero, deben haber tres. Porque el Espíritu, de hecho, es tercero a partir de Dios y del Hijo, al igual que es tercero el fruto del árbol desde la raíz, o como la corriente del río es tercera desde la fuente, o el ápice del rayo es tercero desde el sol. Con todo, sin embargo, nada es ajeno a esa fuente original de donde deriva sus propios atributos. De la misma manera, la Trinidad se desarrolla a partir del Padre mediante grados entrelazados y conectados, por lo que en ningún sentido perturba la Monarquía, mientras que al mismo tiempo guarda el estado de la Economía.


CAPÍTULO IX

Tenga siempre en cuenta que esta es la regla de la fe que profeso, por la que testifico que el Padre y el Hijo y el Espíritu, son inseparables el uno de los otros, y en este caso usted reconocerá lo que yo digo y en qué sentido lo digo. Ahora, observe: "Mi afirmación es que el Padre es uno, y el Hijo es uno, y el Espíritu es uno, y que son distintos el uno de los otros". Esta declaración es tomada en un sentido equivocado por todos los incultos, así como por todas las personas que tienen una disposición perversa, como si esto pregonara una diversidad en un sentido tal que implicara una separación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Por otra parte, yo estoy obligado a decir esto, cuando (exaltando a la Monarquía a expensas de la Economía) ellos contienden que el Padre, el Hijo y el Espíritu son idénticos. Pero no es por la diversidad que el Hijo es distinto del Padre, sino por la distribución; no es por la división que Él es diferente, sino por la distinción, porque el Padre no es el mismo que el Hijo, ya que difieren el uno del otro en su modo de existencia. Porque el Padre es toda la sustancia, mientras que el Hijo es una derivación y una parte de la totalidad, como Él mismo reconoce: –"el Padre mayor es que yo"– [Jn. 14:1]. En el Salmo, su inferioridad es descrita como siendo "poco menor que los ángeles"[Sal. 8:5]. Así que el Padre es distinto del Hijo al ser mayor que el Hijo, ya que el que engendra es uno, y el que es engendrado es otro; también el que envía es uno, y el que es enviado es otro; y una vez más, el que hace es uno, y aquél a través del cual se hace algo, es otro. Afortunadamente, el Señor mismo empleó esta expresión en cuanto a la persona del Paráclito, para significar no una división o separación, sino una disposición (de las relaciones mutuas en la deidad), porque Él dice: –"Yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Ayudador ... el Espíritu de verdad"– [cf. Jn. 14:16], con lo que el Paráclito es distinto a Él, así como nosotros decimos que el Hijo es distinto al Padre, ya que Él mostró un tercer grado en el Paráclito, tal como creemos que el segundo grado está en el Hijo, por razón al orden observado en la Economía. Además, ¿el hecho mismo de que Ellos tengan los nombres distintos de Padre y de Hijo, no equivale a una declaración de que son distintos en personalidad? Porque obviamente, todas las cosas serán lo que sus respectivos nombres representan, y lo que son y siempre serán es por lo que van a ser llamadas; y la distinción indicada por los nombres no admite en absoluto cualquier tipo de confusión, porque no hay ninguna confusión en las cosas que ellos designan. "Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede" [cf. Jn. 14:16].


CAPÍTULO X

El Padre o el Hijo no pueden ser a la vez lo mismo, y el día no es lo mismo que la noche, ni tampoco el Padre es el mismo Hijo en el sentido de que ambos deban ser uno y cada uno deban ser ambos, como sostienen esos engreídos monarquianos. Él mismo, dicen, se hizo su propio Hijo. Pero un padre hace un hijo y un hijo hace un padre, y aquellos que así se tornan en recíproca relación del uno para con el otro, no pueden en modo alguno estar tan relacionados consigo mismos, de forma que un padre pueda hacerse su propio hijo, y el hijo pueda hacerse su propio padre. Y las relaciones que Dios establece, Él también las guarda. Un padre debe necesariamente tener un hijo con el fin de ser un padre; así también, un hijo para ser hijo, debe tener un padre. Por eso una cosa es tener y otra cosa es ser. Por ejemplo, para ser un esposo, debo tener una esposa; y yo nunca puedo ser mi propia esposa. De la misma manera, con el fin de ser un padre yo debo tener un hijo, porque yo nunca puedo ser un hijo para mí mismo, y para ser un hijo debo tener un padre, porque es imposible para mí que yo sea mi propio padre. Y son estas relaciones las que me hacen (ser lo que soy) cuando yo las poseo: Yo debo ser entonces un padre cuando tengo un hijo, y un hijo cuando tengo un padre. Ahora, si yo he de ser alguna de estas relaciones, ya no puedo tener lo que yo mismo soy: no puedo tener un padre, porque yo mismo soy mi propio padre; ni un hijo, porque yo mismo soy mi propio hijo. Por otra parte, ¿hasta qué punto podría yo poseer una de estas relaciones con el fin poseer la otra? Porque si yo he de ser ambos a la vez, voy a dejar de ser el uno mientras que soy el otro. Porque si yo tengo que ser mi propio hijo mientras que también soy el padre, entonces dejaría de tener un hijo, ya que yo soy mi propio hijo. Por lo tanto, en razón de no tener un hijo, ya que soy mi propio hijo, ¿cómo podría ser un padre? Porque yo debo tener un hijo, con el fin de ser un padre. Por tanto, yo no soy un hijo, porque no tengo un padre que me haga un hijo. De la misma manera, si yo soy mi propio padre que también es su propio hijo, ya no tengo un padre, sino que soy mi propio padre. Sin embargo, al no tener un padre, ya que yo soy mi propio padre, ¿cómo puedo ser un hijo? Pues yo debo tener un padre con el fin de ser un hijo. Por lo tanto, yo no puedo ser un padre, porque no tengo un hijo que me haga un padre. Todo esto es un artificio del diablo –que es mutuamente destructivo–, ya que al encerrar a los dos en uno solo con el pretexto de la Monarquía, lo que se hace es que ninguno se mantenga y se confirme, por lo que Él no sería el Padre, porque en verdad no tendría al Hijo; tampoco Él sería el Hijo, porque de igual manera Él no tendría al Padre; pues mientras que Él fuera el Padre, no sería el Hijo. De esta manera ellos mantienen la Monarquía, pero no tienen ni al Padre ni al Hijo. Pero se dice que "para Dios todo es posible" [Mt. 19:26] ¡Es cierto! ¿Quién puede ser ignorante de esto? ¿Y quién no es consciente de que "lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios"? [Lc. 18:27]. También "a lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios" [1. Co. 1:27]. ¡Hemos leído todo esto! Por lo tanto, ellos argumentan que no fue difícil para Dios hacerse a sí mismo tanto un Padre como un Hijo, en contra de la ley tradicional de los asuntos humanos, así como Dios no tuvo ninguna dificultad para que una mujer estéril tuviera un hijo en contra de la naturaleza, ni tampoco que una virgen concibiera. Por supuesto, nada es demasiado difícil para Dios [cf. Gn. 18:14]. Pero si optamos por aplicar este principio tan extravagante y tan riguroso en nuestra imaginación caprichosa, entonces podemos concebir a Dios haciendo lo que nos plazca, basándonos en que para Él no es imposible hacerlo. Sin embargo no hemos de suponer que porque Él puede hacer todas las cosas, haya hecho lo que no ha hecho. Lo que hemos de investigar es si de veras lo ha hecho. Si Dios lo hubiera querido, pudo haberle dado al ser humano alas para volar, así como se las dio a los buitres. Sin embargo, no hemos de apresurarnos a llegar a la conclusión de que lo hizo por el solo hecho de que pudo haberlo hecho. También pudo haber destruido a Práxeas y a todos los otros herejes de un solo golpe. Sin embargo, no se sigue que lo hizo porque sencillamente pudo haberlo hecho. Pues era necesario que existieran los buitres y los herejes. (¡También era necesario que el Padre fuera crucificado!). En cierto sentido hay algo que podría ser difícil incluso para Dios –Es decir, algo que Él no podría hacer– no porque Él no pudiera hacerlo, sino porque Él no querría hacerlo. Para Dios, desear es poder, y no desear es no poder. Todo lo que Él desea es capaz de llevarlo a cabo exhibiendo su habilidad. Por lo tanto, suponiendo que Dios hubiese querido hacerse a sí mismo su propio Hijo, Él tenía el poder para hacerlo. Y puesto que sí tuvo ese poder y pudo efectuar ese propósito, entonces usted debe darnos una buena prueba del por qué quiso hacerlo, pero solo cuando nos demuestre que en realidad lo hizo.


CAPÍTULO XI

Pero usted tiene el deber de aportar sus pruebas de las Escrituras con tanta claridad como nosotros lo hacemos, cuando probamos que Él hizo de su Palabra un Hijo para sí mismo. Porque si Él lo llama Hijo, y si el Hijo no es otro que el que ha procedido del propio Padre, y si la Palabra salió del propio Padre, esta (Palabra) será entonces el Hijo y no propiamente Aquel del cual procedió, pues el Padre mismo no procede de sí mismo. Pero ustedes dicen que el Padre es el mismo Hijo, haciendo que realmente la misma persona se haya enviado a sí misma (y al mismo tiempo haya salido de sí misma) desde el Ser que es Dios. Aunque era posible que Él hubiera hecho esto, en todo caso no lo hizo. (Así como yo lo he demostrado), usted debe mostrarme la prueba que exijo, donde pruebe que las Escrituras presentan al Hijo siendo el mismo Padre, así como por nuestra parte nosotros hemos demostrado que el Padre y el Hijo son dos seres distintos; digo distintos, pero no separados. Pues por mi parte reproduzco las propias palabras de Dios: –"Emite mi corazón mi más excelente Palabra"– [cf. Sal. 45:1], por lo que en forma semejante usted debe aportar en oposición a mí, algún texto en el que Dios haya dicho: –"Mi corazón me ha emitido como mi más excelente Palabra"–, en un sentido tal en el que Él mismo es tanto el emisor como el emitido, tanto el que envió como el que fue enviado, ya que Él es tanto la Palabra y Dios. Yo también lo invito a observar que de mi lado yo sigo adelante con el pasaje en el que el Padre le dijo al Hijo: –"Mi Hijo eres Tú, yo te engendré hoy"– [Sal. 2:1]. Si usted quiere que creamos que el Padre es el mismo Hijo, muéstreme algún otro pasaje en el que se declare: –"El Señor se dijo a sí mismo, yo soy mi propio Hijo, hoy yo me engendré"–, o también: –"Antes de la mañana yo mismo me engendré"–, y del mismo modo: –"Yo, el Señor me creé a mí mismo como el principio de mis caminos, como una visión para mis propias obras, antes de todas las cosas me engendré a mí mismo"–, y cualquier otro pasaje que esté en el mismo sentido. ¿Por qué podría Dios el Señor de todas las cosas, haber vacilado en hablar así acerca de sí mismo, si las cosas fueran así? ¿Acaso Él tendría miedo de no ser creído, si por medio de muchas palabras se hubiese declarado a sí mismo siendo tanto el Padre como el Hijo? (¡De cualquier manera habría una cosa que Él temía – mentir!). (¡También, tendría miedo de sí mismo y de su propia verdad!). Y así, creyendo que Él es el verdadero Dios, estoy seguro de que Él declaró que nada existe en cualquier otra forma que no sea de acuerdo con su propia dispensación y disposición, y que Él no dispuso nada en ninguna otra manera que de acuerdo a su propia declaración. Sin embargo, de su lado usted debe hacer de Él un mentiroso, un impostor y un falsificador de su Palabra, si cuando Él mismo siendo su propio Hijo, le asignó el papel de su Hijo a otro, ya que todas las Escrituras dan testimonio de la clara existencia y distinción (de Personas) en la Trinidad, y de hecho nos equipan con nuestra regla de fe, de que no es posible que Aquel que habla, Aquel de quien Él habla, y Aquel para quien se habla, parezcan ser uno y el mismo. Tal declaración absurda e ilusoria no sería digna de Dios, como que siendo Él mismo el que se habla, Él habla más bien a otro y no a sí mismo. Escuche pues también, otras declaraciones acerca del Padre y del Hijo por boca de Isaías: –"He aquí mi Hijo, a quien escogí, mi amado, en quien tengo complacencia: He puesto mi Espíritu en Él, y Él traerá justicia a las naciones"– [Is. 2:1]. Oíd también lo que Él dice del Hijo: –"¿Es una gran cosa para ti, que seas llamado mi Hijo para levantar a las tribus de Jacob y para restaurar a los dispersos de Israel? Yo te he puesto para luz de los gentiles, para que seas su salvación hasta lo último de la tierra"– [Is. 49:6].  Oíd ahora también las declaraciones del Hijo respecto al Padre: –"El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para predicar el evangelio a los hombres"– [Is. 61:1 y Lc. 4:18]. También en un Salmo, Él habla al Padre con relación a sí mismo: –"No me desampares hasta que anuncie el poder de tu brazo a toda la generación que está por venir"– [Sal. 71:18]. También, con el mismo tenor en otro Salmo: –"¡Oh Señor, cuánto se han multiplicado mis adversarios!"– [Sal. 3:1]. Casi todos los salmos que profetizan de la persona de Cristo, representan al Hijo conversando con el Padre – es decir, representan a Cristo (como hablando) con Dios. Observe también que el Espíritu habla del Padre y del Hijo, en el carácter de una tercera persona: –"Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies"– [Sal. 110:1]. Asimismo, en palabras de Isaías: –"Así dice el Señor a mi Señor Ungido"– [cf. Is. 45:1]. De la misma forma, el mismo profeta dice esto al Padre respecto del Hijo: –"Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio y sobre quién se ha manifestado el brazo del Señor? Hemos anunciado acerca de Él como si fuera un niño pequeño, como si fuera una raíz de tierra seca, que no tiene parecer ni  hermosura"– [Is. 53:1,2]. Estos son unos pocos de muchos testimonios, pues no pretendo traer todos los pasajes de las Escrituras, ya que tenemos un cúmulo tolerablemente grande de ellos en los distintos tópicos de nuestro tema, y en nuestros varios capítulos los llamamos como nuestros testigos en la plenitud de su dignidad y autoridad. Sin embargo, en estas pocas citas la distinción de Personas en la Trinidad está claramente establecida. Porque no es el mismo Espíritu quien habla de sí, sino que es el Padre a quien Él habla, y el Hijo de quien Él habla. De la misma manera, los otros pasajes también establecen cada una de las varias Personas en su especial carácter – abordando como en algunos casos al Padre en relación con el Hijo, o para el Hijo; y en otros al Hijo en relación con el Padre, o para el Padre; y de nuevo en otros casos al Espíritu (Santo), estableciendo a cada Persona como siendo ella misma y no otra.


