domingo, 4 de enero de 2009

Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús (Parte 4) - La Iglesia durante el periodo medieval (476 d.C. – 1453 d.C.)

Por Julio César Clavijo Sierra
Capítulo 4 del libro: Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús
4. LA IGLESIA DURANTE EL PERIODO MEDIEVAL
Desde la caída de Roma, 476 d.C.
Hasta la caída de Constantinopla, 1453 d.C.

Los hechos más notables de este periodo, fueron el fortalecimiento del poder papal, el establecimiento de la inquisición para eliminar a todo el que se opusiera al poder de la Iglesia Católica Romana, el desarrollo del islamismo junto con su intolerancia religiosa, y la división de la Iglesia Romana con la aparición de la Iglesia Ortodoxa Griega.

En la sección anterior, vimos el florecimiento de un movimiento religioso corrupto, que se adjudicó así mismo el título de Iglesia de Cristo, pero que se apartaba por completo de la verdad bíblica. El origen de la Iglesia Católica Romana, es la trágica fusión de algunos conceptos cristianos con el paganismo. En vez de proclamar el evangelio, la Iglesia Católica Romana “cristianizó” el paganismo, haciéndose atractiva para la mayoría de la gente del imperio, que se sentía satisfecha con ese sincretismo. De esa manera, la religión católica romana se convirtió en la religión suprema del Estado, y cualquiera que no se adhiriera a esa religión, era tratado con desprecio, siendo considerado enemigo del Estado.

Aquellos que ocuparon el cargo de obispos romanos de la nueva religión, reclamaron que aquel que ocupara dicho cargo, tenía que ser el obispo universal y cabeza de la Iglesia Católica Romana. Con el tiempo, se afirmó que también tenía que ser gobernador sobre las naciones, y sobre los reyes. Debido a que Constantino había trasladado hace ya un buen tiempo la capital del imperio a Constantinopla, no había en Roma ningún emperador que sobrepujara o hiciera sombra al obispo romano, quien era el potentado mayor en toda esa región. Europa siempre había mirado a Roma con reverencia, pero ahora que la capital estaba lejos, y el imperio estaba en decadencia, se despertó un sentimiento de lealtad hacia al pontífice romano, similar al que en otro tiempo se tenía por el emperador.

Estos pontífices, luego adoptaron el título de Papa, y se argumentó que el Papa ocupa una posición intermedia entre Dios y el hombre, y que era como el propio Cristo sobre la tierra. Se proclamó al Papa como el juez de todos los hombres, y se dijo además, que él no podía ser juzgado por nadie. Se declaró que al Papa le había sido encomendada no solamente toda "la Iglesia", sino todo el mundo, con el derecho de disponer finalmente de la corona imperial y de todas las demás coronas. Esto hizo que la Iglesia Católica fuese suprema sobre el Estado. De esta manera, durante la edad media, el Papado llegó a tener un poder casi absoluto, no solo sobre la Iglesia Católica, sino también sobre las naciones de Europa. Por ese tiempo, la Iglesia Católica Romana y el Estado, llegaron a ser una sola cosa.

La Iglesia Católica Romana, proclamó como su dios, al dios falso llamado Trinidad, suplantando al Dios verdadero que se revela en la Santa Escritura. El Credo de Atanasio, que es la formulación antigua más completa de ese dogma, junto con los demás Credos y dogmas de esa religión, lanzaba anatemas contra todo aquel que no se adhiriera a la adoración del dios Trino. El resultado fue, que aquellos cristianos que no estuvieron dispuestos a renunciar a la fe original, fueron catalogados como herejes y muchos de ellos fueron asesinados durante la mal llamada “santa inquisición” (en latín: Inquisitio Haereticae Pravitatis Sanctum Officium), con la que se pretendió eliminar cualquier idea religiosa contraria a la Iglesia Católica Romana. La violencia con que la doctrina de la Trinidad ha sido defendida, arroja una gran cortina de sospecha sobre ella. Cuando la “Santa Inquisición” llegaba a una población, se proclamaba el "edicto de fe", que obligaba a los fieles católico romanos, bajo pena de excomunión, a denunciar a los “herejes” y cómplices. A aquellos a quienes la Iglesia Católica consideraba infieles, se les aplicaba la confiscación de sus bienes, y la prisión perpetua o la pena de muerte. Frecuentemente se les torturaba de manera horrible para que confesaran su “culpa”.

Ha sido tan extrema la manipulación histórica que ha hecho el Catolicismo Romano, que el mundo religioso ha sido engañado, pensando que esa es la verdadera Iglesia Cristiana, y que la Iglesia Primitiva creía en el dios que ella inventó, a saber el dios Trino. El mundo religioso de hoy, quiere hacernos creer que la Iglesia del Nombre de Jesús desapareció de la historia durante la edad media, y que por ese tiempo no hubo ninguno que creyera en la Unicidad de Dios. Sin embargo, vemos que pese a esa oposición a muerte, siempre hubo gente que continuó confesando a Jesucristo como el único Dios que se manifestó en carne para venir a salvar.

Hemos visto que todo el territorio que abarcó el antiguo imperio Romano fue dividido en dos áreas importantes: La región oriental (de influencia griega) con capital en Constantinopla y la región occidental (de influencia latina) con capital en Roma. En ambas regiones se adoptó la religión católica romana. No obstante, por el distanciamiento geográfico de dichas ciudades capitales, la iglesia católica sufrió (con el transcurrir de los siglos) la separación gradual de las congregaciones de influencia latina y griega. En el año 1054 d.C. Dichas organizaciones se separaron definitivamente y la iglesia de influencia griega adoptó el nombre de Iglesia Ortodoxa Griega mientras que la iglesia de influencia latina continuó con el nombre de Iglesia Católica Romana. La división se ocasionó por razones políticas y doctrinales. A los griegos le molestaban las continuas reclamaciones del Papa de Roma de ser el gobernador sobre la Iglesia Católica. Además, en oriente se creía el mito de que el “Espíritu trinitario” procede únicamente del “Padre trinitario”, mientras que en occidente este mito tenía una variación que enseñaba que esa tercera persona, procede simultáneamente del “Padre trinitario” y del “Hijo trinitario”. A partir de aquel momento, aquellas dos organizaciones fueron las protagonistas en la promoción del culto al dios Trino, y de eliminar a todo el que se les opusiera.

Para agravar la situación, por aquel mismo tiempo, en el medio oriente, surgió otra grande amenaza para la Iglesia Cristiana. Esta fue la religión del Islam, que fue fundada por Mahoma en el 622 d.C. Al principio Mahoma había aprendido mucho de los judíos y de los cristianos, y los trataba con respeto. Pero al ver que resistían sus enseñanzas todo eso cambió. Millares de judíos y cristianos fueron muertos en la Yijad (“guerra santa”), y se enseñó que el musulmán que daba muerte a un cristiano, tenía asegurada la entrada en el paraíso. Esto hizo que el cristianismo prácticamente desapareciera de los países controlados por el Islam. Mahoma enseño que el Islam se tenía que propagar por medio de la espada y de la fuerza. Mahoma murió en el año 632 d.C., siendo el máximo dirigente del estado árabe que incrementaba rápidamente su poderío.

En el concepto islamita original, el Estado y la Iglesia son absolutamente uno, y se esperaba que el gobierno emplease todo su poder para el adelanto de la religión islámica. Por espacio de muchos siglos, los islámicos tuvieron la costumbre de secuestrar miles de niños hijos de cristianos, para criarlos en provincias distantes como musulmanes fanáticos. El islamismo niega por completo la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo (Dios mismo manifestado en carne), presentándolo simplemente como un profeta judío, inferior en todo aspecto a Mahoma.

El imperio musulmán, arrebató provincia tras provincia de los emperadores griegos de Constantinopla, hasta conducir al imperio romano oriental a su extinción. También conquistó todo el norte de África y aun amenazaba con la conquista de Europa. El imperio musulmán presentó a todo país o tribu la alternativa entre el islamismo, o el tributo y la muerte. En varias ocasiones, los súbditos del Papa, chocaron contra los ejércitos musulmanes.

Ambos, La Iglesia Católica Romana y el Islam, destruyeron la memoria histórica de los creyentes apostólicos, pues la persecución incluía la destrucción de sus obras escritas. Por eso conocemos poco de aquellos creyentes de aquel tiempo, pues cuando se habla de esa edad oscura, lo que se menciona en la historia es lo que los papas y califas quisieron que se escribiera. Aun más, para formar nuestros conceptos acerca de aquellos apostólicos, dependemos de los escritos de quienes escribieron en contra de ellos, quienes indudablemente estaban llenos de prejuicios. En efecto, aquellas personas que defendieron la fe apostólica fueron difamadas y sus doctrinas mal interpretadas, tergiversadas y torcidas en el proceso. Muchos de aquellos creyentes fueron acusados de promover doctrinas maniqueas, diabólicas y agnósticas; pero esas acusaciones no eran más que el reflejo de la intolerancia religiosa de la época, que buscaba aniquilar sin importar los medios, a quienes se atrevían a predicar la sana doctrina, en oposición a aquellas religiones controladas por el Estado.

Aun después de que el trinitarismo llegó a ser dominante, los creyentes de la fe apostólica continuaron en existencia a través de la historia. La creencia de la Unicidad de Dios (Jesús es Dios manifestado en carne), sobrevivió a pesar de su violenta oposición. Dios siempre ha tenido un pueblo llamado de su Nombre, un pueblo apartado para Él. Muchos de los que la Enciclopedia Católica y libros católicos mencionan que eran herejes y tenían que ser extirpados, eran cristianos que habían recibido el mensaje del nombre de Jesús y no se sometían en nada a las enseñanzas de los papas, o de los líderes religiosos del Islam, prefiriendo morir en la hoguera, o ser echados a las mazmorras, pero no negar el nombre de Jesús, ni las verdades bíblicas.

Algunos escritores hallan evidencia que la doctrina de la Unicidad existía entre los priscilianos (c. 350—c. 700), los euquitas (c. 350—c. 900), los bogomilos (c. 900—c. 1400) y los cátaros (c. 1000—1500).

Los priscilianos (que habitaron principalmente en España y Portugal) fueron admirados por su vida ejemplar y piadosa. Sin embargo, sus contradictores los acusaron de promover una moral muy rígida. El historiador católico romano, Marcelino Menéndez y Pelayo, escribe en su obra “Historia de los Heterodoxos Españoles”, que: “Comenzando por el tratado De Deo, no cabe dudar que los priscilianistas eran antitrinitarios y, según advierte San León (y con él los Padres bracarenses), sabelianos. No admitían distinción de personas, sino de atributos o modos de manifestarse en la esencia divina”. En el año 567, en el primer concilio de Bracara (hoy la ciudad de Braga en Portugal), los miembros de la Iglesia Católica Romana que participaron, escribieron: “Si alguno niega que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas, de una sola sustancia, virtud y potestad, y sólo reconoce una persona, como dijeron Sabelio y Prisciliano, sea anatema.” Los opositores intransigentes del priscilianismo, buscando más pretextos para acabarlos por medio de la “Santa Inquisición”, los acusaron de diabólicos, maniqueos, astrólogos y hechiceros. Martín Dumiense, quien era el líder católico romano de Braga, en su obra De Trina Mersione (La Trina Inmersión), escrita en el año 567 (que trata sobre la liturgia del bautismo católico romano), acusó de sabelianos, priscilianos y antitrinitarios, a los que practicaban una sola inmersión en el nombre de Jesús.

