sábado, 3 de enero de 2009

Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús (Parte 3) - La Iglesia durante el desarrollo de la Iglesia Católica Romana (313 d.C. – 476 d.C.)

Por Julio César Clavijo Sierra
Capítulo 3 del libro: Historia de la Iglesia del Nombre de Jesús
3. LA IGLESIA DURANTE EL DESARROLLO DE LA IGLESIA CATOLICA ROMANA
Desde el edicto de Tolerancia, 313 d.C.
Hasta la caída de Roma, 476 d.C.

El hecho más notable de este periodo, fue el desarrollo y la aprobación oficial del dogma de la trinidad, que suplantó el verdadero monoteísmo bíblico.

Con la expedición del Edicto de Tolerancia, ya no fue una vergüenza ser cristiano, sino que más bien fue considerado un honor. Llegar a ser cristiano ofrecía numerosas ventajas materiales, y como resultado, miles de paganos, se sumaron de manera aparente a la iglesia, a fin de garantizar intereses políticos, militares, u otras promociones especiales. A su vez, por los muchos favores concedidos a la iglesia, Constantino exigió a la iglesia que le permitiera influir en sus asuntos y políticas.

Realmente la idea inicial de Constantino, era una de tolerancia hacia todas las formas religiosas presentes en el Imperio Romano, pues su interés era procurar la unidad del imperio, y según su pensamiento, esa unidad dependía también de la unidad de las religiones allí presentes. Constantino visualizó el cristianismo como una religión que pudiera unir al Imperio Romano, el cual en ese tiempo comenzaba a fragmentarse y dividirse. Mientras esto hubiera parecido ser un desarrollo positivo para la iglesia cristiana, el resultado fue todo menos positivo. Al igual que Constantino se negó a adoptar de lleno la fe cristiana, sino que continuó con muchas de sus creencias y prácticas paganas; así también la iglesia cristiana que Constantino promovió era una mezcla del verdadero cristianismo con el paganismo romano. Constantino descubrió que con la gran extensión del Imperio Romano, tan diverso y expansivo, no todos accederían a renunciar a sus creencias religiosas y abrazar el cristianismo en su lugar. Así que Constantino permitió, y aún promovió la “cristianización” de la creencias paganas. Y así, creencias completamente paganas y totalmente antibíblicas le dieron nuevas identidades al “cristianismo”.

Además, muchos de los que a principios del siglo IV se consideraban cristianos, se habían apartado de la fe original, se habían sumado al pensamiento especulativo de la filosofía griega y negaron la absoluta Deidad de Jesús, considerándolo como alguien diferente a Dios el Padre. No obstante, algunos aun permanecían fieles a la fe original, confesando el misterio de la piedad, entendiendo que Jesús es Dios mismo, manifestándose o dándose a conocer en la carne.

Alrededor de 318 d.C., en Alejandría (Egipto), estalló una fuerte controversia de especulación filosófica, entre dos corrientes originadas en el “neoplatonismo cristiano”, que llevaron a la iglesia reorganizada por Constantino, a definir su doctrina acerca de Dios. La controversia surgió, a causa de la doctrina de un hombre influyente llamado Arrio, que enseñaba que Jesús fue el primer ser creado por Dios, y por esa razón no era Dios mismo. Para Arrio, Jesús era el ser creado más exaltado, el agente supremo de Dios, y en efecto, un semidiós. Un líder de Alejandría llamado Alejandro, quien pensaba que Jesús era distinto pero coigual con el Padre, convocó a un sínodo en el que Arrio y sus seguidores fueron excomulgados de esa principal corriente neoplatónica de Alejandría. Como acto seguido, Arrio y Alejandro, realizaron campañas proselitistas, a fin de persuadir a obispos de distintas partes del imperio, para que se les adhirieran, y el conflicto amenazaba con perturbar la unidad de la iglesia reorganizada por Constantino.