CAPÍTULO XII

Si el número de la Trinidad también le ofende, como si no estuviera conectado con la simple Unidad, yo también le preguntaría: ¿Cómo es posible que un Ser que es exclusivo y absolutamente uno y singular, hable en frase plural, diciendo: –"Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza"– [Gn. 1:26], mientras que lo que debería haber dicho es: –"Haré al hombre a mi propia imagen, y conforme a mi propia semejanza"–, como un Ser único y singular? Asimismo en un pasaje que sigue: –"He aquí el hombre es como uno de nosotros"– [Gn. 3:22], Él nos estaría engañando o divirtiendo al hablar en plural, siendo que Él es uno solo y singular. ¿O era que Él estaba hablando con los ángeles, tal como los judíos interpretan el pasaje?, ya que estos al igual que usted, tampoco reconocen al Hijo. ¿O fue porque Él era al mismo tiempo el Padre, el Hijo y el Espíritu, que Él habló para sí mismo en plural, haciéndose plural por esta misma razón? ¿No fue porque Él ya tenía a su Hijo cerca a su lado, como una segunda persona, su propia Palabra; y también a una tercera persona, el Espíritu de la Palabra; que Él deliberadamente adoptó las frases plurales: –"Hagamos"– y –"a nuestra imagen"– y –"es como uno de nosotros"– para cuando hizo al hombre, y a quienes Él le hizo parecer? (La respuesta debe ser): el Hijo, por un lado, que un día asumiría la naturaleza humana; y el Espíritu, por el otro, que santificaría al hombre. Con ellos fue que Él hablo entonces en la Unidad de la Trinidad, como sus ministros y testigos. En el siguiente texto, Él también distingue entre las personas: "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó" [Gn. 1:27]. ¿Por qué decir a "imagen de Dios"? ¿Por qué no decir meramente a "su propia imagen", si Él fue el único Hacedor, y si no había también uno a cuya imagen es hecho el hombre? Mas hubo uno a cuya imagen Dios hizo al hombre, a saber, la imagen de Cristo, que algún día se tornaría en el Hombre (más seguro y así el más verdadero), a causa de que el hombre que fue llamado a su imagen, tuvo que ser entonces formado de barro, a imagen y semejanza del verdadero y perfecto Hombre. ¿Pero qué dice la Escritura respecto a las obras anteriores del mundo? De hecho, su primera declaración se hizo cuando el Hijo todavía no había aparecido: "Y dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz" [Gn. 1:3]. Inmediatamente aparece la Palabra, "aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo" [Jn. 1:9], y a través de Él también vino la luz al mundo. A partir de ese momento Dios quiso que la creación fuese efectuada en la Palabra; Cristo estuvo presente y ministró para Él, y así Dios creó, y Dios dijo: –"Haya un firmamento... y Dios hizo el firmamento"– [cf. Gn. 1:6-7], y Dios también dijo: –"Haya lumbreras (en el firmamento) y fue así. Dios hizo una lumbrera mayor y una lumbrera menor"– [cf. Gn. 1:14-16]. Pero Él hizo todo el resto de las cosas creadas de la misma forma que hizo las anteriores – me refiero a la Palabra de Dios, "Por quien fueron hechas todas las cosas, y sin la cual nada fue hecho"– [cf. Jn. 1:3]. Ahora bien, si Él también es Dios, de acuerdo con Juan (que dice): "La Palabra era Dios" [Jn. 1:1], entonces usted tiene dos seres – uno que ordena que las cosas sean hechas, y el otro que ejecuta la orden y crea. En este sentido, sin embargo, usted debe entenderlo como otro, como ya lo he explicado, en base a la personalidad, no de la sustancia; en la forma de distinción, no de división. Pero aunque yo siempre mantengo una única sustancia en tres (Personas) coherentes e inseparables, sin embargo estoy obligado a reconocer por la necesidad del caso, que aquel que ordena es diferente de aquel que ejecuta. Porque de hecho, Él no emitiría una orden si Él mismo estuviera haciendo el trabajo, al mismo tiempo en que manda que se haga por el segundo. Pero aun así Él lo manda, aunque si fuera solamente uno Él no tendría la intención de darse órdenes a sí mismo, o más bien debería haber trabajado sin ninguna orden, porque no habría esperado para mandarse a sí mismo.


CAPÍTULO XIII

Entonces bien, usted responde que si Aquel que habló era Dios, y Aquel que también creó fue Dios, en este caso un solo Dios habló y otro creó, (y así) son declarados dos dioses. Si usted es tan atrevido y terco, reflexione por un tiempo para que pueda pensarlo mejor y más deliberadamente, escuchando el Salmo en el cual dos son descritos como Dios: "Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; el cetro de tu reino es un cetro de justicia. Has amado la justicia y aborrecido la iniquidad. Por esto Dios, el Dios tuyo, te ungió o te hizo su Cristo" [Sal. 45:6,7]. Ahora bien, puesto que aquí habla a Dios, y afirma que Dios es ungido por Dios, Él debe haber afirmado que los dos son Dios, a causa del poder real del cetro. Por consiguiente, Isaías también dice de la Persona de Cristo: "Los sabeos, hombres de elevada estatura, se pasarán a ti, y ellos irán en pos de ti, pasarán con grillos, y te adorarán, porque Dios está en ti: porque tú eres nuestro Dios, pero no lo supimos; Tú eres el Dios de Israel" [Is. 45:14,15]. Porque aquí también, al decir: "Dios está en ti", y "Tú eres el Dios", establece a dos que eran Dios, (en la primera expresión "en ti", él quiere decir) en Cristo, y (en la otra él quiere decir) el Espíritu Santo. Hay una declaración aún más grandiosa que usted encontrará expresamente hecha en el evangelio: "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios" [Jn. 1:1]. Había uno "que era", y había otro "con quién" Él era. Más aún, yo encuentro en la Escritura que el nombre de Señor se aplica a los dos: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra" [Sal. 110:1]. E Isaías dice esto: "Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio y sobre quién se ha manifestado el brazo de Señor?" [Is. 53:1]. Ahora, él ciertamente tendría que haber dicho "tu brazo", si no hubiera querido hacernos entender que el Padre es Señor y el Hijo también es Señor. Un testimonio mucho más antiguo lo tenemos también en el Génesis: "Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte del Señor que está en los cielos" [Gn. 19:24]. Ahora, ¿usted negará que ésta es la Escritura?, o bien (permítame preguntarle) ¿qué clase de hombre es usted, que no cree que las palabras deben ser tomadas y entenderse en el sentido en que están escritas, sobre todo cuando no se expresan en alegorías y parábolas, sino en determinadas y simples declaraciones? Si de hecho, usted sigue a los que no soportaron en aquel tiempo al Señor cuando demostró ser el Hijo de Dios por temor a creer que Él fuese el Señor, entonces (yo le indico que) recuerde el pasaje donde está escrito: "Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros sois hijos del Altísimo" [Sal. 82:6], y otra vez, "Dios se levanta en la congregación de los dioses" [Sal. 82:1], con el fin de que si la Escritura no tuvo el miedo de designar como dioses a los seres humanos que por la fe se han convertido en hijos de Dios, usted puede estar seguro de que la misma Escritura con mayor propiedad ha conferido el nombre del Señor en el verdadero y único Hijo de Dios. Muy bien, me dice usted, –"yo lo desafío a predicar desde este día en adelante (basado también en la autoridad de estas mismas Escrituras) dos Dioses y dos Señores, en consonancia con sus propios puntos de vista"–. (Mi respuesta es) Dios lo prohíbe. Para nosotros, que por la gracia de Dios poseemos un discernimiento sobre las ocasiones y las intenciones de las Sagradas Escrituras, en especial nosotros que somos discípulos del Paráclito, no de maestros humanos, en efecto declaramos definitivamente que dos seres son Dios: el Padre y el Hijo; y con la adición del Espíritu Santo, incluso tres, de acuerdo con el principio de la economía divina que introduce la pluralidad, para que no se pueda creer que el propio Padre, como usted perversamente lo infiere, haya nacido y haya sufrido, lo que no es lícito creer, pues así no ha sido pronunciado. Sin embargo, que hayan dos Dioses o dos Señores, es una declaración que en ningún momento procede de nuestras bocas, no porque sea falso que tanto el Padre es Dios, y el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios, y cada uno es Dios; sino porque en los tiempos antiguos dos fueron realmente referidos como Dios, y dos como Señor, de manera que cuando Cristo vino Él debió ser reconocido como Dios y designado como Señor, por ser el Hijo de Aquel que es tanto Dios y Señor. Ahora, si usted ha encontrado en las Escrituras solamente a una personalidad de Aquel que es Dios y Señor, entonces Cristo no calificaría para el título de Dios y Señor, pues (en las Escrituras) Él fue declarado siendo otro que el Único Dios y el Único Señor, y debería seguirse que el Padre mismo parece haber bajado (a la tierra), debido al hecho de que un solo Dios y un solo Señor se ha leído (en las Escrituras), y la oscuridad hubiera caído sobre toda su economía que fue planificada y administrada con tanta claridad como una vista previa de su dispensación providencial como materia para nuestra fe. Sin embargo, tan pronto como Cristo vino, y fue reconocido por nosotros como el mismo Ser que teniendo un principio causó la pluralidad (en la economía divina), por ser un segundo a partir del Padre, y con el Espíritu un tercero, y Él mismo declarando y manifestando al Padre con más detalle (de lo que jamás se había hecho antes), el título de Aquel que es Dios y Señor fue de una vez restaurado a la Unidad (de la naturaleza divina), debido a que los gentiles tendrían que pasar de entre la multitud de sus ídolos a un Único Dios, de manera que una diferencia podría ser claramente establecida entre los adoradores del único Dios y los devotos del politeísmo. Pues era justo que los cristianos debieran brillar en el mundo como "hijos de luz", adorando e invocando a Aquel que es el único Dios y Señor como "la luz del mundo". Además, si a partir de ese perfecto conocimiento que nos garantiza que el título de Dios y Señor es adecuado tanto para el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, nos fuéramos a invocar a una pluralidad de dioses y señores, deberíamos apagar la luz de nuestras antorchas, pues seríamos demasiado cobardes para soportar el sufrimiento de los mártires, pues para evadirlo fácilmente podríamos jurar por  una pluralidad de dioses y señores, como lo hacen varios herejes que tienen más de uno. Quiero pues, no hablar de dioses ni de señores, mas voy a seguir al apóstol de modo que si el Padre y el Hijo deben ser invocados juntamente, yo debo llamar al Padre "Dios", e invocar a Jesucristo como "Señor" [cf. Ro. 1:7]. Mas cuando solamente (se menciona a) Cristo, yo debo ser capaz de llamarlo "Dios", como el mismo apóstol dice: "De quienes es Cristo, el cual es sobre todos, Dios bendito por los siglos" [Ro. 9:5].  Porque yo debería dar el nombre de "sol", incluso a un rayo de sol considerado en sí mismo; pero si yo estuviera mencionando al sol de donde emana el rayo, sin duda debería retirar de inmediato el nombre del sol para el mero rayo. Pues aunque yo no estoy haciendo dos soles, aun así debo reconocer tanto al sol y a su rayo como dos cosas y dos formas de una sustancia indivisible, en el mismo sentido como Dios y su Palabra, como el Padre y el Hijo.


CAPÍTULO XIV

Además viene en nuestra ayuda, cuando insistimos en que el Padre y el Hijo son dos, aquel principio regulador que ha determinado que Dios es invisible. Cuando Moisés en Egipto deseó ver el rostro del Señor, dijo: –"Así que, si he hallado gracia en tus ojos, manifiéstate a mí, para que yo pueda verte y te conozcan a ti"– [Ex. 33:13]. Dios le respondió: –"No podrás ver mi rostro, porque no me verá hombre, y vivirá"– [Ex. 33:20], es decir, el que me vea morirá. Ahora nos encontramos con que Dios ha sido visto por muchas personas, y sin embargo que nadie ha muerto (al verle). La verdad es que ellos vieron a Dios de acuerdo con las facultades humanas, pero no de acuerdo con la gloria plena de la divinidad. Por eso se dice que los patriarcas (como Abraham y Jacob) vieron a Dios, y los profetas (como por ejemplo Isaías y Ezequiel), y sin embargo ellos no murieron. Pero deberían haber muerto, ya que lo habían visto, para (que se ejecutara la sentencia), –"no me verá hombre, y vivirá"–. O si vieron a Dios y no murieron, entonces la Escritura mentiría al afirmar que Dios dijo: –"no me verá hombre, y vivirá"–. De cualquier manera, la Escritura nos engañaría cuando hace a Dios invisible y cuando lo produce a nuestra vista. Ahora entonces, Él debe consistir en un ser diferente de aquel que fue visto, pues de alguien que fue visto no se puede decir que es invisible. De esto se deduce que por Aquel que es invisible, debemos entender al Padre en la plenitud de su majestad, en tanto que reconocemos al Hijo como visible en razón de la dispensación de su existencia derivada; al igual que no podemos contemplar al sol en la completa intensidad de su sustancia que está en los cielos, pero sólo podemos soportar con nuestros ojos a un rayo, en razón de la moderada condición de esta porción que es proyectada por él a la tierra. Aquí algún adversario puede estar dispuesto a contender que el Hijo también es invisible como la Palabra y por ser también el Espíritu, mientras demanda una naturaleza para el Padre y el Hijo, a fin de afirmar que el Padre es más bien Uno y la Misma Persona con el Hijo. Pero la Escritura, como hemos dicho, mantiene su diferencia por la distinción que establece entre lo visible y lo invisible. Luego ellos continúan disputando con este efecto, que si fue el Hijo quien habló a Moisés, Él tuvo que querer decir esto de sí mismo, –que su rostro no era visible para nadie, porque Él mismo era de hecho el Padre invisible en nombre del Hijo. Y en consecuencia, ellos desean que lo visible y lo invisible sean uno y lo mismo, así como desean que el Padre y el Hijo sean lo mismo, (y esto lo sostienen ellos) porque en un pasaje anterior, antes de que Él le negara a Moisés (ver) su rostro, la Escritura nos informa que "el Señor hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo" [Ex. 33:11], así como también dijo Jacob: –"He visto a Dios cara a cara"– [Gn. 32:30]. Por lo tanto si lo visible y lo invisible son uno y lo mismo, y si ambos son lo mismo, de ahí se sigue que Él es invisible como Padre y visible como Hijo. Como si la Escritura, de acuerdo con nuestra exposición de ella, fuera inaplicable al Hijo cuando el Padre se ha reservado en su propia invisibilidad. Declaramos, sin embargo, que el Hijo considerado en sí mismo (como el Hijo) es también invisible, ya que Él es Dios, y es la Palabra y el Espíritu de Dios, pero que Él era visible antes de los días de su carne, en la manera en la que Él lo dijo a Aarón y a María: –"Cuando haya un profeta entre vosotros, me daré a conocer a él por visión, y hablaré con él por sueños; no así con Moisés, con quien hablaré boca a boca y claramente, es decir, en la verdad y no por enigmas"– [cf. Nm. 12:6-8], es decir, en imagen, como también el apóstol expresa que: "Ahora vemos por espejo, oscuramente (o enigmáticamente); mas entonces veremos cara a cara" [1. Co. 13:12]. Dado que por lo tanto, Él se reserva para un determinado tiempo futuro su presencia y diálogo cara a cara con Moisés, una promesa que se cumplió en el retiro del monte (de la transfiguración), como lo leemos en el evangelio: "Moisés apareció conversando con Jesús" [cf. Mc 9:4, Mt. 17:3], es evidente que en los primeros tiempos era siempre como en un espejo (por así decirlo), y en enigma, en visión y sueños, que Dios, quiero decir el Hijo de Dios, apareció a los profetas y a los patriarcas, como también, de hecho, al propio Moisés. E incluso si posiblemente el Señor habló con él cara a cara, aun así no fue como el hombre al que se le podía contemplar su rostro, si no como en un espejo (por así decirlo) y por un enigma. Además, si el Señor habló con Moisés, entonces Moisés realmente discernió su rostro, ojo a ojo [de cerca]. ¿Siendo así, cómo es que inmediatamente, en esa misma ocasión, le pidió ver su rostro, lo que no debería haber deseado si él ya lo había visto? ¿Y de igual manera, cómo es que también el Señor le dice que su rostro no puede ser visto, aunque Él ya se lo había mostrado, si es que realmente se lo dejó ver (como nuestros oponentes suponen)? ¿O cuál fue aquel rostro de Dios, cuya vista le fue negada, si hubo un rostro que era visible para el hombre? –"He visto a Dios"–, dijo Jacob, –"cara a cara, y fue librada mi alma"– [Gn. 32:30] ¡Tiene que haber alguna otra cara que sí mataba con solo ser vista! Bueno, ¿entonces el Hijo era visible? (Por supuesto que no), aunque Él era el rostro de Dios, excepto por visión y en sueño, como en un espejo y en un enigma, porque la Palabra y el Espíritu (de Dios) no pueden ser vistos, a no ser de una forma imaginaria. Pero (dice) que Él llama al Padre invisible su rostro. ¿Luego, quién es el Padre? ¿No debería ser el rostro del Hijo, en razón a la autoridad que Él recibe como unigénito del Padre? ¿Por lo tanto, no es un decoro natural decir de algún personaje mayor (a uno mismo), ese hombre es mi cara, él me da su apariencia? –"Mi Padre"–, dice Cristo, –"es mayor que yo"– [Jn. 14:28]. Por tanto, el Padre debe ser el rostro del Hijo. Porque ¿qué dice la Escritura? "El Espíritu de su persona es Cristo el Señor" [cf. Lm. 4:20]. Por lo tanto, si Cristo es el Espíritu de la persona del Padre, hay una buena razón por la cual, en virtud del hecho de la unidad, el Espíritu de aquel a cuya persona pertenecía –es decir, el Padre– lo llamó a Él como siendo su "cara". Ahora bien, esto es sin duda una cosa asombrosa, que el Padre pueda ser entendido como siendo el rostro del Hijo, cuando Él es su cabeza, porque "Dios es la cabeza de Cristo" [1. Co. 11:3].