Los euquitas o mesalianos (predicadores), aparecen por vez primera en Mesopotamia, sin que se pueda concretar qué circunstancias dieron lugar a este movimiento y quiénes fueron sus líderes. En el tiempo del emperador Constantino, ellos ya estaban asentados en Siria y el Asia Menor. Ellos fueron condenados por primera vez, en el sínodo de Side de Panfilia (ca. 390 d.C.) porque no aceptaban el dogma trinitario. Es muy difícil saber con absoluta precisión cuál fue la doctrina cristológica que profesaban los euquitas, ya que ninguno de sus escritos ha llegado hasta hoy día. Aunque fueron severamente perseguidos, los euquitas subsistieron durante varios siglos, influyendo fuertemente sobre los bogomilos de Bulgaria. También fueron conocidos como los entusiastas, debido a que ellos hablaban en lenguas (glosolalia). Sus críticos los acusaron de canibalismo, libertinaje, satanismo y brujería, pero los estudiosos rechazan esas reclamaciones.

Hay evidencias de que en el siglo VI, en oriente, algunos grupos que no pertenecían a la Iglesia Católica Romana, bautizaban en el nombre de Jesús. Por eso, el Código Justiniano (529 d.C.), declaró la pena de muerte por antitrinitarismo como por ser bautizado de nuevo. En el año 553, el Concilio de Constantinopla, condenó nuevamente el bautismo en el nombre de Jesús, al que ellos llamaban con desprecio el bautismo sabeliano.

En el año 638, la Iglesia Católica Romana, realizó el VI Concilio en Toledo, España. En aquel concilio, se leyó una carta del Papa Honorio, en la que se exhortaba a los fieles católicos a ser más fuertes y animosos en la defensa de la fe católica. En respuesta, se redactó una profesión de fe, en la que condenaban con especialidad a los creyentes del nombre de Jesús, a quienes tildaban de patripasianos.

Aunque la inquisición redujo el número de creyentes del nombre de Jesús en la península ibérica, no obstante, ellos fueron una realidad durante la edad media. Marcelino Menéndez y Pelayo, escribe que alrededor del año 722 d.C., en Toledo España, “apareció un sabeliano energúmeno, a quien el venerable prelado sanó de la posesión demoníaca y del yerro antitrinitario”.

Los bogomilos, cuya sede principal estuvo en Bulgaria, se propagó por muchos pueblos eslavos. La moral y los ideales de los bogomilos estuvieron muy por encima del promedio de los de su época. Ellos enviaron misioneros por toda Europa. En 1118 el emperador bizantino Alejo I Comneno, ejecutó al líder de los bogomilos por considerarlo un hereje. En el siglo XV, durante la conquista musulmana de Bosnia, la mayor parte de los cristianos que fueron asediados por el islamismo (religión de sus conquistadores), eran bogomilos. Antes de que ellos fueran eliminados, ayudaron al desarrollo de los albigenses y de los cátaros, grupos franceses e italianos de los siglos XII y XIII.

Un destacado creyente en la Unicidad de Dios, que defendió el bautismo en el nombre de Jesús, fue el escolástico Pedro Abelardo (1079-1142), quien fundó y dirigió la Universidad de Paris, que fue la madre de las universidades europeas. Pedro Abelardo, vivía una vida monástica, pero su estudio bíblico y su amor por la hermosa Eloisa (con quien se casó) lo llevaron a renunciar a esos hábitos. Su fama como profesor atrajo a los estudiantes de todas las partes de Europa. En su tiempo la universidad llegó a tener unos 30.000 estudiantes. Su posición bíblica lo puso más de una vez en aprietos con la Iglesia Católica, hasta que Arnoldo y Pedro, dos de sus discípulos fueron condenados a muerte por la inquisición romana. Pedro Abelardo fue obligado a retirarse de su profesión de maestro, y castigado a internarse en un monasterio separándolo de su esposa Eloisa.

Los cátaros (del griego, katharos, 'puro') o puritanos, fue el nombre adoptado por muchos grupos cristianos que alcanzaron una enorme difusión durante la edad media. Su número era prodigioso en el siglo que es precisamente elegido como “el gran siglo Católico,” el siglo XIII. Ellos unificaban el entusiasmo por la moral cristiana primitiva (aunque sus contradictores los acusaban de maniqueos). Durante la segunda mitad del siglo XII, los cátaros contaban con gran fuerza e influencia en Bulgaria, Albania y Eslovenia. Estas comunidades llegaron a la propia Italia durante los siglos XI y XII. Eran conocidos por el nombre de Patarenes en Italia, Publicanos en Francia y Bélgica, y por otros nombres en otros países. El único documento cátaro que existe, es un corto ritual escrito en lenguaje de los trovadores del siglo XIII, en lengua romance.

El mayor éxito de los cátaros, fue su celo misionero. Ellos contaban con líderes que predicaban el evangelio por las casas. Además tradujeron la Biblia al idioma que la gente pudiera entender. En aquellos tiempos, cuando la Iglesia Católica solo citaba la Biblia en idioma latín, la Biblia se había hecho incomprensible para los fieles católicos, pero los cátaros la tradujeron al idioma romance para que estuviera al alcance de todos. También difundían audaces folletos. Su sencillez para exponer el evangelio, hizo que sus creencias encontrasen fácil difusión, como de hecho sucedió. Cuando ellos se reunían, utilizaban instrumentos para cantar y adorar a Dios. De momento ellos entraban como en un trance, y comenzaban a hablar en otras lenguas. Todos callaban y uno empezaba a interpretar el mensaje; luego todos juntos oraban a Dios. También bautizaban en agua, sumergiendo a las personas en la forma y modo de Sabelio (en el Nombre de Jesús).

Ellos repudiaban la relajación de costumbres del clero medieval y las ansias de poder de sus prelados. De igual manera, rechazaban la adoración de las imágenes, la veneración de la cruz y la adoración al dios Trino. Dante, el escritor de la Divina Comedia, nos cuenta que a causa de la predicación de los cátaros, mucha gente se separó de la Iglesia Católica, la cual perdía influencia entre la población. De no ser por la espantosa arma de defensa diseñada por el catolicismo romano, a saber la inquisición, esta hubiera perdido considerablemente su poder.

Las agrupaciones más grandes de cátaros se localizaban en el sur de Francia, donde recibieron el nombre de albigenses y se extendieron por toda Europa. Su nombre se lo deben al pueblo de Albi, en el sur de Francia, el centro más importante de este movimiento. Los albigenses creían que Cristo era Dios y creían en el bautismo del Espíritu Santo por la imposición de manos. Era una comunidad que se distinguía por su pobreza económica, pero su mayor riqueza era su fundamento en la doctrina de los apóstoles y profetas de Jesús (Efesios 2:20). Ellos propugnaban la necesidad de llevar una vida ascética y de renunciar al mundo para alcanzar la perfección. Estos hombres, animados por sus sólidas creencias, no dudaban en utilizar los textos de las Sagradas Escrituras en defensa de sus posiciones teológicas, lo que resultaba muy peligroso para la Iglesia romana. Fueron severamente perseguidos, aunque su única herejía fue haber predicado el evangelio tal como Cristo lo ordenó. El papa Inocencio III, lanzó la cruzada albigense (1209-1226), que reprimió a los seguidores de este movimiento de una forma brutal y a su paso desoló gran parte del sur de Francia, matando hasta a los propios católicos de aquella región por haber tolerado a los albigenses. Sólo sobrevivieron pequeños grupos de albigenses en zonas muy desoladas, aunque luego fueron perseguidos por la Inquisición hasta finales del siglo XIV.

También existen noticias del bautismo del nombre de Jesús, y la práctica de hablar en lenguas entre algunos Valdenses, quienes surgieron en 1170, y actualmente permanecen como un pequeño grupo protestante de creencias trinitarias.

Durante la edad media, siempre hubo quienes defendieron el bautismo bíblico invocando el nombre de Jesús, en contraposición con la enseñanza católico romana de un supuesto bautismo trinitario. La controversia relacionada con el bautismo fue constante. Los distintos grupos de cristianos apostólicos, confesaron que la iglesia primitiva, siempre administró el bautismo a los creyentes en el nombre de Jesucristo, pero este modelo inicial fue cambiado gradualmente a una invocación literal "en el nombre del Padre, Hijo, y Espíritu Santo" debido a una mala interpretación del texto de Mateo 28:19 por aislarlo de su contexto. Por su parte, la Iglesia Católica Romana, etiquetó el bautismo en el nombre de Jesús, como el bautismo realizado por los "herejes".

Hugo de San Victor (1096 - 1141) y Tomás de Aquino (1225 – 1274), mencionaron el bautismo en el nombre de Jesús como una realidad de sus días. Otros católicos como Bede (673-735) en Inglaterra, y el Papa Nicolás (que ejerció entre 858-867) lo consideraron válido. También en el Concilio de Fréjus (792) se aceptó la validez del bautismo en el nombre de Jesús. Finalmente, en el Concilio de Florencia de 1439, la Iglesia Católica Romana declaró la obligatoriedad de bautizar invocando literalmente "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo", porque según ellos, así se ratificaba la creencia en la trinidad, aunque Mateo 28:19 no apoya para nada dicho dogma antibíblico.

Por encima de cualquier tradición o decisión de cualquier concilio, la Biblia enseña la necesidad del bautismo como es mostrado en Mateo 28:19, Marcos 16:16, Lucas 24:47, Hechos 2:38, 1. Pedro 3:21, etc. También enseña que el modo de bautismo es por inmersión completa en el agua, invocando el nombre de Jesucristo. La salvación no se puede recibir sin el bautismo, específicamente sin la invocación del nombre de Jesús, pues esto fue lo que hizo la iglesia primitiva (Hechos 2:38, Hechos 8:16, Hechos 10:48, Hechos 19:5, Hechos 22. 16, Santiago 2.7). El bautismo es parte del plan de Salvación que incluye también el arrepentimiento, la recepción del Espíritu Santo y la dedicación de una vida plena para Dios (Hechos 2:38). En síntesis, Mateo 28:19 menciona de manera implícita el nombre de Jesús, mientras que el libro de los Hechos y las Cartas apostólicas mencionan de manera explícita el bautismo en el nombre de Jesús.

Es importante hacer notar, que la iglesia católica romana rechazaba oficialmente la glosolalia (el hablar en lenguas), calificándola como evidencia de posesión demoniaca, especialmente entre todos aquellos que esa organización consideraba herejes. Sin embargo, de manera ambigua, honraba a unos pocos de sus más ilustres personajes por haber hablado en lenguas, aun al extremo de incluir el fenómeno entre los milagros anotados a favor del proceso de canonización.