A Constantino llegaron noticias de esa controversia, quien no le dio importancia a las diferencias entre las dos corrientes, sino más bien, su preocupación se enfocó en que esta podía conllevar a la división de su imperio. Él no estaba parcializado con ninguna posición en particular y lo único que deseaba es que se llegara a un acuerdo. A él le daba lo mismo que cualquiera de esas posiciones se impusiera sobre la otra. El poder de la religión jugó tan grande rol en la estabilidad del Imperio Romano del cuarto siglo, que las agitaciones religiosas debieron ser traídas bajo el control del Estado, a fin de que no interrumpieran la unidad política. Constantino determinó resolver la disputa por medio de unas cartas conciliadoras enviadas a cada facción, urgiendo a la reconciliación de las diferencias:

“Constantino el Víctor, Supremo Augusto, a Alejandro y Arrio... cuán profunda herida han recibido no sólo mis oídos sino también mi corazón del reporte de que existen divisiones entre ustedes....habiendo investigado cuidadosamente el origen y fundamento de estas diferencias, encuentro que sus causas son de una naturaleza verdaderamente insignificante, totalmente indignas de semejante enconada contención.”

Cuando el esfuerzo inicial de Constantino falló para resolver la disputa, él convocó a un concilio que diera fin a la controversia. Dicho concilio le ofreció la oportunidad de unir a todo el Imperio Romano bajo una misma religión. Con la construcción de una nueva religión con un pie en el cristianismo (que no podía ser aniquilada) y el otro pie en el paganismo (que ya estaba arraigado en el pueblo), la doctrina resultante se convertiría en una funcionaria del Estado.

La fecha señalada fue comenzando el verano del 325 d.C., y el escenario fue el agradable pueblo a un lado del lago llamado Nicea, en el noroeste de Turquía, donde Constantino tuvo un adecuado palacio espacioso. El concilio comenzó el 20 de mayo y terminó el 25 de julio. Se llegó al acuerdo de que al finalizar el Concilio, todos los participantes deberían firmar una profesión de fe o credo y Constantino amenazó que aquel que no firmara sería excomulgado. El concilio fue presidido por el propio Constantino, quien no entendía muy bien sobre la discusión.

Eusebio de Cesarea, historiador y apologista de Constantino, describió así la inauguración del Concilio: “El momento de la aproximación del emperador fue anunciado por una señal dada, todos se levantaron de sus sitios, y el emperador apareció como un mensajero celestial de Dios, cubierto con oro y gemas, una presencia gloriosa, muy alta y esbelta, llena de belleza, fuerza y majestad”. El mismo Eusebio, se desempeñó como asesor de Constantino durante el concilio, y se sentó a la diestra del emperador, ocupando esa alta posición de honor.

Asistieron alrededor de 250 a 300 obispos, que constituían una sexta parte de la representación de toda la cristiandad. Y casi todos ellos fueron griegos que bordeaban el Mediterráneo oriental. Solo asistieron 7 representantes de la parte occidental del imperio. Pronto se hizo evidente que los participantes estaban divididos en tres grupos: 1) una minoría seguidora de Arrio, 2) una minoría seguidora de Alejandro y Atanasio, y 3) una mayoría que no entendió la discusión pero que anhelaba un acuerdo. Aunque Atanasio era un hombre joven (de unos 25 años) y de baja jerarquía eclesiástica, se convirtió en el líder de su partido, a causa de su elocuencia durante el concilio y de su decisivo liderazgo después del concilio de Nicea.

Finalmente triunfó la posición de Atanasio sobre la de Arrio, y se redactó el Credo de Nicea. Dicho Credo afirmó que el Padre y el Hijo siendo distintos componían un Dios. El credo manifestó una creencia en el Espíritu Santo, pero no mencionó con exactitud lo que el Espíritu significaba para ellos. La expresión “engendrado no hecho” era una clara evidencia de neoplatonismo y las frases “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero” son simplemente blasfemias, pues indican que el único y poderoso Dios tiene a un Dios verdadero. Así, fue Constantino quien por edicto oficial llevó al Cristianismo a la creencia en la división formal de la Deidad en dos ("Dios el Padre" y "Dios el Hijo").