CAPÍTULO XV

Si fracaso en resolver este artículo (de nuestra fe) por pasajes del Antiguo Testamento que puedan admitir controversias, voy a tomar del Nuevo Testamento una confirmación de nuestra opinión, donde usted no podrá atribuir inmediatamente al Padre cada posible (relación y condición) que yo atribuyo al Hijo. He aquí, entonces, descubro tanto en los evangelios y en los (escritos de los) apóstoles un Dios visible e invisible (revelado a nosotros), en virtud de una evidente distinción personal en la condición de ambas cualidades. Hay una cierta frase enfática de Juan: "A Dios nadie le vio jamás" [Jn. 1:18], significando por supuesto a cualquier momento del pasado, pero que de hecho ha tomado toda cuestión del tiempo, diciendo que Dios nunca fue visto. El apóstol confirma esta declaración, pues hablando de Dios, él dice: "a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver" [1. Ti. 6:16], porque de hecho el hombre moriría si lo viese. Sin embargo, este mismo apóstol testifica que ellos vieron y tocaron a Cristo. Ahora, si Cristo mismo es tanto el Padre como el Hijo, ¿cómo puede Él ser tanto visible como invisible? Con todo, para conciliar esta diversidad entre lo visible y lo invisible, nuestro adversario argumentará que las dos afirmaciones son del todo correctas: Que de hecho Él era visible en la carne, pero era invisible antes de su aparición en la carne; por lo que Él como el Padre era invisible antes de la carne, y lo mismo que como el Hijo era visible en la carne. Sin embargo, ¿si Él es el mismo que era invisible antes de la encarnación, cómo es que fue realmente visto en la antigüedad antes de (entrar en) la carne? Y por paridad de razonamiento, ¿si Él es el mismo que fue visible después de (entrar en) la carne, como es que ahora Él es declarado invisible por los apóstoles? ¿Cómo, repito, puede ser todo esto, a menos que Él sea uno que antiguamente solo era visible en misterio y en enigma, y se tornó más claramente visible por su encarnación, justamente cuando la Palabra también fue hecha carne; mientras que El otro es a quien ningún hombre jamás ha visto, siendo ninguno más que el Padre, justamente Aquel a quien pertenece la Palabra? Vamos a examinar en definitiva a quién vieron los apóstoles. "Aquello", dice Juan, "que hemos visto con nuestros ojos, que hemos contemplado, y que palparon nuestras manos tocante a la Palabra de vida" [1. Jn. 1:1]. Ahora, la Palabra de vida se hizo carne, y fue oída, y fue vista, y fue tocada, porque Él era carne, pero antes de venir en carne solo era la Palabra en el principio con Dios [cf. Jn. 1:2] el Padre, y no el Padre en presencia de sí mismo. Pues a pesar de que la Palabra era Dios, sin embargo estaba con Dios, porque Él es Dios de Dios, y junto con el Padre, está con el Padre. "Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre" [Jn. 1:14], es decir, por supuesto, (la gloria) del Hijo, justamente porque se hizo visible y fue glorificado por el Padre invisible. Y en consecuencia, en la medida en que había dicho que la Palabra de Dios era Dios, para que él no pudiera dar ninguna ayuda a la presunción de nuestro adversario (que pretende) que él había visto al mismo Padre, con el fin de establecer una distinción entre el Padre invisible y el Hijo visible, él hace una afirmación adicional, ex abundanti, por así decirlo: "A Dios nadie le vio jamás" [Jn. 1:18, 1. Jn. 4:12]. ¿A qué Dios se refiere él? ¿A la Palabra? Mas él ya lo había dicho: "Aquello que hemos visto y oído, y que palparon nuestras manos tocante a la Palabra de vida" [1. Jn. 1:1]. Bueno, (una vez más debo preguntar) ¿A qué Dios se refiere él? Por supuesto que es al Padre con quien estaba la Palabra, el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él mismo lo ha declarado. Él fue tanto oído como visto, y para que no se supusiese que Él era un fantasma, fue realmente tocado. Pablo también lo vio a Él, pero sin embargo, no vio al Padre. –"¿No he visto"–, dice él, –"a Jesús el Señor nuestro?"– [1. Co. 9:1]. Por otra parte, él llamó a Cristo expresamente Dios, diciendo: "De quienes son los patriarcas, y de los cuales, en relación a la carne, vino Cristo, el cual es sobre todos, Dios bendito por los siglos" [Ro. 9:5]. Nos muestra también que el Hijo de Dios, que es la Palabra de Dios, es visible, porque el que se hizo carne fue llamado Cristo. Del Padre, sin embargo, le dice a Timoteo: "A quién ninguno de los hombres ha visto ni puede ver" [1. Ti. 6:16], y adiciona a la descripción en términos aún más amplios: "el único que tiene inmortalidad y habita en la luz a la que ningún hombre se puede aproximar" [1. Ti. 6:16]. Era de Él, que también había dicho en un pasaje anterior: "Por tanto, al Rey eterno, inmortal, invisible, al único Dios" [1. Ti. 1:17], de forma que podamos aplicar incluso las cualidades contrarias al propio Hijo –la mortalidad y la accesibilidad– de quien el apóstol testifica que "Murió, de acuerdo con las Escrituras" [1. Co. 15:3] y que "fue visto por él mismo, como el último de todos" [1. Co. 15:8], mediante, claro está, de la luz que era accesible, a pesar de que no fue sin poner en peligro su vista que había experimentado esa luz. Un peligro similar también afectó a Pedro, a Juan y a Jacobo, (que no se enfrentaron con la misma luz) sin arriesgar la pérdida de la razón y la mente; y si ellos que fueron incapaces de soportar la gloria del Hijo, hubiesen visto apenas al Padre, deberían haber muerto allí mismo: –"Porque no me verá hombre, y vivirá"– [Ex. 33:20]. Así las cosas, es evidente que Aquel que siempre fue visto desde el principio, fue quien se hizo visible finalmente; y que (por el contrario) Aquel que nunca fue visible desde el principio, no se hizo visible finalmente, y que consecuentemente hay dos –el Visible y el Invisible. Por lo tanto, fue el Hijo quien siempre fue visto, y el Hijo el que siempre hablaba con los hombres, y el Hijo quien siempre obró por la autoridad y la voluntad del Padre, porque "el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre" [Jn. 5:19]; –"hacer", es decir, en su mente y pensamiento. Porque el Padre actúa con la mente y el pensamiento, mientras que el Hijo da sentido y forma a lo que Él ve que está en la mente y el pensamiento del Padre. De este modo todas las cosas fueron hechas por el Hijo, y sin Él nada fue hecho.


CAPÍTULO XVI

Pero usted no debe suponer que apenas las obras relacionadas con (la creación del) mundo fueron hechas por el Hijo, sino también que todo después de aquel tiempo ha sido hecho por Dios. Pues "el Padre ama al Hijo, y ha puesto todas las cosas en su mano" [Jn. 3:35], y de hecho lo ama a Él desde el principio, y desde el principio le ha entregado a Él todas las cosas. Por eso está escrito: "En el principio la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios" [Jn. 1:1]; a quien "es dado por el Padre todo el poder en el cielo y en la tierra" [cf. Mt. 28:18]. "Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo" [Jn. 5:22] –incluso desde el principio. Pues cuando Él habla de todo el poder y de todo el juicio, y dice que todas las cosas fueron hechas por Él, y que todas las cosas han sido entregadas en su mano, Él no permite ninguna excepción (en relación) al tiempo, porque no serían todas las cosas a menos que fuesen las cosas de todos los tiempos. Es el Hijo, por lo tanto, quien desde el principio ha administrado el juicio, derribando la torre altiva y confundiendo las lenguas [cf. Gn. 11:1-9], castigando a todo el mundo con la violencia de las aguas [cf. Gn. 7], haciendo llover fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra como el Señor de parte del Señor [cf. Gn. 19]. Pues era Él quien en todo el tiempo vino a mantener conversación con los hombres, desde Adán hasta los patriarcas y los profetas, en visión, en sueños, en espejo, en enigma; siempre desde el principio sentando las bases del curso de sus dispensaciones que Él pretendía seguir hasta el último minuto. Así entonces Él estaba aprendiendo, incluso como Dios, a conversar con los hombres sobre la tierra, siendo ninguno otro que la Palabra que debía ser hecha carne. Pero Él estaba así aprendiendo (o ensayando), con el fin de nivelar para nosotros el camino de la fe, para que nosotros pudiéramos creer más fácilmente que el Hijo de Dios vino al mundo, al saber que en tiempos pasados también había hecho algo similar. Pues fue para nuestra cuenta y para nuestro aprendizaje que estos eventos se describen en las Escrituras, así que por amor a nosotros estos también fueron hechos- (incluso para nosotros, digo yo), "a quienes han alcanzado los fines de los siglos" [cf. 1. Co. 10:11]. De esta manera fue que incluso entonces, Él supo muy bien lo que eran los sentimientos y los afectos humanos, cuando se dirigía a tomar para sí mismo las reales sustancias que componen al hombre, cuerpo y alma; (y como si Él fuera ignorante) haciendo una consulta a Adán: ¿Dónde estás, Adán? [cf. Gn. 3:9]; arrepintiéndose de haber hecho al hombre, como si le hubiera faltado el conocimiento previo [cf. Gn. 6:6]; tentando a Abraham como si fuese ignorante de lo que era aquel hombre [cf. Gn. 22:1-19]; enojándose con las personas y a continuación reconciliándose con ellas; y cualesquiera otras (debilidades e imperfecciones) los herejes usan (en sus suposiciones) como indignas de Dios, con el fin de desacreditar al Creador, sin considerar que estas circunstancias son lo suficientemente apropiadas para el Hijo, que un día experimentaría incluso los sufrimientos humanos –el hambre, la sed, las lágrimas, un nacimiento real y una muerte real, en relación con la mencionada dispensación que fue hecha por el Padre un poco inferior a los ángeles [cf. Sal. 8:6]. Pero los herejes, usted puede estar seguro, no permitirán que tales cosas sean apropiadas incluso para el Hijo de Dios, al cual usted le imputa ser el propio Padre, cuando pretende que Él se hizo a sí mismo menor (que los ángeles) en nuestro beneficio; mientras que la Escritura nos informa que aquel que fue hecho menor, fue influenciado por otro y no por sí mismo. Además, Uno es el que fue coronado de gloria y honra [cf. Sal. 8:6], y Otro fue quien lo coronó – evidentemente el Padre (coronando) al Hijo. Por otra parte, –"¿Cómo podría ocurrir que el Dios Todopoderoso e Invisible, –"a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver" [1. Ti. 6:16], "Aquel que no habita en templos hechos por manos humanas" [Hch. 17:26], "Cuyos ojos hacen temblar la tierra, y los montes se derriten como cera" [cf. Jl. 2:10, Sal. 97:5], "que tiene a todo el mundo en su mano como un nido" [cf. Is. 10:14], "cuyo trono es el cielo, y la tierra el estrado de sus pies" [cf. Is. 66:1], Aquel que está en todo el espacio, más Él mismo no está en el espacio; que es el límite máximo del universo–; cómo aconteció, pregunto yo, que Él (a pesar de ser) el Altísimo, caminó por el paraíso durante el fresco de la noche en busca de Adán, y cerró el arca después de que Noé entró en ella, y descansó bajo un roble en la tienda de Abraham, y llamó a Moisés desde la zarza ardiente, y apareció junto a otras tres personas en el horno del rey de Babilonia (a pesar de que allí es llamado el Hijo del Hombre), a menos que todos estos hechos hayan sucedido como una imagen, como un espejo, como un enigma (de la futura encarnación)?"– Ciertamente estas cosas no se podrían haber creído del propio Hijo de Dios, a menos de que nos hubieran sido dadas en las Escrituras. Posiblemente tampoco se podrían haber creído las relacionadas con el Padre si no se hubieran escrito. Sin embargo, estos hombres lo llevan a Él [al Padre] para el vientre de María, lo ponen ante el tribunal de Pilato y lo entierran en el sepulcro de José. De ahí, por tanto, su error se manifiesta por ignorar que desde el principio todo el curso de la ordenanza divina ha descendido a través de la agencia del Hijo, y por eso creen que el propio Padre es quien realmente fue visto, conversó con los hombres, obró, tuvo sed y sufrió hambre (a pesar de que el profeta dice: "El Dios eterno, el Señor, el Creador de los confines de la tierra, no tendrá sed jamás, ni tendrá hambre" [cf. Is. 40:28]; ¡y cuánto más, nunca morirá ni será sepultado!). Y aunque Él era uniformemente un Dios y Padre, en todo momento Él mismo hizo las cosas que fueron hechas realmente por Él a través de la agencia del Hijo.