Durante la edad media, poco a poco el latín fue dejando de ser el idioma del pueblo de las regiones que conformaron el desaparecido Impero Romano, y pasó a convertirse en una lengua utilizada solamente por la gente culta. Entre los pueblos que hablaban originalmente el latín, se fueron desarrollando nuevos idiomas. Aun cuando la Iglesia Católica Romana, no era partidaria de que la gente común y corriente leyera la Escritura, o que esta se tradujera a idiomas distintos al latín, pese a estas restricciones, durante la edad media la Biblia fue traducida a muchos idiomas, entre ellos, al español antiguo. El escritor católico Marcelino Menéndez y Pelayo, nos habla de la importancia que la Biblia tuvo para la verdadera iglesia cristiana, pese a la persecución de la Iglesia Católica y del Islam, cuando escribe que “los trabajos bíblicos, considerados como instrumento de propaganda, han sido en todo tiempo ocupación predilecta de las sectas protestantes.”

En la edad media, aparecieron nuevas traducciones para algunas variantes del idioma sirio, tales como el siríaco filojenia (508 d.C.) y el siríaco harkleiana (616 d.C.). También apareció la versión Nubia, llamada así por la ciudad de Nubia, ubicada entre Egipto y Etiopia. Esta versión es probablemente del siglo X. Con la expansión del Islam y consecuentemente con la persecución de los cristianos de dicha región, se redujo el número de ellos, hasta casi desaparecer. La versión Sogdiana (Asia central) es muy incompleta y poco se sabe respecto a la misma. También se realizaron algunas versiones en Árabe Antiguo, como la del siglo VIII por Juan, obispo de Sevilla, la del siglo X por Isaac Velásquez, de Córdoba y una del siglo XIII, en Egipto. No se sabe si hubo traducciones anteriores al siglo VIII. Sin embargo, la existencia de estas versiones, nos demuestra que aun en tierras controladas por el Islam, pese a la intolerancia religiosa, los cristianos (aunque reducidos) hicieron presencia.

Dos hombres, Cirilo y Metodio, tradujeron en el siglo IX, los evangelios al idioma eslavo. Hay unos doce manuscritos de la versión en eslavo antiguo de los Evangelios, procedentes de los siglos XI al XIV.

El idioma español, se originó como un dialecto del latín en las zonas limítrofes entre Cantabria, Burgos, Álava y La Rioja, provincias del actual norte de España, convirtiéndose en el principal idioma popular del Reino de Castilla. De allí su nombre original de idioma castellano, en referencia a la zona geográfica donde se originó. En el año 1280 apareció la primera versión en idioma español antiguo, realizada desde la versión de la Vulgata Latina, que fue conocida como la Biblia Alfonsina. En el año 1430, apareció la Biblia de Alba, realizada por Moshé Arragel, y que fue patrocinada por Don Luis de Guzmán. En 1420, apareció la versión del Antiguo Testamento en idioma español, que fue realizada por el rabino Salomón, para los judíos que habitaban en España. En el mismo 1420, apareció otra versión anónima del Antiguo Testamento.

La caída de Constantinopla en mano de los turcos en 1453, es la fecha que los historiadores marcan como el fin del periodo medieval.



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sábado, 3 de enero de 2009

Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús (Parte 3) - La Iglesia durante el desarrollo de la Iglesia Católica Romana (313 d.C. – 476 d.C.)

Por Julio César Clavijo Sierra
Capítulo 3 del libro: Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús
3. LA IGLESIA DURANTE EL DESARROLLO DE LA IGLESIA CATOLICA ROMANA
Desde el edicto de Tolerancia, 313 d.C.
Hasta la caída de Roma, 476 d.C.

El hecho más notable de este periodo, fue el desarrollo y la aprobación oficial del dogma de la trinidad, que suplantó el verdadero monoteísmo bíblico.

Con la expedición del Edicto de Tolerancia, ya no fue una vergüenza ser cristiano, sino que más bien fue considerado un honor. Llegar a ser cristiano ofrecía numerosas ventajas materiales, y como resultado, miles de paganos, se sumaron de manera aparente a la iglesia, a fin de garantizar intereses políticos, militares, u otras promociones especiales. A su vez, por los muchos favores concedidos a la iglesia, Constantino exigió a la iglesia que le permitiera influir en sus asuntos y políticas.

Realmente la idea inicial de Constantino, era una de tolerancia hacia todas las formas religiosas presentes en el Imperio Romano, pues su interés era procurar la unidad del imperio, y según su pensamiento, esa unidad dependía también de la unidad de las religiones allí presentes. Constantino visualizó el cristianismo como una religión que pudiera unir al Imperio Romano, el cual en ese tiempo comenzaba a fragmentarse y dividirse. Mientras esto hubiera parecido ser un desarrollo positivo para la iglesia cristiana, el resultado fue todo menos positivo. Al igual que Constantino se negó a adoptar de lleno la fe cristiana, sino que continuó con muchas de sus creencias y prácticas paganas; así también la iglesia cristiana que Constantino promovió era una mezcla del verdadero cristianismo con el paganismo romano. Constantino descubrió que con la gran extensión del Imperio Romano, tan diverso y expansivo, no todos accederían a renunciar a sus creencias religiosas y abrazar el cristianismo en su lugar. Así que Constantino permitió, y aún promovió la “cristianización” de la creencias paganas. Y así, creencias completamente paganas y totalmente antibíblicas le dieron nuevas identidades al “cristianismo”.

Además, muchos de los que a principios del siglo IV se consideraban cristianos, se habían apartado de la fe original, se habían sumado al pensamiento especulativo de la filosofía griega y negaron la absoluta Deidad de Jesús, considerándolo como alguien diferente a Dios el Padre. No obstante, algunos aun permanecían fieles a la fe original, confesando el misterio de la piedad, entendiendo que Jesús es Dios mismo, manifestándose o dándose a conocer en la carne.

Alrededor de 318 d.C., en Alejandría (Egipto), estalló una fuerte controversia de especulación filosófica, entre dos corrientes originadas en el “neoplatonismo cristiano”, que llevaron a la iglesia reorganizada por Constantino, a definir su doctrina acerca de Dios. La controversia surgió, a causa de la doctrina de un hombre influyente llamado Arrio, que enseñaba que Jesús fue el primer ser creado por Dios, y por esa razón no era Dios mismo. Para Arrio, Jesús era el ser creado más exaltado, el agente supremo de Dios, y en efecto, un semidiós. Un líder de Alejandría llamado Alejandro, quien pensaba que Jesús era distinto pero coigual con el Padre, convocó a un sínodo en el que Arrio y sus seguidores fueron excomulgados de esa principal corriente neoplatónica de Alejandría. Como acto seguido, Arrio y Alejandro, realizaron campañas proselitistas, a fin de persuadir a obispos de distintas partes del imperio, para que se les adhirieran, y el conflicto amenazaba con perturbar la unidad de la iglesia reorganizada por Constantino.

A Constantino llegaron noticias de esa controversia, quien no le dio importancia a las diferencias entre las dos corrientes, sino más bien, su preocupación se enfocó en que esta podía conllevar a la división de su imperio. Él no estaba parcializado con ninguna posición en particular y lo único que deseaba es que se llegara a un acuerdo. A él le daba lo mismo que cualquiera de esas posiciones se impusiera sobre la otra. El poder de la religión jugó tan grande rol en la estabilidad del Imperio Romano del cuarto siglo, que las agitaciones religiosas debieron ser traídas bajo el control del Estado, a fin de que no interrumpieran la unidad política. Constantino determinó resolver la disputa por medio de unas cartas conciliadoras enviadas a cada facción, urgiendo a la reconciliación de las diferencias:

“Constantino el Víctor, Supremo Augusto, a Alejandro y Arrio... cuán profunda herida han recibido no sólo mis oídos sino también mi corazón del reporte de que existen divisiones entre ustedes....habiendo investigado cuidadosamente el origen y fundamento de estas diferencias, encuentro que sus causas son de una naturaleza verdaderamente insignificante, totalmente indignas de semejante enconada contención.”

Cuando el esfuerzo inicial de Constantino falló para resolver la disputa, él convocó a un concilio que diera fin a la controversia. Dicho concilio le ofreció la oportunidad de unir a todo el Imperio Romano bajo una misma religión. Con la construcción de una nueva religión con un pie en el cristianismo (que no podía ser aniquilada) y el otro pie en el paganismo (que ya estaba arraigado en el pueblo), la doctrina resultante se convertiría en una funcionaria del Estado.

La fecha señalada fue comenzando el verano del 325 d.C., y el escenario fue el agradable pueblo a un lado del lago llamado Nicea, en el noroeste de Turquía, donde Constantino tuvo un adecuado palacio espacioso. El concilio comenzó el 20 de mayo y terminó el 25 de julio. Se llegó al acuerdo de que al finalizar el Concilio, todos los participantes deberían firmar una profesión de fe o credo y Constantino amenazó que aquel que no firmara sería excomulgado. El concilio fue presidido por el propio Constantino, quien no entendía muy bien sobre la discusión.

Eusebio de Cesarea, historiador y apologista de Constantino, describió así la inauguración del Concilio: “El momento de la aproximación del emperador fue anunciado por una señal dada, todos se levantaron de sus sitios, y el emperador apareció como un mensajero celestial de Dios, cubierto con oro y gemas, una presencia gloriosa, muy alta y esbelta, llena de belleza, fuerza y majestad”. El mismo Eusebio, se desempeñó como asesor de Constantino durante el concilio, y se sentó a la diestra del emperador, ocupando esa alta posición de honor.

Asistieron alrededor de 250 a 300 obispos, que constituían una sexta parte de la representación de toda la cristiandad. Y casi todos ellos fueron griegos que bordeaban el Mediterráneo oriental. Solo asistieron 7 representantes de la parte occidental del imperio. Pronto se hizo evidente que los participantes estaban divididos en tres grupos: 1) una minoría seguidora de Arrio, 2) una minoría seguidora de Alejandro y Atanasio, y 3) una mayoría que no entendió la discusión pero que anhelaba un acuerdo. Aunque Atanasio era un hombre joven (de unos 25 años) y de baja jerarquía eclesiástica, se convirtió en el líder de su partido, a causa de su elocuencia durante el concilio y de su decisivo liderazgo después del concilio de Nicea.

Finalmente triunfó la posición de Atanasio sobre la de Arrio, y se redactó el Credo de Nicea. Dicho Credo afirmó que el Padre y el Hijo siendo distintos componían un Dios. El credo manifestó una creencia en el Espíritu Santo, pero no mencionó con exactitud lo que el Espíritu significaba para ellos. La expresión “engendrado no hecho” era una clara evidencia de neoplatonismo y las frases “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero” son simplemente blasfemias, pues indican que el único y poderoso Dios tiene a un Dios verdadero. Así, fue Constantino quien por edicto oficial llevó al Cristianismo a la creencia en la división formal de la Deidad en dos ("Dios el Padre" y "Dios el Hijo").