La vida personal de Constantino no deja mucho que desear y también ha sido puesta en duda la sinceridad de su conversión al cristianismo. Muchas ideas nuevas entraron a la iglesia desde esa alianza con el imperio, y más tarde pasaron a formar parte como dogmas de fe, a pesar de que carecían de fundamento bíblico. Sin embargo, en su alegría de que las persecuciones llegaron a su fin, muchos cristianos aceptaron con entusiasmo el dogma trinitario y otras muchas creencias inventadas por el hombre. Como Pedro lo había advertido previamente, de nuevo se enredaron con la contaminación del mundo. (Véase 2. Pedro 2:20-22).

El emperador Constantino trasladó la capital del imperio a Constantinopla (Hoy en día Estambul) en el año 330.

Los defensores de las doctrinas de Atanasio y de Arrio, eran religiosos y políticos. Ellos fueron partidarios indiscutibles de una fuerte relación entre la Iglesia Católica Romana y el Estado. Así, estos sacerdotes se dividieron en partidos religiosos que gozaban de beneficios si alcanzaban el favor del emperador de turno.

Luego de la formulación del credo de Nicea, Arrio no se quedó quieto. Él era políticamente poderoso e influía de tal manera que sus opiniones eran sostenidas por muchos de las clases más elevadas. Unos años después, Arrio le envió una carta conciliatoria al emperador Constantino y de esa manera se reabrió el asunto doctrinal de Nicea. Constantino cambió de parecer y se congratuló con las enseñanzas de Arrio. Se convocó a un nuevo concilio que se celebró en la ciudad de Tiara en el año 335, y allí se aceptó la “doctrina” arriana en lugar de la atanasiana. Constantino exilió a Atanasio y estuvo a punto de reincorporar a Arrio, cosa que hubiera hecho si a Arrio no le hubiera sorprendido la muerte. Algunos piensan que Arrio fue asesinado.

En el año 336, fue convocado un sínodo en Constantinopla, donde Marcelo de Ancira fue desterrado por la iglesia romana, acusado de enseñar la Unicidad de Dios. El libro que le hizo famoso, fue su tratado contra Asterio, que fue la más importante de sus obras. Por desgracia, no sabemos ni siquiera su título. En un concilio celebrado en Sárdica en el año 343, se aseguró que Marcelo creyó que el Verbo (logos o palabra) era el eterno plan de Dios para con el hombre, por consiguiente, la Palabra solo empezó a ser Hijo a partir de la encarnación (ya que el Hijo es la Palabra hecha carne). De esta manera, Marcelo contrarrestó la posición de la iglesia romana, de que el Verbo (La Palabra) era una persona eterna que estuvo con Dios desde la eternidad. Marcelo también escribió algunas obras en contra de los arrianos, pero ninguna de estas se han conservado.

Fotino de Sirmio, fue un discípulo de Marcelo de Ancira. Fotino consideró a la Palabra (Logos o Verbo) de Dios, como la facultad de Dios para auto revelarse o darse a conocer al hombre. Recalcó que no había ningún “Hijo trinitario” o “Hijo Eterno”, ya que el Hijo no existió antes de nacer, porque en la Biblia se entiende por Hijo de Dios, a la manifestación de Dios en carne como Cristo, el hombre perfecto. Contra él escribió Audiencio, un obispo español católico romano, que en el libro titulado De fide adversus omnes haereticos,se dirigió a sus seguidores como fotinianos (también conocidos como bonosiacos). En el concilio de Sirmio, realizado en el 351 d.C. se lanzaron anatemas contra Fotino y sus seguidores.

A Constantino lo sucedió su hijo Constancio II (317-361 d.C.). Constancio defendió la “doctrina” arriana, y la impuso en el imperio. Durante el tiempo de Constancio II el arrianismo fue la posición doctrinal oficial de la Iglesia Católica Romana.