CAPÍTULO XVII

Se supone que con más facilidad el Padre actuó en el nombre del Hijo, de lo que el Hijo actuó en el nombre del Padre, aunque el Señor mismo dice: –"he venido en nombre de mi Padre"– [Jn. 5:43] y hasta el mismo Padre declara: –"He manifestado tu nombre a estos hombres"– [Jn. 17:6], mientras que las Escrituras lo dicen de la misma manera, "Bendito el que viene en el nombre del Señor" [Sal. 118:26], es decir, el Hijo en el nombre del Padre. Y en cuanto a los nombres del Padre, Dios Todopoderoso, el Altísimo, el Señor de los ejércitos, el Rey de Israel, el Yo Soy, nos dicen (pues las Escrituras nos lo enseñan) que pertenecían adecuadamente al Hijo, y que el Hijo vino con estas designaciones, y siempre ha actuado en ellas y las ha manifestado en sí mismo a los hombres. –"Todas las cosas"–, dice Él, –"que el Padre posee son mías"– [Jn. 16:15]. ¿Entonces por qué no igualmente sus nombres? Por tanto, cuando usted lee del Dios Todopoderoso, del Altísimo, del Señor de los ejércitos, del Rey de Israel, o del Yo Soy, tenga en cuenta que por estas designaciones el Hijo indica que en su propio derecho es Dios Todopoderoso, porque Él es la Palabra del Dios Todopoderoso, y ha recibido el poder sobre todo. Es el Altísimo, porque Él "es exaltado a la diestra de Dios" [Hch. 2:33] como lo declara Pedro en los Hechos; y es el Señor de los ejércitos, porque el Padre le sujetó a Él todas las cosas [cf. 1. Co. 15:28, Heb. 2:8]. Es el Rey de Israel, porque a Él ha sido confiado el destino de aquella nación; y de la misma forma, es el "Yo Soy", porque hay muchos que se  llaman hijos, pero no son hijos. En cuanto al punto mantenido por ellos, que el nombre de Cristo pertenece también al Padre, oirán (lo que les tengo que decir) en el lugar adecuado. Mientras tanto, que ésta sea mi respuesta inmediata al argumento que ellos aducen desde el Apocalipsis de Juan: "Yo soy el Señor, el que es, y el que era, y el que ha de venir, el Todopoderoso" [Ap. 1:8], y de cualquier otro pasaje donde ellos piensen que la designación "Todopoderoso" no es adecuada para el Hijo, como si de hecho Él que ha de venir no fuera el Todopoderoso, cuando el Hijo del Todopoderoso no es menos poderoso, ya que el Hijo de Dios es Dios.


CAPÍTULO XVIII

Pero lo que les impide a ellos percibir fácilmente esta comunidad de títulos para el Padre y el Hijo, es cuando la Escritura declara determinantemente que Dios es apenas uno, como si la mismísima Escritura no hubiese también declarado a dos como Dios y Señor, tal como lo hemos demostrado anteriormente. Su argumento es: –"Dado que nos encontramos con dos y uno, por lo tanto ambos son uno, y Él mismo es a la vez el Padre y el Hijo"–. Sin embargo la Escritura no está en peligro de requerir la ayuda de algún argumento, a no ser que parezca autocontradictoria. Pero ella posee su propio método, tanto cuando anuncia a solamente un Dios, como también cuando muestra que hay dos, el Padre y el Hijo, siendo consistente consigo misma. Está claro que el Hijo es mencionado por ella, porque sin ningún perjuicio para el Hijo, es muy posible que ella determinó correctamente que Dios (a quien el Hijo pertenece) es uno solo, ya que Aquel tiene un Hijo que no por eso deja de existir siendo Él mismo uno solo, esto en su propia descripción, siempre que Él es nombrado sin el Hijo. Y Él es nombrado sin el Hijo siempre que Él es definido como el principio (de la Deidad) en el carácter de "su primera Persona", que tuvo que ser mencionada antes del nombre del Hijo, porque es el Padre quien es reconocido en el primer lugar, y después del Padre es nombrado el Hijo. Por lo tanto "hay un solo Dios", el Padre, "y fuera de Él no hay otro" [cf. Is. 45:5, 1. Co. 8:6]. Y cuando Él mismo hace esta declaración, Él no niega al Hijo, sino que dice que no hay otro Dios, y el Hijo no es diferente al Padre. De hecho, si usted solo mira cuidadosamente los contextos que siguen a declaraciones como esta, encontrará que prácticamente siempre tienen claras referencias a los fabricantes de los ídolos y a sus adoradores, como una visión de la multitud de los falsos dioses que son expulsados por la unidad de la Divinidad, que sin embargo tiene un Hijo; y como quiera que este Hijo es indivisible e inseparable del Padre, así Él debe ser reconocido como estando en el Padre, aun cuando Él no sea nombrado. El hecho es que si Él hubiese tenido que haberlo mencionado expresamente, lo habría separado de Él, diciendo en pocas palabras: –"Fuera de mí no hay otro, excepto mi Hijo"–. En definitiva, Él habría hecho de su Hijo realmente otro, después de excluirlo de los demás que no son dioses. Supongamos que el sol dice: –"Yo soy el Sol, y no hay otro fuera de mí, excepto mi rayo"–. ¿No te llamaría la atención lo inútil de tal declaración, como si el rayo mismo no fuese reconocido en el sol? Él dice entonces que no hay Dios aparte de sí mismo con respecto a la idolatría, tanto de los gentiles así como de Israel; es más, incluso también a causa de nuestros herejes, que fabrican ídolos con sus palabras así como el pagano los hace con sus manos; es decir, ellos hacen a otro Dios y a otro Cristo. Por lo tanto, al atestiguar su propia unidad, el Padre se hizo cargo de los intereses del Hijo, para que no deba suponerse que Cristo ha venido de otro Dios, sino de Aquel quien ya había dicho, –"yo soy Dios y no hay otro fuera de mí"– [cf. Is. 45:5, 18; 44:6], para mostrarnos que Él es el único Dios, pero acompañado de su Hijo, con quien "Él extiende los cielos solo" [cf. Is. 44:24].


CAPÍTULO XIX

Pero esta misma declaración de ellos, se apresura a pervertir rápidamente en un argumento de su singularidad. –"Yo"–, dice Él, –"extiendo los cielos solo"– [cf. Is. 44:24]. Sin lugar a dudas, "solo" en lo relativo a todos los demás poderes; y Él así da una evidencia premonitoria contra las conjeturas de los herejes, que sostienen que el mundo fue construido por varios ángeles y poderes, que también hacen que el propio Creador haya sido un ángel o algún agente subordinado enviado para formar las cosas externas, tales como las partes constituyentes del mundo, pero que era al mismo tiempo ignorante de su propósito divino. Si ahora es en este sentido que Él extiende los cielos solo, ¿cómo es que estos herejes asumen su posición tan perversamente, al punto de tornar inadmisible la singularidad de aquella Sabiduría que dice: "Cuando Él formaba los cielos, yo estaba con Él?" – [Pr. 8:27], a pesar de que el apóstol pregunta: "¿Quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero?" [Ro. 11:34], lo que exceptúa, por supuesto, a aquella sabiduría que estaba presente con Él. En Él, en todo caso, y con Él, (la Sabiduría) construyó el universo, sin que Él fuera ignorante de lo que estaba haciendo. Sin embargo, la frase: "Excepto la Sabiduría", tiene el mismo sentido exacto como la expresión "excepto el Hijo", que es Cristo, "la Sabiduría y el Poder de Dios" [1. Co. 1:24], que según el apóstol es el único que conoce la mente del Padre. "Porque ¿quién conoce las cosas que son de Dios, excepto el Espíritu que está en Él?" [cf. 1. Co. 2:11], no que está fuera de Él. Por tanto, hubo entonces Uno que causó que Dios no fuera "solo", excepto como "solo" respecto a los demás dioses. Pero (si hemos de seguir a los herejes), el evangelio en sí tendrá que ser rechazado, porque éste nos dice que "todas las cosas fueron hechas por Dios a través de la Palabra, sin la cual nada fue hecho" [cf. Jn. 1:3]. Y si no me equivoco, hay también otro pasaje en el que está escrito: "Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todas las huestes de ellos por su Espíritu" [cf. Sal. 33:6]. Ahora bien, esta Palabra, el poder de Dios y la sabiduría de Dios, deben ser el propio Hijo de Dios. Así que, si (Él hizo) todas las cosas por el Hijo, Él debe haber extendido los cielos por el Hijo, por lo que no los extendió solo, excepto en el sentido en que Él es "solo" (y separado) de todos los demás dioses. Por consiguiente, Él dice respecto del Hijo inmediatamente después: –"¿Quién más que frustra las señales de los mentirosos, y enloquece a los adivinos, haciendo retroceder a los sabios haciendo de su conocimiento locura, y confirmando las palabras" [cf. Is. 44:25] de Su Hijo?–, como por ejemplo cuando Él dijo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; óiganlo a Él" [Mt. 17:5]. Así, al unir al Hijo a sí mismo, Él se convierte en su propio intérprete sobre el sentido en el que Él extendió los cielos solo, significando "a solas con su Hijo", así como Él es uno con su Hijo. Por lo tanto, la expresión "Yo extendí los cielos solo", es de igual manera aplicable al Hijo, porque los cielos fueron establecidos por la Palabra. Esto porque el cielo fue preparado cuando la Sabiduría estaba presente en la Palabra, y puesto que todas las cosas fueron hechas por la Palabra, es bastante correcto decir que el Hijo extendió los cielos solo, porque Él solo ministró las obras del Padre. También debe ser Él, quien dice: "Yo soy el primero, y para todo el futuro YO SOY" [cf. Is. 41:4, 44:6]. La Palabra, sin duda, era antes de todas las cosas: "En el principio era la Palabra" [Jn. 1:1]; y en ese principio Él fue enviado por el Padre. Sin embargo, el Padre no tuvo principio pues no procedió de ninguno, ni Él puede ser visto ya que Él no fue generado. El que siempre ha estado solo, nunca podría haber tenido orden o rango. Por lo tanto ellos, con el expreso propósito de reivindicar la unidad de Dios, han determinado que el Padre y el Hijo deben ser considerados como uno y el mismo; pero no se han dado cuenta que la unidad se conserva intacta, porque Aquel que es uno, sin embargo tiene un Hijo que es igualmente comprendido consigo mismo en las propias Escrituras. Ya que ellos no están dispuestos a permitir que el Hijo sea una Persona distinta, segunda desde el Padre, por el miedo a que siendo un segundo Él conduzca a hablar de dos dioses, nosotros hemos demostrado anteriormente que en realidad los dos son descritos en las Escrituras como Dios y Señor. Y para evitar ofenderlos por este hecho, les damos una razón del por qué nosotros no decimos que sean dos Dioses y dos Señores, sino que ellos son dos como Padre e Hijo; esto es, no por la separación de su sustancia, sino por la dispensación en la que declaramos que el Hijo es indiviso e inseparable del Padre –distinto en grado, no en estado. Y a pesar de que al ser nombrado aparte Él es llamado Dios, Él no constituye de esta manera a dos Dioses, sino a uno solo; y por esta misma circunstancia Él tiene el derecho a ser llamado Dios, debido a su unión con el Padre.


CAPÍTULO XX

Pero tengo que sufrir algunos dolores adicionales para refutar sus argumentos, cuando ellos hacen selecciones de las Escrituras para buscar apoyo de su opinión, y se niegan a considerar los otros puntos que obviamente mantienen la regla de la fe sin ninguna infracción de la unidad de la Divinidad y con la plena admisión de la Monarquía. Porque como en las Escrituras del Antiguo Testamento ellos persiguen nada más que "Yo soy Dios, y fuera de mí no hay Dios" [cf. Is. 45:5], así en el evangelio ellos simplemente mantienen la vista en la respuesta del Señor a Felipe: "Yo y el Padre uno somos" [Jn. 10:30], "El que me ha visto, ha visto al Padre" [Jn. 14:9], y "yo estoy en el Padre, y el Padre en mí" [Jn. 14:10]. Ellos someten toda la revelación de ambos Testamentos a estos tres pasajes, pero el único camino correcto es entender estas pocas declaraciones a la luz de las otras muchas afirmaciones. Pero esta es la característica de todos los herejes, quienes al encontrar solo unos pocos testimonios (para ellos) de la masa general, pertinazmente destacan a los pocos contra los muchos, y destacan a los primeros contra los segundos. Sin embargo, la regla que se ha establecido desde el principio para cada caso, sienta un precedente contra sus suposiciones posteriores, como en efecto lo hace también contra sus pocos pasajes.