La vida personal de Constantino no deja mucho que desear y también ha sido puesta en duda la sinceridad de su conversión al cristianismo. Muchas ideas nuevas entraron a la iglesia desde esa alianza con el imperio, y más tarde pasaron a formar parte como dogmas de fe, a pesar de que carecían de fundamento bíblico. Sin embargo, en su alegría de que las persecuciones llegaron a su fin, muchos cristianos aceptaron con entusiasmo el dogma trinitario y otras muchas creencias inventadas por el hombre. Como Pedro lo había advertido previamente, de nuevo se enredaron con la contaminación del mundo. (Véase 2. Pedro 2:20-22).

El emperador Constantino trasladó la capital del imperio a Constantinopla (Hoy en día Estambul) en el año 330.

Los defensores de las doctrinas de Atanasio y de Arrio, eran religiosos y políticos. Ellos fueron partidarios indiscutibles de una fuerte relación entre la Iglesia Católica Romana y el Estado. Así, estos sacerdotes se dividieron en partidos religiosos que gozaban de beneficios si alcanzaban el favor del emperador de turno.

Luego de la formulación del credo de Nicea, Arrio no se quedó quieto. Él era políticamente poderoso e influía de tal manera que sus opiniones eran sostenidas por muchos de las clases más elevadas. Unos años después, Arrio le envió una carta conciliatoria al emperador Constantino y de esa manera se reabrió el asunto doctrinal de Nicea. Constantino cambió de parecer y se congratuló con las enseñanzas de Arrio. Se convocó a un nuevo concilio que se celebró en la ciudad de Tiara en el año 335, y allí se aceptó la “doctrina” arriana en lugar de la atanasiana. Constantino exilió a Atanasio y estuvo a punto de reincorporar a Arrio, cosa que hubiera hecho si a Arrio no le hubiera sorprendido la muerte. Algunos piensan que Arrio fue asesinado.

En el año 336, fue convocado un sínodo en Constantinopla, donde Marcelo de Ancira fue desterrado por la iglesia romana, acusado de enseñar la Unicidad de Dios. El libro que le hizo famoso, fue su tratado contra Asterio, que fue la más importante de sus obras. Por desgracia, no sabemos ni siquiera su título. En un concilio celebrado en Sárdica en el año 343, se aseguró que Marcelo creyó que el Verbo (logos o palabra) era el eterno plan de Dios para con el hombre, por consiguiente, la Palabra solo empezó a ser Hijo a partir de la encarnación (ya que el Hijo es la Palabra hecha carne). De esta manera, Marcelo contrarrestó la posición de la iglesia romana, de que el Verbo (La Palabra) era una persona eterna que estuvo con Dios desde la eternidad. Marcelo también escribió algunas obras en contra de los arrianos, pero ninguna de estas se han conservado.

Fotino de Sirmio, fue un discípulo de Marcelo de Ancira. Fotino consideró a la Palabra (Logos o Verbo) de Dios, como la facultad de Dios para auto revelarse o darse a conocer al hombre. Recalcó que no había ningún “Hijo trinitario” o “Hijo Eterno”, ya que el Hijo no existió antes de nacer, porque en la Biblia se entiende por Hijo de Dios, a la manifestación de Dios en carne como Cristo, el hombre perfecto. Contra él escribió Audiencio, un obispo español católico romano, que en el libro titulado De fide adversus omnes haereticos,se dirigió a sus seguidores como fotinianos (también conocidos como bonosiacos). En el concilio de Sirmio, realizado en el 351 d.C. se lanzaron anatemas contra Fotino y sus seguidores.

A Constantino lo sucedió su hijo Constancio II (317-361 d.C.). Constancio defendió la “doctrina” arriana, y la impuso en el imperio. Durante el tiempo de Constancio II el arrianismo fue la posición doctrinal oficial de la Iglesia Católica Romana.

Luego de Constancio II vino Juliano (331-363 d.C.). Juliano, aún cuando estuvo más cerca del arrianismo que del atanasianismo, quiso restituir la forma del antiguo paganismo como la religión oficial del imperio.

Después de Juliano, vino Teodosio I el grande (346-395 d.C.). Teodosio I, fue partidario de los sacerdotes atanasianos. Por eso para el año 381 d.C. convocó a un concilio que se realizó en la ciudad de Constantinopla, con el objetivo de reafirmar la fe atanasiana que se había proclamado en el 325 d.C. en Nicea, y que se había reemplazado en el 335 d.C. en Tiara.

Dámaso I, fue elegido como el obispo católico de Roma en octubre del año 366 d.C. No obstante, Ursino que había reunido algunos pocos votos, se levantó en protesta. Dos años necesitaría Dámaso para imponerse en la contienda; los enfrentamientos entre ambos bandos cobraron tal violencia y fueron tan sangrientos que en una de aquellas batallas campales se recogieron 137 muertos en un solo día. Sus adversarios llegaron a acusarle de asesinato y Dámaso tuvo que defenderse ante un tribunal imperial. En el año 378, Dámaso fue absuelto, en tanto que Ursino desterrado. Una vez que consolidó su poder, Dámaso aprovechó todas y cada una de las oportunidades para hacer guerra contra aquellos a quienes él consideraba herejes. Dámaso I, fue claro en condenar a los que él llamaba seguidores de Sabelio.

Dámaso I, fue un invitado de honor al concilio de Constantinopla del año 381. Allí, se negó a ratificar las decisiones de dicho concilio, en tanto que éste no declarara explícitamente que el patriarca de la nueva ciudad imperial en el Oriente no tendría nunca primacía sobre el obispo de Roma. Dámaso I fue el primero en llamar Sede apostólica a la sede romana. Bajo su pontificado el latín llegó a ser la lengua oficial y obligatoria de la Iglesia Romana.

El anterior credo de Nicea, simplemente expresaba la creencia en el Espíritu Santo, pero no definía claramente lo que significaba para ellos. Era muy probable que significara la creencia en una energía sobrenatural. Sin embargo, fue en el Concilio de Constantinopla donde por fin se expuso que Dios era tres personas eternas (sin que por esto ya se hubiera alcanzado por completo el desarrollo del dogma trino). En el Concilio de Constantinopla se declaró al Espíritu Santo como una tercera persona eterna. Este concilio trajo como resultado la adición de algunas declaraciones al credo de Nicea. Este nuevo credo reformado, ha recibido el nombre de credo nicenoconstantinopolitano. El emperador Teodosio I, endosó las decisiones del concilio y les dio fuerza de ley. (Sin embargo, dicho credo no fue aceptado por Roma sino hasta el concilio de Calcedonia en el año 451).

El emperador Teodosio I, ya perseguía desde el año 381 a todos aquellos grupos que tenían una confesión diferente a la fe trinitaria, cuando, mediante el decreto del 10 de enero, ordenó a todas las Iglesias sin excepción unirse a los ortodoxos (así fue llamada la iglesia trinitaria) y a no tolerar más el culto «hereje». Por doquier se les persiguió con rigor. Mediante una fórmula creada en su reinado, su ejército tenía que jurar, por la Santísima Trinidad y por el emperador, y amar y honrar a éste inmediatamente por detrás de la Trinidad. Se prohibió a los cristianos no trinitarios el derecho de reunión, de enseñanza, de discusión y de consagración de sus pastores. Se confiscaron sus iglesias y centros de reunión, que pasaron a manos de los obispos católicos o del Estado, y se limitaron sus derechos civiles. Se les impidió el acceso a los cargos estatales, se les negó la capacidad de legar y heredar, amenazándoles de vez en cuando con el embargo de sus bienes, el destierro y la deportación. La policía estatal debía seguir la pista de todos los «herejes» y llevarlos ante los tribunales. Incluso muchas veces se recurría a la tortura.

El Concilio de Constantinopla, en el año 381, condenó específicamente el bautismo en el nombre de Jesús, etiquetándolo con desprecio como el bautismo sabeliano, al cual describió como prevaleciente en Galacia. Una interpolación del cuarto o quinto siglo a la obra “Constituciones de los Santos Apóstoles” condena a los que realizan “una sola inmersión, la cual es dada en la muerte de Cristo y exige que todos los bautismos se realicen por tres inmersiones en la fórmula trinitaria. Una variante oriental de este pasaje une aun más la inmersión única en Cristo con los creyentes en la Unicidad de Dios, a quienes apoda con el nombre de monarquianos. Por tanto, ésta variante insiste que el candidato bautismal sea enseñado que el Padre o el Espíritu Santo no vino en la carne y que el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo.

Ese mismo año siguieron algunos otros decretos de religión a favor de los católicos y para combatir a sus oponentes. Cuando la Iglesia Católica Romana, se impuso como la religión oficial del imperio, esta inició una persecución contra todos aquellos que se opusieran al dogma de la trinidad, catalogando sus creencias como herejías, y destruyendo todos sus escritos; razón por la cual, en los días actuales no contamos con el pensamiento de primera mano de aquellos monarquianos, sino que la información que obtenemos acerca de ellos, proviene de escritores católicos que estaban en abierta oposición contra los mismos.

El término monarquiano (o monarquita), fue atribuido a todos aquellos que mantenían la doctrina de que Dios es un sólo Rey (o monarca), y que Dios no es una pluralidad de "personas divinas". "La palabra monarca viene de dos palabras griegas; mono que significa solo, y arca que significa mando, gobierno. Monarca, pues, quiere decir el que ejerce el mando por sí solo, aquel en quien está concentrado el monopolio del poder... esto es, significa el rey absoluto". Así, monarquianismo fue un término que se utilizó en contra de la idea trinitaria de un Dios compuesto por tres. Aunque los adopcionistas (que sostenían que Jesús era sólo un ser humano que en su bautismo había sido "adoptado" por el Padre) también fueron llamados monarquianos, éste término identificó mayormente a los antiguos creyentes en la Unicidad de Dios. Muy recientemente, en el siglo XIX, se acuñó el término modalismo, para diferenciar claramente entre el adopcionismo (o monarquianismo dinámico) y el monarquianismo modalístico. El término monarquianismo modalístico, fue inventado para referirse a los antiguos creyentes en la Unicidad de Dios, por su creencia en que el único Dios (y Rey) se manifestó de diversos modos (incluso más de tres).

Los monarquianos modalistas, mantenían la creencia original de que existe un Dios único, que es Espíritu, y que fue manifestado en carne como Jesucristo con el propósito de redimir al hombre. Así, los creyentes en la Unicidad Monárquica, aceptaban firmemente que Jesús es Dios. 

Los historiadores coinciden en que aquellos que fueron etiquetados como monarquianos modalistas, estaban en abierta oposición contra el arrianismo, porque el monarquianismo modalista aceptaba que Jesús es el verdadero Dios que al manifestarse en carne como un hombre, nació de una virgen, mientras que el arrianismo negaba estas dos cosas.