Luego de Constancio II vino Juliano (331-363 d.C.). Juliano, aún cuando estuvo más cerca del arrianismo que del atanasianismo, quiso restituir la forma del antiguo paganismo como la religión oficial del imperio.

Después de Juliano, vino Teodosio I el grande (346-395 d.C.). Teodosio I, fue partidario de los sacerdotes atanasianos. Por eso para el año 381 d.C. convocó a un concilio que se realizó en la ciudad de Constantinopla, con el objetivo de reafirmar la fe atanasiana que se había proclamado en el 325 d.C. en Nicea, y que se había reemplazado en el 335 d.C. en Tiara.

Dámaso I, fue elegido como el obispo católico de Roma en octubre del año 366 d.C. No obstante, Ursino que había reunido algunos pocos votos, se levantó en protesta. Dos años necesitaría Dámaso para imponerse en la contienda; los enfrentamientos entre ambos bandos cobraron tal violencia y fueron tan sangrientos que en una de aquellas batallas campales se recogieron 137 muertos en un solo día. Sus adversarios llegaron a acusarle de asesinato y Dámaso tuvo que defenderse ante un tribunal imperial. En el año 378, Dámaso fue absuelto, en tanto que Ursino desterrado. Una vez que consolidó su poder, Dámaso aprovechó todas y cada una de las oportunidades para hacer guerra contra aquellos a quienes él consideraba herejes. Dámaso I, fue claro en condenar a los que él llamaba seguidores de Sabelio.

Dámaso I, fue un invitado de honor al concilio de Constantinopla del año 381. Allí, se negó a ratificar las decisiones de dicho concilio, en tanto que éste no declarara explícitamente que el patriarca de la nueva ciudad imperial en el Oriente no tendría nunca primacía sobre el obispo de Roma. Dámaso I fue el primero en llamar Sede apostólica a la sede romana. Bajo su pontificado el latín llegó a ser la lengua oficial y obligatoria de la Iglesia Romana.

El anterior credo de Nicea, simplemente expresaba la creencia en el Espíritu Santo, pero no definía claramente lo que significaba para ellos. Era muy probable que significara la creencia en una energía sobrenatural. Sin embargo, fue en el Concilio de Constantinopla donde por fin se expuso que Dios era tres personas eternas (sin que por esto ya se hubiera alcanzado por completo el desarrollo del dogma trino). En el Concilio de Constantinopla se declaró al Espíritu Santo como una tercera persona eterna. Este concilio trajo como resultado la adición de algunas declaraciones al credo de Nicea. Este nuevo credo reformado, ha recibido el nombre de credo nicenoconstantinopolitano. El emperador Teodosio I, endosó las decisiones del concilio y les dio fuerza de ley. (Sin embargo, dicho credo no fue aceptado por Roma sino hasta el concilio de Calcedonia en el año 451).

El emperador Teodosio I, ya perseguía desde el año 381 a todos aquellos grupos que tenían una confesión diferente a la fe trinitaria, cuando, mediante el decreto del 10 de enero, ordenó a todas las Iglesias sin excepción unirse a los ortodoxos (así fue llamada la iglesia trinitaria) y a no tolerar más el culto «hereje». Por doquier se les persiguió con rigor. Mediante una fórmula creada en su reinado, su ejército tenía que jurar, por la Santísima Trinidad y por el emperador, y amar y honrar a éste inmediatamente por detrás de la Trinidad. Se prohibió a los cristianos no trinitarios el derecho de reunión, de enseñanza, de discusión y de consagración de sus pastores. Se confiscaron sus iglesias y centros de reunión, que pasaron a manos de los obispos católicos o del Estado, y se limitaron sus derechos civiles. Se les impidió el acceso a los cargos estatales, se les negó la capacidad de legar y heredar, amenazándoles de vez en cuando con el embargo de sus bienes, el destierro y la deportación. La policía estatal debía seguir la pista de todos los «herejes» y llevarlos ante los tribunales. Incluso muchas veces se recurría a la tortura.