CAPÍTULO XXI

Considere, por tanto, cuántos pasajes sientan un precedente para usted en este mismo evangelio, antes de la consulta de Felipe y antes de cualquier discusión de su parte. Para empezar, el preámbulo del evangelio de Juan nos muestra lo que era previamente Aquel que tenía que hacerse carne. "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por Ella fueron hechas, y sin Ella nada fue hecho" [Jn. 1:1-3]. Ahora bien, como estas palabras no se pueden tomar en un sentido distinto a como se han escrito, no hay duda de que es demostrado que hay Uno que era desde el principio, y también que hay Uno con quien Él siempre estuvo: Uno la Palabra de Dios, el otro Dios (aunque la Palabra también es Dios, pero Dios considerado como el Hijo de Dios, no como el Padre); Uno a través del cual fueron todas las cosas, Otro por quien fueron todas las cosas. Pero en qué sentido nosotros lo llamamos "Otro", ya lo hemos explicado varias veces. Cuando nosotros le llamamos "Otro", queremos precisar que Él no es idéntico –no es idéntico en efecto, como si fuera separado; "Otro" por dispensación, no por división. Por lo tanto Aquel que se hizo carne, no fue Aquel mismo de quien provino la Palabra. "Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre" [Jn. 1:14]; (observe que) no como el Padre. Él ha "revelado" (lo que está en) "el seno del Padre" [cf. Jn. 1:18]; el Padre no divulga los secretos de su propio seno, pues esta declaración es precedida por otra declaración: "A Dios nadie le vio jamás" [Jn. 1:18]. Y también cuando es designado por Juan (el Bautista) como "el Cordero de Dios" [Jn. 1:29], Él no es descrito como si fuera Aquel mismo de quien Él es el Hijo amado. Él es sin duda, siempre el Hijo de Dios, mas no Aquel mismo de quién Él es el Hijo. Natanael reconoció inmediatamente esta (divina relación) en Él, así como Pedro lo hizo en otra ocasión: "Tú eres el Hijo de Dios" [Jn. 1:49, cf. Mt. 16:16]. Y Él mismo afirmó que sus convicciones estaban en lo cierto, ya que le respondió a Natanael: "Porque te dije que te vi debajo de la higuera, entonces creíste" [Jn. 1:50]. Y de la misma forma Él pronunció que Pedro fue "bienaventurado", ya que "la carne y la sangre no se lo revelaron", sino que lo percibió por el Padre, del "Padre que está en los cielos" [cf. Mt. 16:17]. Al afirmar todo esto, Él determinó la diferencia que existe entre las dos personas: Que el Hijo estaba entonces en la tierra, de quien Pedro confesó que es el Hijo de Dios; y que el Padre estaba en el cielo, siendo quien le reveló a Pedro el descubrimiento que él hizo, es decir que Cristo era el Hijo de Dios. Cuando Él entró en el templo, lo llamó "la casa de su Padre" [cf. Jn. 2:16], hablando como el Hijo. Cuando habló con Nicodemo, Él dijo: "De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él crea, no perezca más tenga vida eterna" [Jn. 3:16]. Y de nuevo: "Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo pudiese ser salvo a través de Él. Aquel que crea en Él no es condenado; pero el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios" [Jn. 3:17-18]. Por otra parte, cuando a Juan (el Bautista) se le preguntó sobre Jesús, él dijo: "El Padre ama al Hijo y ha puesto todas las cosas en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna, y el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él" [Jn. 3:35-36]. Por cierto, ¿quién se le reveló a la mujer samaritana? ¿No fue "el Mesías, llamado el Cristo"? [cf. Jn. 4:25]. Entonces Él le mostró claramente que Él no era el Padre sino el Hijo; y en otros lugares Él es expresamente llamado "el Cristo, el Hijo de Dios" [Jn. 20:31], y no el Padre. Por tanto Él dijo: "Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra" [Jn. 4:34], mientras que a los judíos Él les comentó respecto a la curación del paralítico: "Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo" [Jn. 5:17]. –"Mi Padre y Yo"–, son palabras del Hijo. Y fue en este mismo relato que "los judíos aún más procuraban matarle, no sólo porque quebrantaba el sabbath, sino también porque Él dijo que Dios era su propio Padre, haciéndose así igual a Dios. Entonces Él les respondió y les dijo: El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que Él hace esto también lo hace el Hijo de la misma manera. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todas las cosas que Él hace, y también le mostrará obras mayores que estas, para que os maravilléis. Porque así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, de la misma forma el Hijo vivifica a los que Él quiere. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo dio al Hijo, para que todos los hombres honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que envió al Hijo. De verdad, de verdad les digo: El que oye mis palabras, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, porque ha pasado de muerte a vida. En verdad les digo que la hora viene, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y cuando ellos la oigan, vivirán. Porque como el Padre tiene vida eterna en sí mismo, así también Él le ha dado al Hijo el tener vida eterna en sí mismo, y también le ha dado autoridad para hacer juicio, por cuanto es el Hijo del hombre" [Jn. 5:18-27]; es decir, en cuanto a la carne, así como Él es también el Hijo de Dios en cuanto a su Espíritu. Después Él continúa diciendo: "Mas yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, estas mismas obras dan testimonio de que el Padre me ha enviado, y el Padre mismo que me envió, ha dado testimonio a mi favor" [Jn. 5:36-37]. Pero Él inmediatamente añade: "Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto" [Jn. 5:37], afirmando así que en los tiempos pasados no fue el Padre, sino el Hijo quien solía ser visto y oído. Después dice por fin: "Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me habéis recibido" [Jn. 5:43]. Por lo tanto, siempre fue el Hijo (de quien nosotros leemos) quien fue designado como el Todopoderoso, el Altísimo, el Rey y el Señor. También a los que le preguntaron: –"¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?"–, Él les respondió: "Esta es la obra de Dios, que creáis en Aquel que Él ha enviado" [Jn. 6:29]. Además, Él declara acerca de sí mismo  ser "el pan que el Padre envió del cielo" [cf. Jn. 6:30-35], y añade que "todos los que el Padre le dio, deben venir a Él, y que Él mismo no los rechazará, porque Él vino del cielo no para hacer su propia voluntad, sino la voluntad del Padre, y que la voluntad del Padre era que todo el que vio al Hijo y creyó en Él, obtenga la vida (eterna) y la resurrección en el último día. De hecho, ningún hombre es capaz de venir a Él, si el Padre no lo atrajere, y todos los que oyeron y aprendieron del Padre vinieron a Él" [cf. Jn. 6:37-44]. Entonces Él continúa diciendo expresamente: "No es que alguien haya visto al Padre" [cf. Jn. 6:46], mostrándonos así que fue a través de la Palabra del Padre que los hombres fueron instruidos y enseñados. Entonces cuando muchos se apartaron de Él, y Él les preguntó a sus discípulos si "ellos también lo abandonarían" [cf. Jn. 6:67], Simón Pedro respondió: "¿A quién iremos? Solo Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos que Tú eres el Cristo" [cf. Jn. 6:68-69]. (Dime ahora lo que ellos creyeron), ¿que Él era el Padre, o el Cristo del Padre?


CAPÍTULO XXII

¿Pero cuál era la doctrina que Él anunció y de la cual todos estaban maravillados? ¿Era la suya propia o la del Padre? [cf. Jn. 7:15-16]. Así que cuando ellos estaban en duda de si Él era el Cristo (es claro que no como siendo el Padre, sino como el Hijo), Él les dice: –"Ustedes me conocen y saben de dónde soy; y yo no he venido de mí mismo, más el que me envió es verdadero, a quien vosotros no conocéis, pero yo le conozco, porque procedo de Él"– [cf. Jn. 7:28-29]. Él no dijo: –"Porque yo soy Él mismo"– y –"yo mismo me envié"–, más sus palabras fueron –"Él me envió"–. Cuando de la misma forma los fariseos enviaron hombres para capturarlo, Él dijo: –"Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, y (entonces) yo iré al que me envió"– [Jn. 7:33]. Con todo, cuando Él declara que Él no está solo, utiliza estas palabras: –"sino yo y el Padre que me envió"– [Jn. 8:16]. ¿No muestra Él que hay dos – Dos, y sin embargo, inseparables? De hecho, esta fue la suma y la sustancia de lo que les estaba enseñando, que Ellos eran inseparablemente dos, ya que después de citar a la Ley donde se afirma la veracidad del testimonio de dos hombres, Él añade enseguida: –"Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió (es otro), y da testimonio de mí"– [Jn. 8:16]. Ahora, si Él fuera uno –siendo al mismo tiempo el Hijo y el Padre–, Él ciertamente no habría citado la sanción de la Ley que requería no el testimonio de uno, sino de dos. Del mismo modo, cuando le preguntaron dónde estaba su Padre, Él les respondió que ellos no lo conocían ni a Él mismo ni al Padre, y en esta respuesta Él les habla claramente de dos a quienes ellos desconocían. Admito que si ellos lo hubieran conocido, también habrían conocido al Padre [cf. Jn. 8:19], aunque esto ciertamente no significa que Él mismo era el Padre y el Hijo, sino que por razón de la inseparabilidad de los dos, era imposible que uno de ellos fuera reconocido o desconocido sin el otro. "Aquel que me envió", dice Él, "es verdadero, y yo estoy hablando al mundo las cosas que he oído de Él" [cf. Jn. 8:26]. Y la Escritura en una narrativa continúa explicando de una forma esotérica, que "ellos no entendieron que Él les hablaba del Padre" [cf. Jn. 8:27], a pesar de que ellos deberían haber sabido que las palabras del Padre fueron pronunciadas en el Hijo, porque ellos leían en Jeremías: "Y el Señor me dijo: He aquí he puesto mis palabras en tu boca" [Jer. 1:9], y de nuevo en Isaías: "El Señor me ha dado lengua de sabios para que yo entienda cuándo debo hablar una palabra a tiempo" [cf. Is. 50:4]. De acuerdo con esto, Cristo mismo dice: "Entonces conoceréis que yo soy Él, y que yo no estoy diciendo nada de mí mismo; sino que como el Padre me enseñó así también hablo, porque Aquel que me envió está conmigo" [Jn. 8:28-29]. Esto también viene a ser una prueba de que eran dos, (aunque) no divididos. Del mismo modo, cuando recriminaba a los judíos en su discusión con ellos, porque querían matarlo, dijo: –"Yo hablo lo que he visto cerca de mi Padre, y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre"– [Jn. 8:38], –"pero ahora procuráis matarme, hombre que os ha hablado la verdad, la cual he oído de Dios"– [Jn. 8:40], y otra vez, –"Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais, porque yo he salido y provengo de Dios"– [Jn. 8:42]; (con todo eso no están separados, aunque Él declara que Él ha salido del Padre. De hecho, algunas personas aprovechan la oportunidad que les brindan estas palabras para proponer su herejía de separación, pero su procedencia de Dios es como la procesión del rayo desde el sol, y como el río desde la fuente, y del árbol desde la semilla). –"Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre"– [Jn. 8:49]. Otra vez, –"Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria es nada: mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios. Pero vosotros no le conocéis, pero yo le conozco; y si dijere que no lo conozco, sería mentiroso como vosotros; pero yo le conozco y guardo sus palabras"– [Jn. 8:54-55]. Pero cuando Él continúa diciendo: –"Vuestro padre Abraham se regocijó de ver mi día; y lo vio, y se gozó"– [Jn. 8:56], ciertamente prueba que no fue el Padre quien apareció a Abraham, sino el Hijo. De la misma forma Él declara, en el caso del hombre nacido ciego, "que le era necesario hacer las obras del Padre que lo envió" [cf. Jn. 9:4], y después de haberle dado al hombre la vista, le dijo: –"¿Crees tú en el Hijo de Dios?"– [cf. Jn. 9:35]. Y cuando éste le preguntó quién era, Él procedió a revelársele como el Hijo de Dios, a quien le había anunciado como el objeto correcto de su fe. En un pasaje posterior, Él declara que Él es conocido por el Padre, y el Padre por Él, añadiendo que Él era tan completamente amado por el Padre, que Él estaba entregando su vida, porque Él había recibido este mandamiento del Padre [cf. Jn. 10:15-18]. Y cuando fue cuestionado por los judíos si Él era el propio Cristo (que significa, por supuesto, el Cristo de Dios, porque hasta el día de hoy los judíos no esperan al propio Padre, sino al Cristo de Dios, pues en ninguna parte dice que el Padre vendrá como el Cristo), Él les dijo: –"Se los estoy diciendo, y sin embargo ustedes no lo creen: las obras que yo estoy haciendo en nombre de mi Padre, estas en verdad dan testimonio de mí"– [cf. Jn. 10:24-25]. ¿Testimonio de qué? De eso mismo, desde luego, por lo que lo estaban cuestionando, es decir si Él era el Cristo de Dios. Entonces nuevamente, en relación con sus ovejas y (la garantía) de que nadie las arrebatará de su mano, dice: –"Mi Padre que me las dio, es mayor que todos"– [Jn. 10:29], añadiendo inmediatamente: –"Yo y el Padre uno somos"– [Jn. 10:30]. Aquí, pues, ellos asumen su posición tan embrujada y tan ciega, que en primer lugar no ven que en este pasaje hay una intimación de dos seres: "Yo y el Padre", ya que "somos" es un predicado plural inaplicable a una sola persona; y por último, que (el predicado termina en un abstracto, no en un sustantivo personal) – "somos uno". "Uno", no "una Persona". Porque si hubiera dicho "una Persona", Él podría haberle prestado alguna ayuda a la opinión de ellos. "Uno", sin duda, indica el número singular, pero (aquí tenemos un caso en el que) "Dos" son todavía el sujeto en el género masculino. En consecuencia dice "Uno", un término neutro que no implica la singularidad de número, sino la unidad de la esencia, la similitud, la conjunción, el afecto de parte del Padre que ama al Hijo, y con la sumisión del Hijo que obedece a la voluntad del Padre. Él dice: –"Yo y el Padre somos uno"– en esencia. "Uno" que demuestra que hay dos que son puestos en igualdad y se unen en uno. En consecuencia, se adiciona a esta misma declaración que Él "les había mostrado muchas obras del Padre, por ninguna de las cuales merecía ser lapidado" [cf. Jn. 10:32]. Y para impedirles pensar que Él merecía este destino, como si Él hubiera pretendido ser considerado Dios mismo, es decir como el Padre por haber dicho: –"Yo y el Padre somos uno"–, Él se representó a sí mismo como el Hijo divino del Padre, y no como Dios mismo, al decir: –"Si está escrito en vuestra ley: Yo dije: Vosotros sois dioses; y si las Escrituras no pueden ser anuladas, ¿Por qué decís que al que el Padre santificó y envió al mundo, que Él blasfema porque ha dicho: Yo soy el Hijo de Dios?, si no hiciera las obras de mi Padre no me creáis; pero si las hago, aunque ustedes no crean en mí, crean entonces a las obras, y sabrán que yo soy en el Padre, y el Padre en mí"–  [cf. Jn. 10:34-38]. Debe ser entonces por las obras que el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre; y entonces es por las obras que entendemos que el Padre es uno con el Hijo. Entonces Él siempre apunta vigorosamente a esta conclusión, que si bien Ellos son de un solo poder y esencia, todavía deben ser considerados Dos, pues de otro modo, si no se creyera que son Dos, el Hijo no podría ser considerado teniendo alguna existencia.