Asimismo, el monarquianismo modalista se oponía fuertemente al trinitarismo, ya que el monarquianismo no aceptaba que Dios fuera una pluralidad de tres personas divinas y distintas, sino que enfatizaba categóricamente la Unicidad de Dios. Aunque los monarquianos modalistas usaban los términos Padre, Hijo y Espíritu Santo, el uso y significado que ellos les daban, era totalmente diferente al que atribuían los trinitarios a estos mismos términos. De acuerdo con la concepción trinitaria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, eran cada una de las tres personas de la trinidad. En cambio, los monarquianos modalistas explicaban que de acuerdo con la Biblia, estos términos nunca pretendían hacer distinciones de tres personas eternas dentro de la naturaleza de Dios, sino que simplemente se referían a modos (o manifestaciones) de Dios. En otras palabras, Dios es un ser individual y único, y los diversos términos usados para describirle (tales como Padre, Hijo, y Espíritu Santo) son designaciones aplicadas a las diferentes formas de su accionar o a las diferentes relaciones que Él tiene para con el hombre.

Algunos teólogos trinitarios, explicaron que la concepción monarquiana modalista, era que Dios se había manifestado secuencialmente, primero como Padre, luego como Hijo, y finalmente como Espíritu Santo; argumentando que según esta doctrina, Dios es el Padre cuando estuvo inicialmente en los cielos, dejó de ser Padre y se convirtió en Hijo cuando se encarnó y convivió con los hombres, y dejó de ser Hijo para ser el Espíritu Santo, cuando tras abandonar el mundo, intervino en la vida de los hombres. No obstante, no está claro que esta haya sido verdaderamente la posición modalista, sino que ellos más bien creyeron que Dios tuvo el poder de ejercer simultáneamente los oficios de Padre y de Hijo durante el plan redentor, de manera que Jesús es simultáneamente Dios y hombre, Padre e Hijo.

Por ese tiempo, los creyentes en la Unicidad de Dios, también fueron apodados como Patripasianos, debido a que anteriormente, Tertuliano los había acusado de proclamar que el Padre sufrió y murió. Sin embargo, aquellos cristianos negaban la acusación de Tertuliano. Entonces, el término patripasiano, representa una mala interpretación de la Unicidad de Dios por parte de los trinitarios, porque aquellos cristianos no enseñaban que el Padre es el Hijo, sino que el Padre es una referencia a Dios como el creador y origen de todo (1. Corintios 8:4), mientras que el Hijo es una referencia a la encarnación de ese único Dios como el hombre perfecto (Efesios 4:13). Los creyentes en la Unicidad de Dios enseñaban que el tema principal de la Santa Escritura, es que Dios mismo se ha convertido en nuestro salvador (Isaías 9:6, 53:22, Mateo 1:23, 1. Timoteo 3:16). Dios mismo se manifestó como el Hijo (Lucas 1:35), el Cristo (Mateo 16:16), el hombre perfecto (Efesios 4:13), para poder redimir a la humanidad caída (Hebreos 2:14-18). La carne no era el Padre, sino que el Padre estaba en la carne. Así entonces, aquellos cristianos nunca enseñaron que el Padre sufrió o murió físicamente.

Aurelio Prudencio Clemente, un poeta lírico nacido en Calahorra en el 348 d.C., fue un miembro de la aristocracia hispano-romana, quien llegó al puesto de consejero privado del emperador Teodosio. En una poesía titulada apoteosis, emprende contra los miembros de la Iglesia del Nombre de Jesús, llamándolos primero patripasianos, quienes según él, no admitían alguna distinción de personas en la trinidad y atribuían la crucifixión al Padre. Luego los llama sabelianos o unionistas, y dice que ellos son profanadores de Cristo por no aceptarlo como la segunda persona de la trinidad.

En el año 385, un español de nombre Prisciliano (apróx. 340 – 385), fue torturado y decapitado junto con algunos de sus seguidores, por la Iglesia Católica a través de una institución civil (secular), sentando así los precedentes de la Inquisición. La acusación contra Prisciliano, es que este no aceptaba el dogma de un dios compuesto por personas divinas, alineándose con posiciones sabelianitas. Sin embargo, resulta difícil definir el sentido exacto de las creencias reales de Prisciliano, debido a la destrucción de sus escritos, al igual que por la difamación que recibió por parte de sus contradictores. Desde el punto de vista social, el priscilianismo condenaba la esclavitud y concedía gran importancia a la mujer.

Al final del cuarto siglo y a comienzos del quinto siglo, la cristiandad había evolucionado por la mayor parte en lo que llegó a ser conocida como la Iglesia Católica Romana. Al parecer, el hablar en lenguas prácticamente había desaparecido de la mayor parte donde hacia presencia esa iglesia apóstata, pero la memoria del hablar en lenguas permanecía en cierta magnitud. Juan Crisóstomo (345-407), el obispo de Constantinopla, escribió un comentario acerca de 1 Corintios 12:

“Todo este pasaje es muy oscuro: pero la oscuridad se produce por nuestra ignorancia de los hechos que a los cuales se refiere y por su cesación, siendo que antes sucedían pero que ahora ya no ocurren . . . Bueno, ¿qué, entonces, sucedía? Quienquiera que fuera bautizado inmediatamente hablaba en lenguas . . . Ellos recibieron el Espíritu inmediatamente después de su bautismo . . . empezaban a hablar, uno en el idioma de los persas, otro en el idioma de los romanos, otro en el idioma de los de la India, o en algún otro idioma. Y esto revelaba a los ajenos que era el Espíritu dentro del que hablaba.”

Agustín (354-430) testificó que la iglesia de su día, no esperaba hablar en lenguas al recibir el Espíritu Santo, pero confesó que antes este era el caso:

“Porque el Espíritu Santo no solo se da por la imposición de manos en medio del testimonio de milagros sensatos y temporales, tal como fue dado en los días anteriores . . . Porque en estos días ¿quién espera que aquellos sobre quienes se ponen las manos para que puedan recibir que el Espíritu Santo deben empezar inmediatamente a hablar en lenguas?”

Evidentemente algunos de los que Agustín consideraba herejes, creían en recibir el Espíritu Santo con la evidencia de hablar en lenguas. Él trató de refutarles por el siguiente argumento: (1) El hablar en lenguas no tiene valor sin el amor (1 Corintios 13); (2) El amor solo viene por el Espíritu (Romanos 5:5); (3) Ellos no tenían el Espíritu porque ellos no pertenecían a la Iglesia Católica; y (4) En todo caso, ya nadie esperaba hablar en lenguas.

En la segunda mitad del siglo quinto, apareció un nuevo credo que ha sido conocido como el credo de Atanasio, que fue redactado sin la autoridad expresa de ningún concilio. Aun cuando el credo recibe el nombre de Atanasio, se sabe que Atanasio no fue el autor, pues él murió en el año 373 d.C. Este credo es una fiel representación de la doctrina trinitaria tal y como fue desarrollada por Agustín de Hipona y pudo haber sido obra de varios autores. “Fue mencionado por primera vez como credo, alrededor del año 542, por el teólogo Cesáreo de Arlés. Durante el siglo XIII, el credo de Atanasio fue puesto en el mismo plano de importancia que los credos apostólico y de Nicea”.

Este credo presenta la declaración antigua más completa de la doctrina trinitaria. Así “el trinitarismo no logró su forma actual hasta el fin del cuarto siglo y sus credos definitivos no tomaron su forma final sino hasta el quinto siglo”. Se necesitaron 470 años aproximadamente (después del Pentecostés) para debatir, predicar, enseñar y aprobar mediante concilios, lo que hoy en día se conoce como el misterio de la santísima trinidad.

El Credo de Atanasio, contiene lo que hoy se conoce como la principal enseñanza del catecismo católico. Un fragmento de ese credo dice: “La fe católica es esta, que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad, sin confundir las personas ni separar las sustancias. Sin embargo, la naturaleza divina no subsiste en una sola persona o Hypostasis, sino en tres personas, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.

Los trinitarios de ayer y de hoy, creen que la Santa Escritura presenta la doctrina de Dios de una manera embrionaria, infantil, no formada, o como un capullo de doctrina; mientras que sus “símbolos de fe” (especialmente el Credo de Atanasio), sí presentan la doctrina sobre Dios de una manera desarrollada, madura, formada, o como una flor doctrinal. Con eso, ellos demuestran que no creen que la Biblia sea suficiente en materia de fe, pues piensan que esos escritos post-bíblicos son superiores a la Biblia. Esta es una constante de todas las sectas, que se caracterizan por confiar más en otros ciertos escritos, que en la Biblia. Las sectas trinitarias (en sus ramas católica romana, ortodoxa griega o protestante), al igual que otras sectas como los “testigos de Jehová”, los mormones y la “ciencia cristiana”, hacen uso de escritos extrabíblicos para reinterpretar la Escritura.

“¿Hasta cuándo estará esto en el corazón de los profetas que profetizan mentira, y que profetizan el engaño de su corazón? ¿No piensan cómo hacen que mi pueblo se olvide de mi nombre con sus sueños que cada uno cuenta a su compañero, al modo que sus padres se olvidaron de mi nombre por Baal?” (Jeremías 23:26-27).

La Biblia dice: "En su nombre esperarán los gentiles" (Mateo 12:21). Pero, ¿cómo podrán confiar en él si no conocen su nombre? Cuando la teología trinitaria comenzó a tomar su forma en Nicea en 325 d.C., el espíritu del enemigo trabajo en aquellos hombres para inventar una filosofía y una teología que ocultara el nombre de Dios de la población de toda época. Por ejemplo, la mayoría de los predicadores de hoy, bautizan utilizando los títulos de Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero nunca enseñan o utilizan el nombre que Dios reveló para el tiempo de la gracia. Las personas dan por sentado que sus predicadores saben lo que está haciendo. En realidad aquellos predicadores deberían saberlo, pero muchos predicadores no saben lo que verdaderamente deben saber. Jesús dijo: "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" y el único nombre que encontramos mencionado explícitamente en la Gran Comisión es el nombre de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.

“Conoce entonces, mi amigo, que la Trinidad nació más de trescientos años después de que el Antiguo Evangelio fuera declarado; ella fue concebida en ignorancia, traída y sostenida por medio de la crueldad.” — William Penn

La Vulgata es una traducción de la Biblia al latín popular, realizada a principios del siglo V por un monje católico de nombre Jerónimo, por encargo del papa Dámaso I en 382. La versión toma su nombre de la frase vulgata editio (edición para el pueblo) y se escribió en un latín corriente en contraposición con el latín clásico de Cicerón, que Jerónimo dominaba. El objetivo de la Vulgata, era el de ser más fácil de entender y más exacta que sus predecesoras. La Vulgata latina se convirtió en la versión oficial de la iglesia católica. Al principio, Jerónimo no quería incluir los libros deuterocanónicos (o apócrifos), pues él tenía conocimiento del canon que los hebreos habían aceptado, y sabía que esos libros no tenían inspiración divina. Sin embargo, Jeronimo se vio obligado a incluir los libros deuterocanónicos, por la presión ejercida por Agustin de Hipona, quien era un hombre muy influyente.