El Concilio de Constantinopla, en el año 381, condenó específicamente el bautismo en el nombre de Jesús, etiquetándolo con desprecio como el bautismo sabeliano, al cual describió como prevaleciente en Galacia. Una interpolación del cuarto o quinto siglo a la obra “Constituciones de los Santos Apóstoles” condena a los que realizan “una sola inmersión, la cual es dada en la muerte de Cristo y exige que todos los bautismos se realicen por tres inmersiones en la fórmula trinitaria. Una variante oriental de este pasaje une aun más la inmersión única en Cristo con los creyentes en la Unicidad de Dios, a quienes apoda con el nombre de monarquianos. Por tanto, ésta variante insiste que el candidato bautismal sea enseñado que el Padre o el Espíritu Santo no vino en la carne y que el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo.

Ese mismo año siguieron algunos otros decretos de religión a favor de los católicos y para combatir a sus oponentes. Cuando la Iglesia Católica Romana, se impuso como la religión oficial del imperio, esta inició una persecución contra todos aquellos que se opusieran al dogma de la trinidad, catalogando sus creencias como herejías, y destruyendo todos sus escritos; razón por la cual, en los días actuales no contamos con el pensamiento de primera mano de aquellos monarquianos, sino que la información que obtenemos acerca de ellos, proviene de escritores católicos que estaban en abierta oposición contra los mismos.

El término monarquiano (o monarquita), fue atribuido a todos aquellos que mantenían la doctrina de que Dios es un sólo Rey (o monarca), y que Dios no es una pluralidad de "personas divinas". "La palabra monarca viene de dos palabras griegas; mono que significa solo, y arca que significa mando, gobierno. Monarca, pues, quiere decir el que ejerce el mando por sí solo, aquel en quien está concentrado el monopolio del poder... esto es, significa el rey absoluto". Así, monarquianismo fue un término que se utilizó en contra de la idea trinitaria de un Dios compuesto por tres. Aunque los adopcionistas (que sostenían que Jesús era sólo un ser humano que en su bautismo había sido "adoptado" por el Padre) también fueron llamados monarquianos, éste término identificó mayormente a los antiguos creyentes en la Unicidad de Dios. Muy recientemente, en el siglo XIX, se acuñó el término modalismo, para diferenciar claramente entre el adopcionismo (o monarquianismo dinámico) y el monarquianismo modalístico. El término monarquianismo modalístico, fue inventado para referirse a los antiguos creyentes en la Unicidad de Dios, por su creencia en que el único Dios (y Rey) se manifestó de diversos modos (incluso más de tres).

Los monarquianos modalistas, mantenían la creencia original de que existe un Dios único, que es Espíritu, y que fue manifestado en carne como Jesucristo con el propósito de redimir al hombre. Así, los creyentes en la Unicidad Monárquica, aceptaban firmemente que Jesús es Dios. 

Los historiadores coinciden en que aquellos que fueron etiquetados como monarquianos modalistas, estaban en abierta oposición contra el arrianismo, porque el monarquianismo modalista aceptaba que Jesús es el verdadero Dios que al manifestarse en carne como un hombre, nació de una virgen, mientras que el arrianismo negaba estas dos cosas.

Asimismo, el monarquianismo modalista se oponía fuertemente al trinitarismo, ya que el monarquianismo no aceptaba que Dios fuera una pluralidad de tres personas divinas y distintas, sino que enfatizaba categóricamente la Unicidad de Dios. Aunque los monarquianos modalistas usaban los términos Padre, Hijo y Espíritu Santo, el uso y significado que ellos les daban, era totalmente diferente al que atribuían los trinitarios a estos mismos términos. De acuerdo con la concepción trinitaria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, eran cada una de las tres personas de la trinidad. En cambio, los monarquianos modalistas explicaban que de acuerdo con la Biblia, estos términos nunca pretendían hacer distinciones de tres personas eternas dentro de la naturaleza de Dios, sino que simplemente se referían a modos (o manifestaciones) de Dios. En otras palabras, Dios es un ser individual y único, y los diversos términos usados para describirle (tales como Padre, Hijo, y Espíritu Santo) son designaciones aplicadas a las diferentes formas de su accionar o a las diferentes relaciones que Él tiene para con el hombre.