CAPÍTULO XXIII

Una vez más, cuando en un pasaje posterior Marta reconoció que Él es el Hijo de Dios [Jn. 11:27], ella no se equivocó más de lo que lo hicieron Pedro [Mt. 16:16] y Natanael [Jn. 1:49]. Y sin embargo aunque ella hubiera cometido un error, podría haber aprendido inmediatamente la verdad, pues ciertamente cuando su hermano [Lázaro] estaba a punto de subir de entre los muertos, el Señor miró al cielo y dirigiéndose al Padre, dijo (como el Hijo, por supuesto): –"Padre, te doy gracias porque siempre me oyes; es por causa de estas personas que están aquí que yo te he hablado a ti, para que crean que tú me enviaste"– [Jn. 11:42]. Más en la tribulación de su alma, (en una ocasión posterior), Él dijo: –"¿Oh, qué debo decir? Padre, sálvame de esta hora: Mas para esta causa es que he llegado a esta hora; solamente, oh Padre, glorifica tu nombre"– [cf. Jn. 12:27-28], y aquí Él hablaba como el Hijo. (En otra ocasión) Él dijo: –"Yo he venido en nombre de mi Padre"– [Jn. 5:43]. En consecuencia, la voz del Hijo era de hecho suficiente por sí sola (cuando se refería) al Padre. Pero he aquí con una gran cantidad (de pruebas) el Padre responde desde el cielo, con el fin de dar testimonio del Hijo: –"Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; óiganlo a Él"– [Mt. 17:5]. Así de nuevo en esa aseveración: –"Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez"– [Jn. 12:28], ¿a cuántas personas descubre usted, obstinado Práxeas? ¿No hay tantos como hay voces? Usted tiene al Hijo en la tierra, y usted tiene al Padre en el cielo. Ahora bien, esto no es una separación, sino que es nada más que la dispensación divina. Sin embargo, nosotros sabemos que Dios está en las profundidades insondables, y está en todas partes, pero entonces es por el poder y la autoridad. Nosotros también estamos seguros de que el Hijo, siendo indivisible de Él, está en todas partes con Él. Sin embargo, en su propia economía o dispensación, el Padre quiso que el Hijo fuese considerado como estando en la tierra, y Él mismo en el cielo, hacia donde también el propio Hijo alzó la vista, y oró, y suplicó al Padre; a fin de enseñarnos a que nos levantemos y oremos: "Padre nuestro que estás en los cielos" [Mt. 6:9], etc., a pesar de que en verdad, Él es omnipresente. El Padre dice: –"el cielo es mi trono"–, mientras que hizo al Hijo "un poco menor que los ángeles" [Sal. 8:5] al enviarlo a la tierra, mas pretendiendo al mismo tiempo "coronarlo de gloria y de honra" [Sal. 8:5], precisamente al llevarlo de regreso al cielo. Esto ya se lo estaba concediendo cuando dijo: –"Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez"– [Jn. 12:28]. El Hijo hace su petición en la tierra; el Padre da su promesa desde el cielo. ¿Por qué pues, usted hace mentirosos tanto al Padre como al Hijo? ¿Si el Padre le habló desde el cielo al Hijo, siendo que Él era el mismo Hijo sobre la tierra, o si el Hijo oró al Padre siendo que Él era el mismo Padre en el cielo, cómo podría ser que el Hijo se hiciera una plegaria a sí mismo al pedir esto al Padre, ya que el Hijo era el Padre? O, por otro lado, ¿cómo es que el Padre se hizo una promesa a sí mismo, al hacérsela al Hijo, ya que el Padre es el Hijo? ¡Incluso si se diera el caso de que nosotros sostuviéramos que ellos son dos dioses separados, (así como usted tiene tanta afición de acusarnos a nosotros), esta sería una afirmación más tolerable que la defensa de un Dios tan versátil y tan cambiante como el suyo! Por eso es que en el pasaje que tenemos adelante, el Señor declaró a los presentes: –"No fue por mi propia causa que esta voz se dirigió a mí, sino a causa de vosotros"– [Jn. 12:30], para que de igual forma ellos pudieran creer tanto en el Padre y en el Hijo indistintamente, en sus propios nombres, Personas y posiciones. Entonces nuevamente Jesús exclamó y dijo: –"El que cree en mí, no cree en mí, sino en Aquel que me ha enviado"– [Jn. 12:44], porque es a través del Hijo que los hombres creen en el Padre, en cuanto el Padre es la autoridad de donde fluye la creencia en el Hijo. –"Y el que me ve, ve al que me envió"– [Jn. 12:45]. ¿Cómo así? Seguramente porque (como lo declara después), –"Yo no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre que me envió, Él me ha dado mandamiento sobre lo que he de decir, y de lo que he de hablar"– [Jn. 12:49]. Pues, –"el Señor me ha dado lengua de sabios para que yo entienda cuándo debo hablar la palabra que yo realmente hablo"– [cf. Is. 50:4]. –"Así como el Padre me ha dicho, así hablo"– [Jn. 12:50]. Ahora, de qué manera estas cosas fueran dichas sobre Él, Juan el evangelista y amado discípulo lo sabía mejor que Práxeas, y en consecuencia él añade su significado propio: –"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos, y que había salido de Dios, e iba a Dios"– [cf. Jn. 13:1-3]. Con todo, Práxeas sostendría que fue el Padre quien procedió de sí mismo y retornó a sí mismo, por lo que cuando el diablo se metió en el corazón de Judas, ocasionó no la traición del Hijo sino la del propio Padre. Mas debido a esto, las cosas no le iban a salir bien al diablo o al hereje, porque incluso en el caso del Hijo, la traición que el demonio obró en contra de Él no contribuyó para nada en su favor. Fue pues el Hijo de Dios, que estaba en el Hijo del hombre, el que fue traicionado, como lo dice la Escritura después: –"Ahora el Hijo del hombre es glorificado, y Dios es glorificado en Él"– [Jn. 13:31]. ¿A quién se refiere aquí como Dios? Ciertamente no al Padre, sino a la Palabra del Padre que estaba en el Hijo del hombre, es decir en la carne, en la que Jesús ya había sido glorificado por el poder y la palabra divinos. –"Y Dios"– dice Él, –"también le glorificará en sí mismo"– [cf. Jn. 13:32]. Es decir, el Padre glorificará al Hijo, porque Él lo tiene en sí mismo. Y aunque lo postró en tierra y lo condenó a muerte, Él pronto lo glorificaría por su resurrección, y le haría el vencedor sobre la muerte.


CAPÍTULO XXIV

Pero hubo algunos que incluso entonces no entendían. –"Tomás (que fue muy incrédulo), le dijo: Señor, no sabemos para dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí. Si me hubieras conocido a mí, también habrías conocido al Padre, pero desde ahora lo conocéis y lo habéis visto"– [Jn. 14:5-7]. Y ahora nos dirigimos a Felipe, quien se animó con la expectativa de ver al Padre, y sin comprender en qué sentido debería tomar lo de "ver al Padre", dijo: –"Muéstranos al Padre y quedaremos satisfechos"– [Jn. 14:8]. Entonces el Señor le respondió: –"¿Hace tanto tiempo que he estado con ustedes, y tú no me has conocido, Felipe?"– [Jn. 14:9]. Ahora, ¿A quién dice Él que ellos deberían haber conocido? – pues éste es el único punto de la discusión. ¿Era como el Padre que ellos deberían haberlo conocido, o como el Hijo? Si era como el Padre, Práxeas debe decirnos cómo Cristo, quien había estado tan largo tiempo con ellos, pudo haber sido alguna vez (no diré entendido, pero aun así) considerado como siendo el Padre. Él está claramente definido para nosotros en todas las Escrituras: –en el Antiguo Testamento como el Cristo de Dios, en el Nuevo Testamento como el Hijo de Dios–. En este carácter Él fue predicho antiguamente, y en esta era Él también se declaró como el propio Cristo. Más aún, el Padre desde el cielo también lo confesó abiertamente como su Hijo, y como su Hijo lo glorificó: –"Este es mi Hijo amado"– [Mt. 17:5]; –"Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez"– [Jn. 12:28]. En este sentido, Él también fue creído por sus discípulos y rechazado por los judíos. Además, en este sentido Él deseó ser aceptado por ellos, pues Él invocaba al Padre, le daba preferencia al Padre y honraba al Padre. El caso entonces, es que no era al Padre a quien ignoraban después de un trato prolongado con ellos, sino al Hijo; y por lo tanto el Señor recriminó a Felipe por no conocerle y que Él fuese el objeto de su ignorancia, deseando ser reconocido claramente como Aquel que les había reprochado por ignorarle después de tanto tiempo, a saber, como el Hijo. Y ahora podemos  ver que el sentido en que fue dicho: –"El que me ha visto a mí, ha visto al Padre"– [Jn. 14:9], es exactamente en el mismo sentido en el que fue dicho en un pasaje anterior: –"Yo y el Padre uno somos"– [Jn. 10:30]. ¿Por qué? Porque –"Salí del Padre y he venido al mundo"– [Jn. 16:28]; y –"Yo soy el camino: nadie viene al Padre, sino por mí"– [cf. Jn. 14:6];  y –"Ninguno puede venir a mí, a no ser que el Padre lo llame"– [Jn. 6:44]; y –"Todas las cosas me fueron entregadas por el Padre"– [Mt. 11:27]; y –"Así como el Padre levanta (a los muertos), así también lo hace el Hijo"–  [cf. Jn. 5:21]; y otra vez, –"Si me hubieras conocido a mí, también habrías conocido al Padre"– [Jn. 14:7]. En todos estos pasajes se había mostrado a sí mismo como emisario del Padre, a través de cuya agencia el mismo Padre podía ser visto en sus obras, y oído en sus palabras, y reconocido en la administración que el Hijo hacía de las palabras y los hechos del Padre. De hecho, el Padre era invisible, como Felipe lo había aprendido en la ley, y debe haber recordado en el momento: "Ningún hombre verá a Dios y vivirá" [cf. Ex. 33:20]. Así él fue reprochado por su deseo de ver al Padre, como si se tratara de un Ser visible, y le enseñó que Él sólo se hace visible en las obras poderosas de su Hijo pero no en la manifestación de su persona. Si en efecto, al decir –"El que me ve, ve al Padre"– [cf. Jn. 14:10], lo que Él quiso decir es que el Padre debe entenderse como lo mismo que el Hijo, ¿cómo es que, acto seguido, añade: –"No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí"-? [Jn. 14:10]. Más bien, Él debió haber dicho: –"¿No crees que yo soy el Padre?" – ¿Por qué razón Él alargó enfáticamente este punto, si no fuera para aclarar lo que Él quería que los  hombres entendiesen, es decir que Él era el Hijo? Y luego otra vez, diciendo: –"¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?"– [Jn. 14:10]. Con esta pregunta Él hizo un mayor énfasis en su explicación, que de otro modo no hubiera tenido que hacer, para que por haber dicho: –"El que me ha visto a mí, también ha visto al Padre"–, no pudiera pensarse que Él es el Padre; ya que Él nunca había querido ser considerado a sí mismo como tal, pues siempre se había profesado a sí mismo como el Hijo, y como habiendo venido del Padre. Y entonces Él también estableció la conjunción de las dos personas con una luz más clara, a fin de que ninguno deseara ser entretenido con ver al Padre, como si fuese separadamente visible, y para que el Hijo pudiera ser considerado como el representante del Padre. Y sin embargo, Él no omite explicar de qué manera el Padre estaba en el Hijo y el Hijo en el Padre. –"Las palabras"– dice Él, –"que yo les he hablado, no son mías"–, porque en realidad son las palabras del Padre, –"sino que el Padre que habita en mí, Él hace las obras"– [Jn. 14:10]. Por lo tanto, es por medio de sus obras poderosas y por las palabras de su doctrina, que el Padre habita en el Hijo y se hace visible, – incluso es por medio de aquellas palabras y obras que permanece en Él, y mora en Él. Las propiedades especiales de ambas Personas son evidentes a partir de esta misma circunstancia, al punto que Él dice: –"Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí"–. En consecuencia añade: –"Creed"–  ¿Qué? –"¿Qué yo soy el Padre?"–. No me parece que así esté escrito, sino más bien: –"Que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por causa de mis obras"– [Jn. 14:11], queriendo decir aquellas obras por las cuales el Padre es visto en el Hijo, no por los ojos de los hombres, sino por sus mentes.


CAPÍTULO XXV

Lo que sigue a la pregunta de Felipe y el tratamiento que el Señor le da a la misma, hasta el final del evangelio de Juan, continúa proporcionándonos declaraciones del mismo tipo, distinguiendo al Padre y al Hijo con las propiedades de cada uno. Luego, también está el Paráclito o Consolador, por el cual Él promete orar al Padre, y enviarlo desde el cielo después que haya ascendido al Padre. De hecho, Él es llamado "el otro Consolador" [Jn. 14:16], pero ya hemos demostrado de qué manera Él es otro: –"Él deberá tomar de lo mío"– [Jn. 16:14], dice Cristo, al igual que el mismo Cristo tomó del Padre. Así que la estrecha conexión del Padre en el Hijo, y del Hijo en el Paráclito, produce tres Personas coherentes, que aún son distintas la una de las otras. Estas tres son una esencia, no una sola persona, como fue dicho, –"Yo y el Padre uno somos "– [Jn. 10:30], en relación con la sustancia no con la singularidad de número. Lea todo el evangelio, e irá descubriendo que Aquel que usted cree que es el Padre (es descrito como la vid del Padre, a pesar de que por su parte, usted en verdad supone que el Padre siendo el labrador [cf. Jn. 15:1], debe haber estado ciertamente en la tierra, aunque) en más de una vez es reconocido por el Hijo estando en el cielo, cuando "alzando sus ojos al cielo" [Jn. 17:1] Él encomendó sus discípulos a la custodia del Padre. Por otra parte, nosotros tenemos en otro evangelio una revelación clara de la distinción del Hijo con el Padre: "Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" [Mt. 27:46]; y otra vez (en el tercer evangelio): "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" [Lc. 23:46]. Incluso si (nosotros no tuviésemos estos pasajes, nos encontramos con pruebas satisfactorias) después de su resurrección y gloriosa victoria sobre la muerte. Cuando toda la barrera de su humillación le fue retirada, Él pudo, de ser posible, haberse mostrado a sí mismo como el Padre a una mujer tan fiel (como María Magdalena), cuando ella se acercó para tocarlo, por amor no por curiosidad, ni como el incrédulo de Tomás. Mas no fue así, y Jesús le dijo a ella: "No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos" [Jn. 20:17], e incluso en esto Él mismo demuestra ser el Hijo, porque si fuese el Padre, Él los habría llamado sus hijos (en lugar de sus hermanos), "y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios" [Jn. 20:17]. Ahora, ¿esto significa: Subo como el Padre hacia el Padre, y como Dios hacia Dios? ¿O como el Hijo hacia el Padre, y como la Palabra hacia Dios? ¿Por qué también este evangelio presenta en su parte final la razón por la cual fue escrito, si no fuere para usar sus propias palabras que dicen: "para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios"? [Jn. 20:31]. Por lo tanto, cuando usted toma cualquiera de las declaraciones de este evangelio, y los aplica para demostrar que el Padre y el Hijo son idénticos, en el supuesto de que estas porciones sirven para sus puntos de vista, usted está contendiendo contra del propósito definido por el evangelio. Pues ciertamente estas cosas no fueron escritas para que usted pudiera acreditar que Jesucristo es el Padre, sino el Hijo.