Por ese tiempo, también aparecieron otras versiones bíblicas en el siríaco de palestina (400 d.C.) y el egipcio medio en el quinto siglo.

Vale destacar, que en el deseo intenso de traducir la Biblia a los distintos idiomas, también se ha contribuido en el desarrollo de los idiomas al desarrollar sus alfabetos. Esto se ha repetido una y otra vez.

También se preparó otra versión conocida como la Armenia, de principios del siglo V. La versión Armenia fue realizada por Mesrop y Sahak. Ellos también inventaron un alfabeto para traducir la Biblia ha dicho idioma. Esta versión es llamada la "Reina de las Versiones" por su belleza y exactitud.

En el Siglo IV, un hombre conocido como Ulfilas "Lobezno", inventó un alfabeto para traducir la Biblia al idioma germánico antiguo, pues hasta el momento, dicho idioma no tenía representación escrita. La copia más antigua que se tiene de dicha versión data del siglo VI y contiene porciones de los cuatro evangelios. Esta ha sido conocida como la Versión Gótica.

La versión georgiana, fue la Biblia de los antiguos pueblos de la región montañosa de los mares Negro y Caspio en Europa. Dicha traducción fue realizada en el siglo V.

En el siglo V, también apareció la versión etíope. Fue la versión de los cristianos de Etiopía (Norte de Africa). El más antiguo ejemplar de esta versión es del siglo XIII. La mayoría proceden de los siglos XVI y XVII.

Al final de este periodo, el imperio romano occidental, lleno de corrupción, cayó en mano de sus enemigos.



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viernes, 2 de enero de 2009

Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús (Parte 2) - La iglesia durante las persecuciones imperiales (100 d.C. – 313 d.C.)

Por Julio César Clavijo Sierra
Capítulo 2 del libro: Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús
2. LA IGLESIA DURANTE LAS PERSECUCIONES IMPERIALES
Desde la muerte del apóstol Juan, 100 d.C.
Hasta el edicto de Tolerancia, 313 d.C.

Al comienzo del siglo segundo, se habían fundado Iglesias en casi toda ciudad, desde el Tiber hasta el Eufrates, desde el mar Negro hasta el norte de África y algunos creen que se extendía hasta España y Gran Bretaña, en el occidente. Sus miembros eran muy numerosos.

Un hecho prominente en la historia de la Iglesia de los siglos segundo y tercero, fue la persecución del cristianismo por parte de los emperadores romanos. Aunque esta condición no fue continua, era propensa a estallar en cualquier momento en formas terribles.

Investiguemos algunos de las razones que motivaban al imperio, a extirpar un cuerpo tan recto, tan obediente a la ley, y tan deseable como lo eran los cristianos. Pueden darse un buen número de causas para el antagonismo de los emperadores hacia el cristianismo.

El paganismo acogía las nuevas formas y objetos de adoración, mientras que el cristianismo excluía dichas formas y objetos. Donde los dioses ya se contaban por cientos, aún por miles, un dios mas no representaba diferencia alguna. Cuando la gente de una ciudad o provincia deseaba desarrollar el comercio o la inmigración, construían templos a los dioses que se adoraban en otros países para que los ciudadanos de estos otros países pudiesen tener un lugar en la adoración. Pero en cambio, el cristianismo se oponía a toda adoración excepto a la de su propio Dios.

Como los cristianos no participaban en la adoración de los dioses, muy común en toda Roma, eran considerados por la gente irreflexiva como seres insociables, sombríos, ateos que no tenían dioses y como aborrecedores de sus compañeros. Los cristianos tampoco adoraban las estatuas del emperador que estaban en cada ciudad, aún cuando era tan sencillo arrojar un poco de incienso sobre el altar. Por el hecho de que cantaban himnos de alabanza y adoraban a otro rey, a Jesús, eran considerados por la multitud como desleales y conspiradores de una revolución.

En el ambiente circulaban falsos rumores, de que en las reuniones de los cristianos se realizaban actos lascivos o criminales que se llevaban a cabo entre ellos. Además, el gobierno autocrático del imperio, tomaba al cristianismo como un culto o sociedad secreta, que según ellos, tenía propósitos desleales.

El cristianismo consideraba a todos los hombres como iguales. No hacía distinciones entre sus miembros ni en sus servicios. El esclavo era tratado igual que el noble. Un esclavo podía ser obispo, mientras que su amo era un miembro regular. Esto era odioso para la mente de los nobles, para los filósofos y para las clases gobernantes. Los cristianos eran considerados como "niveladores de la sociedad", anarquistas y trastornadores del orden social; de aquí como enemigos del Estado.

El emperador Marco Aurelio (161-180), decretó que la propiedad de los cristianos debía ser trasladada a sus acusadores. No es difícil observar que en efecto, dicho decreto exhibe que un buen número de personas estaban deseosas de apoderarse de la propiedad de los cristianos. A partir de este momento, la persecución fue universal. En todos los lugares se buscaron a los cristianos, los llevaron a juicio y a menudo fueron ejecutados con la mayor crueldad. Después de haber sido condenados como culpables de ser cristianos, sus propiedades fueron confiscadas y fueron dadas a sus acusadores. Las torturas infligidas a los cristianos durante las persecuciones, fueron tan horripilantes que no es conveniente describirlas. Cuando por fin los perseguidores se convencieron de que ninguna cantidad de torturas podría hacer que los cristianos negaran su fe, decapitaron a los cristianos que eran ciudadanos romanos, y arrojaron a los demás a las fieras, en la arena del anfiteatro.

Los líderes post-apostólicos más prominentes, que sucedieron a los apóstoles, fueron Hermas, Clemente de Roma, Policarpo, e Ignacio. 90 a 140 D.C. En sus escritos, ellos se refieren a un solo Dios y a Jesús como ese Dios. Ellos también enseñaban que el bautismo en el nombre de Jesús era solamente para quienes creían al evangelio, y que el arrepentimiento era necesario para que el bautismo fuera válido. Ellos afirmaron su creencia en la Unicidad (monoteísmo) del Antiguo Testamento y aceptaron la Deidad y la humanidad de Jesús. Ireneo, un prominente líder cristiano que murió alrededor de 200 d.C., tenía una teología intensamente Cristocéntrica y una creencia firme que Jesús era Dios manifestado en carne. Él sostenía que el Verbo que se encarnó como Jesucristo era el plan de Dios para el hombre, y era el Padre mismo.

Un poco más adelante, pero dentro del mismo periodo que estamos analizando, se destacaron otros lideres, tales como Noeto de Esmirna, Epígono, Práxeas, Cleómenes y Sabelio. Noeto (por los años 180-200 d.C.) expuso Cristo, si es Dios, es Padre también, porque de lo contrario no sería Dios, ya que no hay más Dios que el Padre. Epígono fue discípulo de Noeto. Práxeas, quien predicó por Roma y Cartago alrededor del 190 d.C., afirmó que el Unico Dios es el Padre, y por consiguiente, Espíritu Santo es un titulo de Dios que hace referencia a que él es Espíritu y es Santo. Práxeas también indicó que el título de Hijo hacía referencia a la manifestación de Dios en carne. Cleómenes, enseñó que solo hay un Dios, que ha actuado de diversos modos o funciones para darse a conocer al hombre para poder salvarlo. Sabelio fue un destacado predicador y escritor (que predicó en Roma alrededor de 199-217 y de quien no sobreviven sus escritos). Tras su predicación muchas personas se convirtieron al cristianismo. Sabelio concebía que toda la plenitud de la Deidad moraba en Cristo, y mantenía que los términos Padre e Hijo, eran solamente designaciones diferentes del único Dios, quién por causa de ser el origen de todo es conocido como el Padre, pero referente a su apariencia en medio de la humanidad es conocido como el Hijo.

A su vez, aparecieron por aquel tiempo algunas sectas (o herejías), provenientes principalmente del neoplatonismo. El neoplatonismo, fue la tendencia de mezclar las ideas filosóficas de Platón, con las diferentes concepciones religiosas.

Mientras que la Iglesia era judía por sus miembros, y aún después mientras estaba regida por hombres del tipo judío, tales como Pablo y Pedro, había solo una tendencia leve hacia el pensamiento abstracto y especulativo. Pero cuando la iglesia estuvo compuesta por su mayoría de griegos y se infiltraron en ella griegos místicos y desequilibrados de Asia Menor, surgieron toda clase de opiniones y teorías y estas se desarrollaron con fuerza. Los cristianos del segundo y tercero siglos luchaban no solo en contra de un mundo pagano y adverso, sino también en contra de herejías y doctrinas corruptas que se querían meter dentro de su propio redil.

Los eruditos llaman al periodo comprendido entre los años 130 d.C. al 180 d.C. la edad de los apologistas griegos. Aparentemente estos apologistas se habían convertido al cristianismo, pero la revisión de sus escritos, demuestra que ellos no eran cristianos sino neoplatónicos de tendencia “cristiana”. Estos hombres estuvieron afectados por todo el pensamiento filosófico desarrollado hasta su época, y por las tendencias neoplatónicas judías de Filón de Alejandría y las neoplatónicas “cristianas” de los gnósticos. El personaje más influyente de todos estos apologistas, fue Justino Mártir (c. 100-165 d.C.).

Estos apologistas griegos eran filósofos de profesión, y ninguno de ellos desempeñó un papel importante dentro de la iglesia cristiana. No obstante, fueron escritores prolíficos, y muchos de sus escritos sobreviven hasta el día de hoy. Los escritores de la edad post apostólica (90-140 d.C.) se adhirieron más de cerca al pensamiento y a la lengua bíblica, mientras que los apologistas griegos eran más filosóficos y especulativos. La mayoría de estos apologistas no defendieron el cristianismo, sino que defendieron lo que hoy se conoce como el “gnosticismo cristiano”. Estos, basados en las ideas de Filón de Alejandría, cometieron el grave error de igualar el concepto bíblico de “Hijo de Dios” con el logos de la filosofía neoplatónica judía. Ellos (en contravía de la enseñanza de Juan) afirmaron que el logos de Juan 1:1 era un ser diferente a Dios, que vivió con Dios desde el principio (preparando así el camino para las falsas doctrinas del arrianismo y el trinitarismo). Ellos negaron la enseñanza bíblica de que Jesús es el único Dios manifestado en carne, que para lograr nuestra salvación se manifestó simultáneamente como Padre y como Hijo.

Ellos no entendieron que el Logos o la Palabra de Dios (tal como lo expone el apóstol Juan), hacía referencia al plan eterno que Dios hizo consigo mismo (no con otro), de algún día manifestarse en carne como el Cristo, como el Hijo, como el hombre perfecto. Ellos no quisieron entender, que el término Hijo aplicado a Jesucristo, lo presenta como un ser humano puro y perfecto. El Hijo se refiere a la manifestación de Dios en carne, la cual tuvo su comienzo cuando Cristo, el hombre perfecto (Efesios 4:13), fue engendrado en María. El Santo Ser que nació fue llamado Hijo de Dios (Lucas 1:35).