Algunos teólogos trinitarios, explicaron que la concepción monarquiana modalista, era que Dios se había manifestado secuencialmente, primero como Padre, luego como Hijo, y finalmente como Espíritu Santo; argumentando que según esta doctrina, Dios es el Padre cuando estuvo inicialmente en los cielos, dejó de ser Padre y se convirtió en Hijo cuando se encarnó y convivió con los hombres, y dejó de ser Hijo para ser el Espíritu Santo, cuando tras abandonar el mundo, intervino en la vida de los hombres. No obstante, no está claro que esta haya sido verdaderamente la posición modalista, sino que ellos más bien creyeron que Dios tuvo el poder de ejercer simultáneamente los oficios de Padre y de Hijo durante el plan redentor, de manera que Jesús es simultáneamente Dios y hombre, Padre e Hijo.

Por ese tiempo, los creyentes en la Unicidad de Dios, también fueron apodados como Patripasianos, debido a que anteriormente, Tertuliano los había acusado de proclamar que el Padre sufrió y murió. Sin embargo, aquellos cristianos negaban la acusación de Tertuliano. Entonces, el término patripasiano, representa una mala interpretación de la Unicidad de Dios por parte de los trinitarios, porque aquellos cristianos no enseñaban que el Padre es el Hijo, sino que el Padre es una referencia a Dios como el creador y origen de todo (1. Corintios 8:4), mientras que el Hijo es una referencia a la encarnación de ese único Dios como el hombre perfecto (Efesios 4:13). Los creyentes en la Unicidad de Dios enseñaban que el tema principal de la Santa Escritura, es que Dios mismo se ha convertido en nuestro salvador (Isaías 9:6, 53:22, Mateo 1:23, 1. Timoteo 3:16). Dios mismo se manifestó como el Hijo (Lucas 1:35), el Cristo (Mateo 16:16), el hombre perfecto (Efesios 4:13), para poder redimir a la humanidad caída (Hebreos 2:14-18). La carne no era el Padre, sino que el Padre estaba en la carne. Así entonces, aquellos cristianos nunca enseñaron que el Padre sufrió o murió físicamente.

Aurelio Prudencio Clemente, un poeta lírico nacido en Calahorra en el 348 d.C., fue un miembro de la aristocracia hispano-romana, quien llegó al puesto de consejero privado del emperador Teodosio. En una poesía titulada apoteosis, emprende contra los miembros de la Iglesia del Nombre de Jesús, llamándolos primero patripasianos, quienes según él, no admitían alguna distinción de personas en la trinidad y atribuían la crucifixión al Padre. Luego los llama sabelianos o unionistas, y dice que ellos son profanadores de Cristo por no aceptarlo como la segunda persona de la trinidad.

En el año 385, un español de nombre Prisciliano (apróx. 340 – 385), fue torturado y decapitado junto con algunos de sus seguidores, por la Iglesia Católica a través de una institución civil (secular), sentando así los precedentes de la Inquisición. La acusación contra Prisciliano, es que este no aceptaba el dogma de un dios compuesto por personas divinas, alineándose con posiciones sabelianitas. Sin embargo, resulta difícil definir el sentido exacto de las creencias reales de Prisciliano, debido a la destrucción de sus escritos, al igual que por la difamación que recibió por parte de sus contradictores. Desde el punto de vista social, el priscilianismo condenaba la esclavitud y concedía gran importancia a la mujer.