CAPÍTULO XXVI

En adición a la conversación de Felipe y la respuesta que le dio el Señor, el lector observará que hemos recorrido el evangelio de Juan para mostrar que muchos otros pasajes con clara intención, tanto antes como después de ese capítulo, sólo están en estricto acuerdo con aquella simple y prominente declaración, que debe ser interpretada conforme a todos los demás lugares, y no en oposición a ellos, y de hecho en su propio sentido inherente y natural. Aquí no utilizaré el vasto apoyo de los otros evangelios que confirman nuestra creencia en el nacimiento del Señor; basta con señalar que Aquel que nacería de una virgen es anunciado en términos expresos por el propio ángel como el Hijo de Dios: "El Espíritu de Dios vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por lo que también el santo ser que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios" [Lc. 1:35]. En este pasaje, ellos incluso desearán levantar un sofisma, pero la verdad prevalecerá. Es claro, dicen ellos, que el Hijo de Dios es Dios, y el poder del Altísimo es el Altísimo. Y ellos no dudan en sugerir que lo que es cierto está escrito. ¿Quién temió tanto para no declarar abiertamente: "Dios vendrá sobre ti, y el Altísimo te cubrirá con su sombra?" Ahora, al decir "el Espíritu de Dios" (aunque el Espíritu de Dios es Dios), y por no nombrar directamente a Dios, él quiso que se entendiera así aquella porción de toda la divinidad que estaba a punto de salir en la designación de "el Hijo". El Espíritu de Dios en este pasaje debe ser lo mismo que la Palabra. Pues así como cuando Juan dice: "La Palabra se hizo carne" [Jn. 1:14], nosotros comprendemos también al Espíritu ante la mención de la Palabra, por lo que también aquí nosotros reconocemos a la Palabra bajo el nombre del Espíritu. Por tanto el Espíritu es la sustancia de la Palabra, y la Palabra es la operación del Espíritu, y los dos son Uno (y el mismo). En caso contrario, habría uno al que Juan declaró que fue hecho carne, y otro al que el ángel anunció como próximo a nacer y hacerse carne, si no es el caso de que tanto el Espíritu es la Palabra y la Palabra el Espíritu. Porque así como la Palabra de Dios no es en realidad Aquel de quien Él es, así también el Espíritu (a pesar de ser llamado Dios) no es realmente Aquel de quien se dice que Él es. Nada que pertenezca a algo, es en realidad la misma cosa a la que pertenece. Claramente, cuando alguna cosa procede de un sujeto personal, y por lo tanto pertenece a él, ya que viene de él, es posible que pueda ser de tal calidad exacta como la del propio sujeto personal de quien procede y a quién pertenece. Y así, el Espíritu Santo es Dios, y la Palabra es Dios, porque procede de Dios, pero aún no es realmente el mismo de quien Él procede. Ahora, Aquel que es Dios de Dios, a pesar de ser un ser realmente existente, sin embargo no puede ser Dios mismo (exclusivamente), más es Dios porque Él es de la misma sustancia que el propio Dios, y por ser un Ser realmente existente, y una parte del Todo. Aún más, "el poder del Altísimo" no será el propio Altísimo, porque no es un ser realmente existente, por ser Espíritu –de la misma manera que la sabiduría (de Dios) y la providencia (de Dios) no es Dios: estos atributos no son sustancias, sino accidentes de la sustancia en particular. El poder es incidental al Espíritu, pero no puede ser en sí mismo el Espíritu. Estas cosas, por lo tanto, cualesquiera que sean –(me refiero) el Espíritu de Dios, y la Palabra, y el poder– fueron otorgadas a la virgen, para que lo que fue nacido de ella sea el Hijo de Dios. Él mismo también da testimonio en los otros evangelios, de haberlo sido desde su misma infancia: –"¿No sabíais"–, dice Él, –"que me es necesario estar en los negocios de mi Padre?"– [Lc. 2:49]. Satanás mismo al tentarle, sabía lo que Él era: –"Si tú eres el Hijo de Dios"– [Mt. 4:3,6]. En consecuencia, también los demonios confirmaron quién era Él: "Nosotros sabemos quién eres, el Santo Hijo de Dios" [Mc. 1:24; Mt. 8:29]. Él mismo adora a su Padre [cf. Mt. 11:25,26; Lc. 10:21; Jn. 11:41]. Cuando fue reconocido por Pedro como "el Cristo (el Hijo) de Dios" [cf. Mt. 16:17], Él no negó la relación. Él se regocijó en el espíritu cuando dijo al Padre: "Te doy gracias, oh Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y de los entendidos" [Mt. 11:25]. Por otra parte, Él también afirma que a ningún hombre le es dado a conocer el Padre, sino a su Hijo [Mt. 11:27, Lc. 10:22], y promete que como el Hijo del Padre confesará a los que lo confiesan, y negará a los que lo nieguen delante de su Padre [cf. Mt. 10:32-33]. Él también introduce una parábola de un Hijo (no un Padre) que fue enviado a un viñedo después de muchos siervos, y siendo asesinado por los labradores fue vengado por el Padre [Mt. 21:33-41]. Él también ignora el último día y hora, que sólo conoce el Padre [Mt. 24:36]. Él le otorga el reino a sus discípulos, en cuanto Él dice que éste le fue entregado por el Padre [cf. Lc. 22:29]. Él tiene el poder para pedirle a su Padre que le envíe legiones de ángeles que vengan en su ayuda [cf. Mt. 26:53]. Él exclamó que Dios lo desamparó [cf. Mt. 27:46]. Él encomendó su espíritu en las manos del Padre [cf. Lc. 23:46]. Después de su resurrección, Él se comprometió a enviar a sus discípulos la promesa de su Padre [cf. Lc. 24:49]. Y por último, Él les mandó a bautizar en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo [cf. Mt. 28:19], no en un Uno solo. En efecto, no es sólo una vez, sino que tres son las veces que somos sumergidos en las tres personas, a cada mención de sus nombres.


CAPÍTULO XXVII

Luego, ¿por qué debería detenerme más en los asuntos que son tan evidentes, cuando debería estar atacando los puntos sobre los cuales ellos buscan oscurecer las pruebas más claras? Porque son refutados por todos los lados debido a la distinción entre el Padre y el Hijo, que nosotros mantenemos sin destruir su unión inseparable –como (en los ejemplos) del sol y el rayo, y la fuente y el río–. Sin embargo, con la ayuda de (el concepto de ellos) un número indivisible, (que varía) de dos y tres, ellos se aventuran a interpretar esta distinción de otra manera en la cual, por otro lado, nunca corresponderá con sus propias opiniones: así que en una sola persona, ellos distinguen a dos, el Padre y el Hijo; mientras que dicen que el Hijo es la carne, es decir el hombre Jesús; y que el Padre es el Espíritu, es decir que es Dios, que es Cristo. Así que mientras ellos sostienen que el Padre y el Hijo son uno y el mismo, de hecho, comienzan dividiéndolos en lugar de unirlos. Porque si Jesús es uno y Cristo es otro, entonces también el Hijo será diferente del Padre, porque el Hijo es Jesús y el Padre es Cristo. Ellos aprendieron tal Monarquía, supongo yo, de la escuela de Valentín, haciendo dos –Jesús y Cristo–. Pero esta concepción de ellos, ha sido de hecho ya refutada en lo que hemos avanzado anteriormente, porque la Palabra de Dios o el Espíritu de Dios, es también llamado el poder del Altísimo, al cual ellos constituyen como Padre, aunque estas relaciones no son lo mismo que Él, cuyas relaciones ellos dicen que existen, pero estas proceden de Él y le pertenecen. Sin embargo, les espera otra refutación en este punto de su herejía. Mira, dicen ellos, lo que fue anunciado por el ángel: –"Por lo tanto, el santo ser que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios"– [Lc. 1:35]. Por lo tanto (ellos argumentan), que como fue la carne la que nació, la carne debe ser el Hijo de Dios. No, (respondo yo), esto es dicho respecto al Espíritu de Dios. Porque fue ciertamente del Espíritu Santo que la virgen concibió, y lo que Él concibió ella lo llevó en su vientre. Por lo tanto, lo que fue concebido y llevado en su vientre, tenía que nacer; en otras palabras, el Espíritu cuyo "nombre debería ser llamado Emanuel, que traducido es: "Dios con nosotros" [cf. Mt. 1:23]. Además, la carne no es Dios, por lo que no podría haber sido dicho acerca de Él, "Aquel Santo Ser deberá ser llamado Hijo de Dios", sino solamente de ese Ser Divino que nació en la carne, de quien el Salmo también dice: "Puesto que Dios se hizo hombre en medio de ellos, y se estableció por la voluntad del Padre" [cf. Sal. 87:5]. Ahora, ¿qué Persona Divina, nació de ella? La Palabra y el Espíritu que se encarnó en la Palabra por la voluntad del Padre. Por lo tanto, la Palabra  se encarnó, y este debe ser el punto de nuestra investigación: ¿Cómo fue que la Palabra se hizo carne? ¿Si fue por haber sido transfigurada, por así decirlo, en carne y hueso; o por haberse realmente revestido de carne? Sin duda fue por un revestimiento real de sí mismo en carne. En cuanto a lo demás, nosotros precisamos que creemos necesariamente que Dios es inmutable, e incapaz de reducirse a una forma, por ser eterno. Pero la transfiguración es la destrucción de aquello que existía previamente. Porque todo aquello que es transfigurado en alguna otra cosa deja de ser lo que había sido, y empieza a ser lo que no era antes. Sin embargo, Dios no deja de ser lo que era, ni tampoco puede ser otra cosa que lo que Él es. La Palabra es Dios, y "la Palabra de Dios permanece para siempre" [Is. 40:8], incluso manteniéndose inmutablemente en su propia forma. Ahora, si Él no admite ser transfigurado, debe seguirse que Él se ha hecho carne en el sentido de que Él vino a ser en la carne, y se manifestó, y fue visto, y fue tocado por medio de la carne, y en consecuencia todos los otros puntos requieren ser comprendidos de la misma manera. Pues si la Palabra se hizo carne por una transfiguración y por el cambio de la sustancia, de ahí se sigue inmediatamente que Jesús debe ser una sustancia compuesta de  dos sustancias –la carne y el espíritu–, una especie de mezcla como el electro que está compuesto de oro y plata, y que no se torna oro (es decir, espíritu) ni plata (es decir, carne), porque está siendo cambiado por la otra [sustancia], y una tercera sustancia está siendo producida. Por lo tanto, según este criterio Jesús no podría ser Dios, porque habría dejado de ser la Palabra ya que se ha tornado en carne; ni Él podría ser el Hombre encarnado, si no era propiamente carne, siendo que era la Palabra. Por lo tanto, al estar compuesto de las dos cosas, en realidad no es ninguna; Él es más bien una tercera sustancia, muy diferente de cualquiera de los dos anteriores. Pero la verdad es que nos encontramos con que Él se establece expresamente como Dios y como hombre, como el propio Salmo que hemos citado lo da a entender (de la carne), que "Dios se hizo hombre en medio de ellos, por lo tanto, Él fue establecido por la voluntad del Padre" [cf. Sal. 87:5]. Ciertamente se presenta en todos los aspectos como el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, que es Dios y Hombre, indudablemente siendo diferente en función de cada sustancia en su propiedad especial, ya que la Palabra no es otra cosa sino el propio Dios, y la carne nada más que el Hombre. Así también el apóstol enseña respecto a sus dos sustancias, diciendo, "que descendió de la simiente de David" [Ro. 1:3], y con esas palabras Él será Hombre e Hijo del Hombre. "Que fue declarado el Hijo de Dios, según el Espíritu" [Ro. 1:4], y en esos términos Él será Dios, y la Palabra -el Hijo de Dios. Nosotros vemos claramente el estado doble, que no se confunde, pero es reunido en una Persona, Jesús, Dios y Hombre. En cuanto a Cristo, de hecho, yo postergo lo que tengo que decir. (Comento aquí) que la propiedad de cada naturaleza está tan completamente preservada, que por un lado el Espíritu hizo todas las cosas en Jesucristo adecuadas para sí mismo, como las señales, los milagros y los prodigios; y por otro lado la carne mostró las afecciones que le pertenecen a ella, estando bajo la tentación del diablo, teniendo sed al estar con la samaritana, llorando por Lázaro, estando angustiada por la amenaza de muerte, y al final en realidad murió. Si entretanto, fuera solamente una tercera cosa, una esencia compuesta formada a partir de las dos sustancias, como el electro (que hemos mencionado), no habría ninguna prueba que distinguiera a cada naturaleza. Pero por una transferencia de funciones, el Espíritu tendría que haber hecho cosas que deberían haber sido hechas por la carne; y de la misma manera la carne haciendo las funciones del Espíritu; o por intercambio,  como no siendo hechas por la carne ni por el Espíritu, sino por confusión por una tercera forma. Más todavía, bajo este supuesto, la Palabra experimentó la muerte o la carne no murió; y así la Palabra se convirtió en carne, ya sea porque la carne era inmortal o la Palabra era mortal. Pero debido a que ambas sustancias actuaron distintivamente, cada una en su propio carácter, ellas demandan que necesariamente se consideren separadamente sus  propias operaciones y sus propios intereses. Aprenda entonces, junto con Nicodemo, que "lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es" [Jn. 3:6]. Ni la carne se convierte en Espíritu, ni el Espíritu en carne. En una persona, estas [sustancias] sin duda, son bien capaces de ser coexistentes. De ellas, Jesús consiste –de carne como Hombre, y del Espíritu como Dios– y el ángel lo designa como "el Hijo de Dios" [Lc. 1:35], en relación con aquella naturaleza en la cual Él era Espíritu, reservando para la carne la designación del "Hijo del Hombre". De la misma manera, una vez más el apóstol lo llama "el Mediador entre Dios y los hombres" [1. Ti. 2:5], y afirma así su participación de ambas sustancias. Ahora, para poner fin a este asunto, usted que interpreta al Hijo de Dios como siendo la carne, ¿sería tan bueno para demostrarnos lo que es el Hijo del Hombre? ¿Será entonces, yo quiero saberlo, el Espíritu? Pero usted insiste en que el propio Padre es el Espíritu, en razón de que "Dios es Espíritu", como si nosotros no hubiésemos leído  que también existe "el Espíritu de Dios", justo cuando nos encontramos con que "la Palabra era Dios", por lo que también existe "la Palabra de Dios".