El término Hijo, aplicado al Señor Jesús, siempre indica que él es un verdadero ser humano, que como todos los seres humanos fue engendrado (Juan 3:16), fue concebido por una mujer (Gálatas 4:4), nació (Mateo 1:21-23), creció (Lucas 2:52), comió y bebió (Mateo 11:19) y murió (Romanos 5:10). El Hijo, como todos los demás hijos (es decir, como los demás hombres), participó de carne y sangre para poder redimirnos (Hebreos 2:14-15), pero su gran diferencia, es que él nunca hizo pecado ni se halló engaño en su boca (1. Pedro 2:22). Según el plan de Dios, sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22), pero ningún ser humano podía derramar sangre inocente a favor de la humanidad, por cuanto todos hemos pecado (Romanos 3:23). Por esta razón, Dios se preparó un cuerpo para entrar en el tiempo siendo semejante a nosotros (Hebreos 2:14-15), viviendo una vida humana en santidad, y por medio de su sacrificio en el cual se derramó sangre inocente, podemos obtener el perdón de Dios, sin que Dios comprometa su justicia (Romanos 3:25, Hebreos 10:10-20). Aquel que se manifestó como el Hijo, es el único Dios Eterno (Isaías 40:1-5, Miqueas 5:2, Zacarías 9:9).

Alrededor de 190-200 d.C., Teodoro el curtidor, apelando que ya que Jesús fue un humano, no tenía entonces el derecho de ser llamado Dios. Su sucesor, otro Teodoro, continuó defendiendo una opinión de Jesús como un hombre concebido sobrenaturalmente. En esa misma línea de pensamiento, Pablo de Samosata (200-275 d.C.) desarrolló una doctrina conocida como el adopcionismo (o monarquianismo dinámico), por medio de la cual declaraba que Jesús fue un hombre que llegó a ser El Hijo de Dios, al momento de su bautismo, como resultado de un acto adoptivo de Dios.

De igual forma, basado en las especulaciones de los apologistas griegos, un hombre llamado Tertuliano (c. 160-220 d.C.), que se había separado de la Iglesia Cristiana, y se había acogido a una rama de los montanistas (de la cual fue el líder), realizó muchos escritos en los que atacó a la iglesia del nombre de Jesús. Tertuliano desarrolló un concepto que presentaba un dios como la unidad de tres personas, y llamó a ese nuevo dios con el nombre de trinidad. Sin embargo, él no proclamó que esas tres personas fueran coiguales en majestad y atributos como se llegó a proclamar algunos años después. En uno de sus escritos, titulado “Contra Práxeas”, en el que atacó a este líder cristiano, Tertuliano declaró que la mayoría de creyentes de su tiempo aceptaban la Unicidad de Dios y que ellos estaban satisfechos con la creencia antigua de un solo Dios manifestado en carne. Tertuliano recomendó no llamarles ignorantes y no educados, y argumentó que ellos veían la doctrina que él enseñaba, como una proclamación politeísta de dos o tres dioses. A continuación una porción del tratado "Contra Práxeas".

“Los sencillos, de hecho (no los llamaré imprudentes e ignorantes), que siempre constituyen la mayoría de los creyentes, están alarmados con la dispensación (de los tres en uno), sobre la misma base en que su misma Regla de Fe les saca a ellos de la pluralidad de dioses del mundo al único Dios verdadero; no entendiendo que, aunque Él es el único Dios verdadero, uno tiene que creer en Él con su propia economía. Ellos consideran que el orden numérico y la distribución de la Trinidad son divisiones de la Unicidad.”

Hipólito (un subordinacionista), quien compartía las ideas de Tertuliano, en su obra Philosopheumena, señaló que Ceferino (quien fue obispo de Roma en el periodo 199-217 d.C.) creía en la Unicidad de Dios. Ceferino señaló a Tertuliano y a Hipólito como propagadores de falsas doctrinas. De igual forma, el obispo de Roma Calixto (quien sucedió a Ceferino, y que fue obispo en el periodo 217-222) creía en la Unicidad de Dios, siendo partidario de Cleómenes, Práxeas y Sabelio. El historiador Adolf von Harnack, a propósito del conflicto desatado entre Hipólito y los obispos Ceferino y Calixto, afirmó que la Unicidad de Dios era la posición mayoritaria de aquella época, siendo la fe común de la gente sencilla, y que esta fue modificada posteriormente por la influencia de la especulación que desarrollaron los apologistas griegos, quienes enseñaron que el logos era alguien distinto al Padre, lo que conllevó a la formulación de los dogmas trinitarios en los siglos IV y V. En pocas palabras, la Unicidad de Dios es el cristianismo sencillo y originario, de carácter adogmático, que tuvo que enfrentarse contra el dogma eclesiástico posterior, elaborado por filósofos, políticos e “intelectuales”.

Un poco más adelante, otro hombre llamado Orígenes (c. 185-c. 254), fue nombrado presbítero por los obispos de Jerusalén y Cesarea, que hicieron esto sin tomar consentimiento de Demetrio quien era el líder cristiano de esa región. Demetrio se opuso a este nombramiento. Para resolver la disputa se celebraron dos sínodos en Alejandría: en el primero se prohibió a Orígenes enseñar, mientras que en el segundo se le privó de su sacerdocio. Orígenes, basado en el neoplatonismo cristiano, tomó la doctrina errónea que sobre el Logos habían inventado los apologistas griegos, pero le agregó un nuevo componente, al enseñar la doctrina del Hijo eterno. La doctrina del Hijo eterno no había sido propuesta hasta su tiempo, y fue fundamental para el desarrollo que más adelante tuvo el dogma de la trinidad tal y como lo conocemos el día de hoy. Así, Orígenes enseñó que el logos era una persona distinta al Padre desde toda la eternidad. Sin embargo aún conservaba la subordinación del Hijo para con el Padre, y por ende, no creía que fueran iguales en majestad y atributos como lo enseña la doctrina moderna de la trinidad.

Así, de esta manera, en muchos lugares, muchos pensamientos heréticos se identificaban como si fueran la iglesia de Cristo, y confundían a la gente. Finalizando el siglo tercero, parece que la mayoría de los líderes de la iglesia había rechazado la Unicidad de Dios, y se habían adherido a las distintas corrientes, que presentaban a Dios y a Jesús siendo distintos.

No obstante, tenemos noticias de que un líder cristiano llamado Comodiano, enseñó en Roma poco antes de la persecución de Diocleciano (245-313 d.C.), y escribió poemas impregnados de la enseñanza de la Unicidad de Dios.

En las reuniones de adoración que celebraba la Iglesia Cristiana, se interpretaban las escrituras hebreas a la luz del evangelio, y también se estudiaban los libros del Nuevo Testamento, el cual era reconocido como inspiración divina. Los primeros escritores de la edad post-apostólica, se refirieron a los del libro del Nuevo Testamento como Palabra de Dios. Sin embargo, al pasar el tiempo, ellos reconocieron la necesidad de reunirlos como un solo tomo, estableciendo exactamente cuales libros debían ser considerados como Escritura. Se llama Canon, a la lista de libros aceptados como Escritura, los libros inspirados por Dios. Son varios los factores que motivaron a establecer el Canon.

Lo primero y más urgente, algunas personas, sobre todo en los movimientos heréticos, comenzaron a controvertir la opinión generalmente aceptada acerca de cuáles libros constituían la Escritura. Algunos grupos heréticos, especialmente los gnósticos, comenzaron a proponer que sus libros también fueran incluidos dentro de la Escritura. Otros grupos, en particular los Marcionitas, comenzaron a rechazar algunas porciones de la Escritura que ya habían sido aceptadas históricamente. También aparecieron, y comenzaron a circular algunos libros espurios, que falsamente alegaron una autoría apostólica.

En segundo lugar, la iglesia comenzó a reconocer su necesidad de asegurar el uso apropiado de la literatura para la instrucción doctrinal, para luchar contra las falsas doctrinas, y para la evangelización.

En tercer lugar, en tiempos de persecución, las autoridades paganas se esforzaron por confiscar y destruir la Escritura. En aquellos tiempos, los libros eran supremamente apreciados, porque tenían que ser copiados a mano, y en una congregación local, a menudo sólo había un ejemplar de la Biblia. Incluso, los cristianos viajaron hasta lugares lejanos, hasta arriesgando sus vidas, para proteger las copias de la Escritura. De este modo, los primeros cristianos necesitaban saber sin ninguna duda, cuáles libros tenían el valor de Palabra de Dios, para preservarlos a toda costa.

El canon fue realmente reconocido desde la etapa más temprana de este periodo. En las distintas iglesias locales (de los diversos lugares donde se extendía la iglesia), prácticamente hubo una aceptación universal acerca de cuáles eran los libros de la Escritura. Cuando se definió el Canon, ellos simplemente ratificaron que esos libros eran los que usaban como Escritura desde hacía muchos años.

La primera lista canónica que tenemos actualmente, proviene del fragmento de muratorian (c. 170 d.C.), el cual se refiere a 23 libros del Nuevo Testamento. Es probable que el resto no sean mencionados por una ruptura en el material. El canon que proporciona este fragmento, no consiste de una mera lista, sino de una encuesta, que suministra a la vez datos históricos y otra información acerca de cada uno de los libros. A principios del siglo III, el escritor Orígenes, se refiere a todos los 27 libros.

Cuando se analizan los escritos existentes, que produjo la cristiandad durante los siglos segundo y tercero, nos encontramos que estos citan todos (menos once) versículos del Nuevo Testamento. Se trata de un testimonio impresionante sobre como los primeros cristianos utilizaron los libros del Nuevo Testamento, y la forma en que estos han sido conservados a través de los siglos.

En la gran comisión, el Señor Jesucristo ordenó a sus discípulos a ir por todo el mundo a predicar el evangelio. Para facilitar el trabajo misionero, desde muy temprano, los cristianos sintieron la necesidad de traducir la Biblia a los idiomas de los diferentes pueblos y regiones a los que ellos evangelizaban, a fin de que la gente comprendiera más fácil el mensaje de Dios.

El primer idioma en el que se encontró la totalidad de la Escritura, fue el idioma griego, que era el idioma dominante de aquella época. El Antiguo Testamento fue escrito originalmente en Hebreo, y algunas pocas porciones en Arameo. Sin embargo, por el año 250 a.C., el rey egipcio Ptolomeo Filadelfo (quien era amante de la ciencias y las artes), patrocinó la traducción de la Biblia al idioma griego, que era la lengua dominante de aquella época. El trabajo de traducción se atribuye a 72 sabios judíos, y por eso recibe el nombre de Septuaginta LXX o versión de los Setenta, pero también es conocida como la versión Alejandrina, pues fue en la ciudad de Alejandría donde se realizó el trabajo de traducción. La Septuaginta fue bien recibida por los judíos de Alejandría que hablaban el griego, y cuando fue establecida la iglesia cristiana, la iglesia utilizó esta versión en griego sin reserva alguna. La mayoría de los textos del Antiguo Testamento citados por los evangelistas y los Apóstoles en el Nuevo Testamento, pertenecen a la versión LXX. El Nuevo Testamento fue escrito en griego, aunque algunos opinan que algunos libros, como el evangelio según Mateo y el libro a los Hebreos, fueron escritos originalmente en idioma hebreo.