Al final del cuarto siglo y a comienzos del quinto siglo, la cristiandad había evolucionado por la mayor parte en lo que llegó a ser conocida como la Iglesia Católica Romana. Al parecer, el hablar en lenguas prácticamente había desaparecido de la mayor parte donde hacia presencia esa iglesia apóstata, pero la memoria del hablar en lenguas permanecía en cierta magnitud. Juan Crisóstomo (345-407), el obispo de Constantinopla, escribió un comentario acerca de 1 Corintios 12:

“Todo este pasaje es muy oscuro: pero la oscuridad se produce por nuestra ignorancia de los hechos que a los cuales se refiere y por su cesación, siendo que antes sucedían pero que ahora ya no ocurren . . . Bueno, ¿qué, entonces, sucedía? Quienquiera que fuera bautizado inmediatamente hablaba en lenguas . . . Ellos recibieron el Espíritu inmediatamente después de su bautismo . . . empezaban a hablar, uno en el idioma de los persas, otro en el idioma de los romanos, otro en el idioma de los de la India, o en algún otro idioma. Y esto revelaba a los ajenos que era el Espíritu dentro del que hablaba.”

Agustín (354-430) testificó que la iglesia de su día, no esperaba hablar en lenguas al recibir el Espíritu Santo, pero confesó que antes este era el caso:

“Porque el Espíritu Santo no solo se da por la imposición de manos en medio del testimonio de milagros sensatos y temporales, tal como fue dado en los días anteriores . . . Porque en estos días ¿quién espera que aquellos sobre quienes se ponen las manos para que puedan recibir que el Espíritu Santo deben empezar inmediatamente a hablar en lenguas?”

Evidentemente algunos de los que Agustín consideraba herejes, creían en recibir el Espíritu Santo con la evidencia de hablar en lenguas. Él trató de refutarles por el siguiente argumento: (1) El hablar en lenguas no tiene valor sin el amor (1 Corintios 13); (2) El amor solo viene por el Espíritu (Romanos 5:5); (3) Ellos no tenían el Espíritu porque ellos no pertenecían a la Iglesia Católica; y (4) En todo caso, ya nadie esperaba hablar en lenguas.

En la segunda mitad del siglo quinto, apareció un nuevo credo que ha sido conocido como el credo de Atanasio, que fue redactado sin la autoridad expresa de ningún concilio. Aun cuando el credo recibe el nombre de Atanasio, se sabe que Atanasio no fue el autor, pues él murió en el año 373 d.C. Este credo es una fiel representación de la doctrina trinitaria tal y como fue desarrollada por Agustín de Hipona y pudo haber sido obra de varios autores. “Fue mencionado por primera vez como credo, alrededor del año 542, por el teólogo Cesáreo de Arlés. Durante el siglo XIII, el credo de Atanasio fue puesto en el mismo plano de importancia que los credos apostólico y de Nicea”.

Este credo presenta la declaración antigua más completa de la doctrina trinitaria. Así “el trinitarismo no logró su forma actual hasta el fin del cuarto siglo y sus credos definitivos no tomaron su forma final sino hasta el quinto siglo”. Se necesitaron 470 años aproximadamente (después del Pentecostés) para debatir, predicar, enseñar y aprobar mediante concilios, lo que hoy en día se conoce como el misterio de la santísima trinidad.

El Credo de Atanasio, contiene lo que hoy se conoce como la principal enseñanza del catecismo católico. Un fragmento de ese credo dice: “La fe católica es esta, que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad, sin confundir las personas ni separar las sustancias. Sin embargo, la naturaleza divina no subsiste en una sola persona o Hypostasis, sino en tres personas, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.