CAPÍTULO XXVIII

Y así, hereje ignorante, usted hace a Cristo ser el Padre, sin considerar por una vez la real fuerza de este nombre, si es que de hecho Cristo es un nombre, y no más bien un sobrenombre o una designación, ya que significa "Ungido". Pero Ungido no es un nombre más propio que "Vestido" o "Calzado", siendo apenas un accesorio para un nombre. Supongamos ahora que de alguna manera Jesús también fuese llamado "Vestitus" ("Vestido"), como en realidad Él es llamado el Cristo por el misterio de su unción. ¿Entonces, de igual manera, usted diría que Jesús es el Hijo de Dios, y al mismo tiempo supondría que "Vestitus" es el Padre? Ahora bien, con respecto a Cristo, si Cristo es el Padre entonces el Padre es el Ungido, y por supuesto ha recibido la unción de otro. Porque si es a partir de sí mismo que la recibe, entonces usted debe probárnoslo a nosotros. Pero nosotros no aprendemos tal caso de los Hechos de los Apóstoles en aquella exclamación de la Iglesia a Dios, "En verdad, Señor, contra tu Santo Hijo Jesús, a quien has ungido, tanto Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel se reunieron" [Hch. 4:27]. Luego, estos testificaron que Jesús era el Hijo de Dios, y que siendo el Hijo, Él fue ungido por el Padre. Por lo tanto, Cristo debe ser lo mismo que Jesús quien fue ungido por el Padre, y no el Padre, que ungió al Hijo. En el mismo sentido están las palabras de Pedro: "Sepa ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado, Dios le ha hecho, Señor y Cristo" [Hch. 2:36], es decir, el Ungido. Juan, además, describe como "un mentiroso" al hombre que "niega que Jesús es el Cristo" [cf. 1. Jn. 2:22, 4:2-3], y por otro lado declara que "todo el que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios" [1. Jn. 5:1]. Por lo cual también nos exhorta a creer en el nombre de su Hijo Jesucristo, para que "nuestra comunión sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" [1. Jn. 1:3]. Pablo, de igual manera, en todo lugar habla de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Al escribir a los Romanos, Él da gracias a Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo [Ro. 1:8]. A los Gálatas, él se les declara a sí mismo como "un apóstol, no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre" [Gl. 1:1]. Usted posee todos estos escritos que atestiguan claramente el mismo hecho, y establecen dos: –Dios el Padre, y nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Padre–. (Ellos también testifican) que Jesús mismo es el Cristo, y bajo una u otra designación, el Hijo de Dios. Precisamente por el mismo derecho en que los dos nombres pertenecen a la misma Persona, el Hijo de Dios, cada uno, incluso sin el otro, pertenecen a la misma Persona. En consecuencia, ya sea que el nombre de Jesús aparezca solo, también se entiende Cristo, porque Jesús es el Ungido; o si el nombre de Cristo es el único que se da, entonces Jesús también es identificado con éste, porque el Ungido es Jesús. Ahora bien, de estos dos nombres Jesús y Cristo, el primero es el propio, que fue dado a Él por el ángel, y el segundo es sólo un complemento que predica de su unción, sugiriendo así la condición de que Cristo ha de ser el Hijo, no el Padre. ¡Qué ciego, sin duda, es el hombre que no percibe que al atribuir el nombre de Cristo al Padre, se sugiere a otro Dios por este nombre! En efecto, si Cristo es Dios y Padre, cuando Él dice: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios" [Jn. 20:17], por supuesto Él mostraría con bastante claridad que por encima de sí mismo hay otro Padre y otro Dios. Pero si el Padre es Cristo, debería haber algún otro ser que "fortalece el relámpago, y crea el viento, y anuncia a los hombres su Cristo" [cf. Am. 4:13]. Y si "los reyes de la tierra se levantaron y los gobernantes se juntaron contra el Señor y contra su Cristo" [cf. Sal. 2:2], aquel Señor debería ser otro Ser, contra cuyo Cristo se reunieron los reyes y los gobernantes. Y si, por citar otro pasaje: "Así ha dicho el Señor a mi Señor Cristo" [cf. Is. 45:1], el Señor como Padre de Cristo, debe ser un Ser distinto. Por otra parte, cuando el apóstol en su epístola ora: "Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría y de conocimiento" [Ef. 1:17], debe ser otro (diferente a Cristo), quien es el Dios de Jesucristo, o el dador de los dones espirituales. Y de una vez por todas, para que no vaguemos por cada pasaje, "Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos, que también levantará nuestros cuerpos mortales" [cf. Ro. 8:11], debe ser con seguridad, como el vivificador, diferente del Padre muerto, o incluso del Padre vivificador, si el Cristo que murió es el Padre.


CAPÍTULO XXIX

¡Silencio! ¡Silencio ante semejante blasfemia! Bástenos con decir que Cristo murió, el Hijo del Padre; y sea esto suficiente porque las Escrituras nos lo han dicho así. Porque asimismo el apóstol, en su declaración –donde nos hace sin sentir el peso de la misma– dice que "Cristo murió", e inmediatamente añade: "conforme a las Escrituras" [1. Co. 15:3], con el fin de que pueda alivianar la dureza de su declaración por la autoridad de las Escrituras, y así remover cualquier ofensa hacia el lector. Ahora, cuando se alega que en Cristo hay dos sustancias, a saber, la divina y la humana –claramente se sigue que la naturaleza divina es inmortal y que la humana es mortal, y se manifiesta en el sentido en que se declara que "Cristo murió" –exactamente en el sentido en que Él era carne y Hombre y el Hijo del Hombre; no como siendo el Espíritu, y la Palabra, y el Hijo de Dios. En síntesis, ya que él dice que fue Cristo (es decir, el Ungido) quien murió, nos muestra que lo que murió fue la naturaleza que fue ungida, en síntesis, la carne. –"¡Muy bien!"–, dice usted, –"ya que de nuestra parte afirmamos nuestra doctrina en los mismos términos precisos que usted utiliza respecto al Hijo, no somos culpables de blasfemia contra el Señor Dios, porque nosotros no sostenemos que murió en su naturaleza divina, sino sólo en su naturaleza humana"–. Pero usted sí blasfema, porque no sólo alega que el Padre murió, sino que fue crucificado. Pues "maldito es todo aquel que es colgado en un madero" [Gl. 3:13], –una maldición que según la Ley es compatible con el Hijo (en la medida en que "Cristo se ha hecho por nosotros maldición" [Gl. 3:13], pero ciertamente no el Padre). Sin embargo, dado que usted convierte a Cristo en el Padre, usted puede ser acusado de blasfemia contra el Padre. Pero cuando nosotros afirmamos que Cristo fue crucificado, no lo calumniamos a Él con una maldición; sólo reafirmamos la maldición pronunciada por la Ley; de hecho ni el apóstol profirió una blasfemia cuando dijo lo mismo que nosotros. Además, así como no hay blasfemia al pregonar de un sujeto aquello que es bien aplicable a él, por el contrario es blasfemia cuando se alega algo que no es adecuado en relación con el mismo. Bajo este principio, el Padre no se asoció en el sufrimiento con el Hijo. De hecho, los herejes por temor a incurrir en blasfemia directa contra el Padre, esperan disminuirla por este proceder: pasan a estar de acuerdo con nosotros en que el Padre y el Hijo son dos, y añaden que de hecho el Hijo es el que sufre, mientras que el Padre es sólo su compañero de fatigas. ¡Pero qué absurdos son incluso en esta presunción! Porque, ¿cuál es el significado de "compañero de sufrimiento", sino experimentar el sufrimiento juntamente con otro? Ahora bien, si el Padre es impasible, Él es incapaz de sufrir en compañía de otro; de lo contrario, si Él puede sufrir con otro, Él es, por supuesto, pasible. De hecho, usted no le concede nada a Él por este subterfugio de sus temores. Usted tiene miedo de decir que Él es capaz de sufrir, pero es capaz de hacerlo un compañero de sufrimiento. Entonces, de nuevo, el Padre es tan incapaz de ser un compañero de sufrimiento, así como el Hijo es incapaz de sufrir en las condiciones de su existencia como Dios. Bueno, pero ¿cómo podría sufrir el Hijo, si el Padre no sufrió con Él? Mi respuesta es que el Padre está separado del Hijo, aunque no como Dios. Pues incluso si un río es enturbiado con cieno y lodo, a pesar de que fluye desde la fuente que posee una naturaleza idéntica con él y no está separado de la fuente, sin embargo el quebrantamiento que afecta a la corriente no alcanza a la fuente, a pesar de que es el agua de la fuente la que sufre aguas abajo, y aun así no se ve afectada la fuente, sólo el río, y la fuente no sufre nada, sino solamente el río que fluye desde la fuente. Entonces, de la misma forma el Espíritu de Dios fue capaz de experimentar cualquier sufrimiento en el Hijo, puesto que no podía sufrir en el Padre, la fuente de la divinidad, sino sólo en el Hijo. Es evidente que no podría haber sufrido como el Padre. Pero es suficiente para mí que el Espíritu de Dios no sufrió nada como el Espíritu de Dios, ya que todo lo que Él sufrió, lo sufrió en el Hijo. Esto es un asunto muy distinto a que el Padre haya podido sufrir con el Hijo en la carne. Esto ya ha sido tratado por nosotros. Y nadie va a negar esto, ya que incluso nosotros mismos somos incapaces de sufrir por Dios, a menos que el Espíritu de Dios esté en nosotros, y también se pronuncie sobre nosotros en lo respecta a nuestra propia conducta y sufrimiento; no obstante, Él mismo no sufre nuestro sufrimiento, sólo nos otorga la capacidad de sufrir.


CAPÍTULO XXX

Con todo, si usted persiste en impulsar aún más sus puntos de vista, yo voy a responderle con mayor severidad poniéndolo en conflicto con una declaración del propio Señor, a fin de desafiarlo con la pregunta: ¿Sobre qué trata su cuestionamiento y razonamiento? Usted lo ve a Él exclamando en medio de su pasión: –"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"– [Mt. 27:46]. Sin embargo, ya sea que el Hijo sufrió al ser "desamparado" por el Padre, y en consecuencia el Padre no sufrió nada en la medida en que Él desamparó al Hijo; o bien, si fue el Padre quien sufrió, entonces ¿a qué Dios Él se dirigió en su clamor? Mas esta era la voz de la carne y el alma, es decir, del hombre –no de la Palabra y el Espíritu, es decir, no de Dios; y fue declarado así a fin de demostrar la impasibilidad de Dios, que "desamparó" a su Hijo, hasta el punto en que Él entregó su sustancia humana al sufrimiento de la muerte. Esta verdad también la percibe el apóstol, cuando él escribe sobre esto: –"Si el Padre no escatimó ni a su propio Hijo"– [cf. Ro. 8:32]. Esto igualmente fue percibido antes por Isaías, cuando declaró: "Y el Señor le ha entregado por nuestros pecados" [cf. Is. 53:5-6]. De esta manera Él lo "desamparó", en que no lo perdonó; lo "desamparó" para entregarlo. En todos los demás aspectos, el Padre no desamparó al Hijo, porque fue en las manos de su Padre que el Hijo encomendó su espíritu [cf. Lc. 23:46]. En efecto, al entregárselo murió instantáneamente; porque mientras el espíritu permanece en la carne, la carne no puede someterse completamente a la muerte, es decir a la corrupción y la decadencia. Por lo tanto el Hijo murió al ser desamparado por el Padre. Así entonces, el Hijo murió y resucitó conforme a las Escrituras [cf. 1. Co. 15:3-4]. Es el Hijo quien también ascendió a las partes más altas de los cielos [cf. Jn. 3:13], y descendió a las partes más bajas de la tierra [cf. Ef. 4:9]. "Él está sentado a la diestra del Padre" [cf. Mc. 16:19, Ap. 3:21], no el Padre a su propia diestra. Aún sentado a la diestra de Dios, fue visto por Esteban en su martirio por lapidación [cf. Hc. 7:55], donde continuará sentado hasta que el Padre ponga a sus enemigos por estrado de sus pies [cf. Sal. 110:1]. Él vendrá nuevamente sobre las nubes del cielo, así como Él ascendió a los cielos [cf. Hch. 1:11, Lc. 21:37]. Mientras tanto, Él ha derramado el don que ha recibido del Padre, el Espíritu Santo [cf. Hc. 2:32-33], el tercer nombre en la Deidad, y el Tercer Grado de la Divina Majestad; el declarante de la Monarquía de Dios, pero al mismo tiempo el Intérprete de la Economía a todo aquel que oye y recibe las palabras de la nueva profecía y al líder en toda la verdad, como está en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, de acuerdo con el misterio de la doctrina de Cristo.


CAPÍTULO XXXI

Pero (esta doctrina suya es asunto de) la fe judía en lo que se trata de la sustancia, de modo que ambas creen en la Unicidad de Dios y se niegan a tener en cuenta al Hijo además de Él, y después del Hijo al Espíritu. Ahora, ¿qué diferencia habría entre nosotros y ellos [es decir, los judíos], si no existiera esta distinción que usted intenta derrumbar? ¿Qué necesidad habría del evangelio, que es la sustancia del Nuevo Pacto, que registró (como lo hizo) que la Ley y los Profetas fueron hasta Juan el Bautista, y que a partir de entonces el Padre, el Hijo y el Espíritu son creídos como tres que constituyen un Dios? Dios se deleitó en renovar su pacto con el hombre, de tal manera que su Unidad fuera creída de una nueva manera, a través del Hijo y del Espíritu, para que ahora Dios pueda ser conocido abiertamente en sus propios Nombres y Personas, que en los tiempos antiguos no eran claramente entendidos, a pesar de que fueron declarados por el Hijo y el Espíritu. Lejos, pues, de aquellos anticristos que niegan al Padre y al Hijo [cf. 1. Jn. 2:22]. Pues ellos niegan al Padre cuando dicen que Él es lo mismo que el Hijo, y niegan al Hijo cuando suponen que Él es lo mismo que el Padre, atribuyéndoles a Ellos cosas que no son suyas, y quitándoles lo que es suyo. Sin embargo a "todo aquel que confiese que Cristo es el Hijo de Dios" (no el Padre), "Dios permanece en él, y él en Dios" [1. Jn. 4:15]. Nosotros creemos el testimonio de Dios, en que Él nos ha da testimonio de su Hijo. "El que no tiene al Hijo, no tiene la vida" [1. Jn. 5:12]. Y el hombre que cree que Él es cualquier otra cosa que el Hijo, no tiene al Hijo.