Pero como la fe cristiana es una fe misionera, pronto aparecieron otras traducciones a otros idiomas importantes de ese tiempo, tales como el Sirio, el Latín y el Copto.

La versión Siriaca (o Aramea), también llamada Peshitta o traducción simple, fue terminada por el año 150 d.C. y la copia más antigua que existe de esta versión, data del año 400 d.C. Hoy hay más de 350 manuscritos de dicha versión que son del siglo V. Los monarcas sirio-helénicos de Adiabene, se habían convertido al judaísmo por el 40 d.C. y por esta razón, ellos promovieron la traducción del Antiguo Testamento al idioma sirio. Los cristianos se valieron de esa traducción, y complementaron la Biblia, al traducir también el Nuevo Testamento al idioma sirio. Por eso, se cree que el Sirio fue el segundo idioma en el que se tradujo la totalidad de la Santa Escritura.

Para el año 160 d.C. la Biblia ya había sido traducida al idioma latín. La Versión Copta o Egipcia, apareció a finales del tercer siglo. Otras versiones egipcias fueron la Sahídica y la Bahírica de principios del cuarto siglo.

A pesar de las oleadas de persecuciones en su contra, los cristianos aumentaron su fuerza y continuaron en su campaña de ganar más personas, siendo su número cada vez mayor. Al final de este periodo y por el año 313, Constantino, el hijo de Constancio, como co-emperador, expidió su memorable Edicto de Tolerancia (o Edicto de Milán), en el que afirmaba que el cristianismo era aprobado por el imperio, que su adoración era legal y que cesaba toda persecución contra el mismo. Vale aclarar, que el Edicto de Milán, consideraba como cristianos, a todos aquellas personas que se identificaran como tal, sin prestar atención a su profesión de fe.



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7. El Movimiento Pentecostal Moderno (1901 – hasta hoy)

jueves, 1 de enero de 2009

Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús (Parte 1) - La Iglesia Primitiva (30 d.C – 100 d.C.)

Por Julio César Clavijo Sierra
Capítulo 1 del libro: Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús
A continuación presentamos una breve reseña histórica de la Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús.

Esta historia la consideramos dividida en estos siete periodos:

1. La Iglesia Primitiva (30 d.C – 100 d.C.)
2. La iglesia durante las persecuciones imperiales (100 d.C. – 313 d.C.)
3. La Iglesia durante el desarrollo de la Iglesia Católica Romana (313 d.C. – 476 d.C.)
4. La Iglesia durante el periodo medieval (476 d.C. – 1453 d.C.)
5. La Iglesia durante el periodo de la reforma protestante (1453 d.C. –1648 d.C.)
6. La Iglesia durante los movimientos de reactivación en la era moderna (1648 d.C. –1900 d.C.)
7. El Movimiento Pentecostal Moderno (1901 – hasta hoy)


1. LA IGLESIA PRIMITIVA
Desde la venida del Espíritu Santo, 30 d.C.
Hasta la muerte del apóstol Juan, 100 d.C

La iglesia de Cristo empezó su historia como un movimiento mundial el día de Pentecostés, a fines de la primavera del año 30 d.C, cincuenta días después de la resurrección de nuestro Señor, y diez días después de la ascensión. En aquella oportunidad, descendió sobre unas 120 personas el Espíritu Santo de la promesa.

La Iglesia comenzó en la ciudad de Jerusalén, y evidentemente se limitó a aquella ciudad y a sus alrededores durante los primeros años de su historia. Todos los miembros de la iglesia eran judíos; y hasta donde podemos percibir, ninguno de ellos, ni aún los de la compañía apostólica, soñaban al principio que los gentiles pudieran ser admitidos como miembros.

Al principio, la Teología de la Iglesia era simple, y consistía principalmente en

1. La enseñanza del misterio de la piedad (o de la voluntad de Dios), es decir que el único Dios (conforme a su plan eterno), fue manifestado en carne como hombre (como Hijo), y cumpliendo esa función de Hijo, murió y resucitó para darnos salvación, ascendió a los cielos con un cuerpo glorificado y volverá por segunda vez para juzgar a todos los seres humanos.

2. La predicación del plan de salvación neotestamentario, que consiste en el verdadero arrepentimiento, el bautismo en agua en el nombre de Jesús, y el bautismo del Espíritu Santo.

3. La permanencia en una vida de santidad, conforme a la nueva vida en Cristo.

Al parecer, hasta el concilio de Jerusalén en el año 50 d.C., ningún libro del Nuevo Testamento había sido escrito, y la iglesia dependía para su conocimiento de la vida y enseñanzas del Salvador, que aún estaban en la memoria de los discípulos primitivos.

Jesús y los apóstoles, aceptaron las Escrituras hebreas, nuestro Antiguo Testamento, como la Palabra de Dios. Después de la fundación de la iglesia en el día de Pentecostés, el Espíritu Santo inspiró a los apóstoles y a otros creyentes, a escribir nuestro Nuevo Testamento. Es evidente que la iglesia primitiva aceptó esos documentos como inspirados, en el momento en que fueron escritos. Los primeros cristianos se dieron cuenta de que en los apóstoles habían autoridad única, pues fueron escogidos directamente por Cristo, como testigos suyos. Ellos estaban felices de haberse establecido sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo Jesucristo mismo el fundamento de su fe. Al finalizar este periodo, ya todo el Nuevo Testamento estaba en circulación. Estas son algunas de las fechas aceptadas, referentes a la redacción de las distintas versiones del evangelio: Marcos (año 68-73 d.C.), Mateo (70-100 d.C.), Lucas (80-100) y Juan (90 – 100 d.C.). Cuando se terminó de escribir el Nuevo Testamento (por la revelación del Espíritu Santo), la doctrina cristiana estuvo completa.

El amor de Cristo que ardía en el corazón de estas gentes, hacía que también mostraran amor hacia sus condiscípulos, una unidad de espíritu, un gozo en la comunión, y especialmente un interés abnegado en los miembros necesitados de la Iglesia.

Por lo general la Iglesia no tenía faltas. Era poderosa en la fe y en el testimonio, pura en su carácter, y abundante en el amor. Pero su singular defecto era su falta de celo misionero. Permaneció en su propio territorio cuando debió haber salido con el evangelio a otras tierras y a otros pueblos. Necesitaba el estímulo de la severa persecución para que la hiciera salir a desempeñar su misión mundial; y verdaderamente recibió tal estímulo. Las primeras persecuciones contra los cristianos fueron infligidas por los judíos, persecuciones en las que Pedro y Juan fueron encarcelados en más de una ocasión, y Esteban y Jacobo murieron como mártires.

Después de la muerte de Esteban, Felipe encontró refugio entre los samaritanos, una gente mixta, que no era judía ni gentil, pero que eran despreciados por los judíos. Más tarde, Pedro predicó el evangelio a Cornelio y a sus amigos, y durante esa predicación el Espíritu de Dios testificó su aprobación divina por un derramamiento semejante al del día del Pentecostés. Inmediatamente fueron recibidos en la iglesia por el bautismo en el nombre de Jesús. De esta manera fue decretada la predicación del evangelio a los gentiles y su aceptación en la Iglesia.

En toda la historia del cristianismo ninguna conversión a Cristo trajo consigo resultados tan importantes como la de Saulo (nombre judío) el perseguidor, que fue el apóstol Pablo (nombre griego). Este (por medio de su esfuerzo misionero) conquistó a muchas almas para Cristo en gran parte del imperio Romano. Los gentiles podían entrar al redil cristiano por medio de una fe sencilla en Cristo y una vida recta, sin someterse a requisitos propios de la Ley de Moisés. Con esta resolución se completó el periodo de transición de una Iglesia cristiana judía a una Iglesia para toda raza y país; y el evangelio podía ahora seguir adelante en constante expansión. Alrededor de dos generaciones después de la muerte de Cristo, la iglesia cristiana se había extendido por casi todo el Imperio Romano.

Como ya hemos visto, fueron muchos los factores que contribuyeron a que el evangelio se propagara: Los judíos que habían sido testigos de los acontecimientos del Pentecostés llevaron el mensaje de salvación cuando regresaron a sus hogares (Hechos 2). Dios le reveló a Pedro que también los gentiles debían ser incluidos en la iglesia (Hechos 10). La lapidación de Esteban y las persecuciones de Saulo en las que fueron dispersados los primeros cristianos que llevaron el evangelio a dondequiera que iban. Y el trabajo de misioneros (tales como Pablo) que llevaron el evangelio a muchas localidades paganas.

Los romanos tuvieron poco interés en las disputas iniciales entre la iglesia cristiana y los judíos. Cuando Pablo estaba en Corinto y fue arrastrado por una turba judía hacia el tribunal del gobernador romano Galión, dicho gobernador dijo no tener nada que ver con ese caso y echó del tribunal a aquellos judíos. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, la actitud hacia los cristianos se sometió a un gran cambio.

Durante el reinado del emperador Nerón, en el 64 d.C., un incendio estalló en Roma. Durante seis días y seis noches el fuego ardió, y la mayor parte de la ciudad de Roma fue reducida a cenizas. Se corrió el rumor de que Nerón mismo era el culpable de haber encendido a la ciudad con fuego, lo que despertó gran odio del pueblo de Roma contra el Emperador. Para alejar este odio, Nerón acusó a los cristianos de haber incendiado a Roma. A pesar de que esta fue una acusación falsa, un gran número de cristianos fueron detenidos, y a esto siguió una terrible persecución en la que muchos cristianos fueron asesinados, algunos incluso fueron crucificados. El punto culminante de este espectáculo de horror, es que después del anochecer los cristianos fueron quemados en hogueras para dar luz al jardín de Nerón, mientras que Nerón montado en su carruaje, se paseaba alrededor disfrutando de la escena.

El último sobreviviente de los doce apóstoles fue Juan, que moraba en Efeso hasta el año 100 d.C. Para este año, miles de creyentes habían sido asesinados por causa de su fe. Dos emperadores: Nerón y Domiciano ya habían perseguido la Iglesia y empezaban también a levantarse falsas doctrinas.

Al leer las últimas epístolas y el libro del Apocalipsis, encontramos mezcladas luz y sombras en el mensaje a las siete iglesias. Las normas de carácter moral eran elevadas pero el tono de la vida espiritual era inferior de lo que había sido en los días primitivos apostólicos. Sin embargo, en todas partes la Iglesia era fuerte, activa, creciente y se levantaba a dominar por todos los ámbitos del Imperio Romano.

Es interesante notar el estado del cristianismo a fines del primer siglo, alrededor de setenta años después de la ascensión de Cristo. Para esta fecha había familias que por espacio de tres generaciones habían sido seguidoras de Cristo.


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