Los trinitarios de ayer y de hoy, creen que la Santa Escritura presenta la doctrina de Dios de una manera embrionaria, infantil, no formada, o como un capullo de doctrina; mientras que sus “símbolos de fe” (especialmente el Credo de Atanasio), sí presentan la doctrina sobre Dios de una manera desarrollada, madura, formada, o como una flor doctrinal. Con eso, ellos demuestran que no creen que la Biblia sea suficiente en materia de fe, pues piensan que esos escritos post-bíblicos son superiores a la Biblia. Esta es una constante de todas las sectas, que se caracterizan por confiar más en otros ciertos escritos, que en la Biblia. Las sectas trinitarias (en sus ramas católica romana, ortodoxa griega o protestante), al igual que otras sectas como los “testigos de Jehová”, los mormones y la “ciencia cristiana”, hacen uso de escritos extrabíblicos para reinterpretar la Escritura.

“¿Hasta cuándo estará esto en el corazón de los profetas que profetizan mentira, y que profetizan el engaño de su corazón? ¿No piensan cómo hacen que mi pueblo se olvide de mi nombre con sus sueños que cada uno cuenta a su compañero, al modo que sus padres se olvidaron de mi nombre por Baal?” (Jeremías 23:26-27).

La Biblia dice: "En su nombre esperarán los gentiles" (Mateo 12:21). Pero, ¿cómo podrán confiar en él si no conocen su nombre? Cuando la teología trinitaria comenzó a tomar su forma en Nicea en 325 d.C., el espíritu del enemigo trabajo en aquellos hombres para inventar una filosofía y una teología que ocultara el nombre de Dios de la población de toda época. Por ejemplo, la mayoría de los predicadores de hoy, bautizan utilizando los títulos de Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero nunca enseñan o utilizan el nombre que Dios reveló para el tiempo de la gracia. Las personas dan por sentado que sus predicadores saben lo que está haciendo. En realidad aquellos predicadores deberían saberlo, pero muchos predicadores no saben lo que verdaderamente deben saber. Jesús dijo: "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" y el único nombre que encontramos mencionado explícitamente en la Gran Comisión es el nombre de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.

“Conoce entonces, mi amigo, que la Trinidad nació más de trescientos años después de que el Antiguo Evangelio fuera declarado; ella fue concebida en ignorancia, traída y sostenida por medio de la crueldad.” — William Penn

La Vulgata es una traducción de la Biblia al latín popular, realizada a principios del siglo V por un monje católico de nombre Jerónimo, por encargo del papa Dámaso I en 382. La versión toma su nombre de la frase vulgata editio (edición para el pueblo) y se escribió en un latín corriente en contraposición con el latín clásico de Cicerón, que Jerónimo dominaba. El objetivo de la Vulgata, era el de ser más fácil de entender y más exacta que sus predecesoras. La Vulgata latina se convirtió en la versión oficial de la iglesia católica. Al principio, Jerónimo no quería incluir los libros deuterocanónicos (o apócrifos), pues él tenía conocimiento del canon que los hebreos habían aceptado, y sabía que esos libros no tenían inspiración divina. Sin embargo, Jeronimo se vio obligado a incluir los libros deuterocanónicos, por la presión ejercida por Agustin de Hipona, quien era un hombre muy influyente.

Por ese tiempo, también aparecieron otras versiones bíblicas en el siríaco de palestina (400 d.C.) y el egipcio medio en el quinto siglo.

Vale destacar, que en el deseo intenso de traducir la Biblia a los distintos idiomas, también se ha contribuido en el desarrollo de los idiomas al desarrollar sus alfabetos. Esto se ha repetido una y otra vez.

También se preparó otra versión conocida como la Armenia, de principios del siglo V. La versión Armenia fue realizada por Mesrop y Sahak. Ellos también inventaron un alfabeto para traducir la Biblia ha dicho idioma. Esta versión es llamada la "Reina de las Versiones" por su belleza y exactitud.

En el Siglo IV, un hombre conocido como Ulfilas "Lobezno", inventó un alfabeto para traducir la Biblia al idioma germánico antiguo, pues hasta el momento, dicho idioma no tenía representación escrita. La copia más antigua que se tiene de dicha versión data del siglo VI y contiene porciones de los cuatro evangelios. Esta ha sido conocida como la Versión Gótica.

La versión georgiana, fue la Biblia de los antiguos pueblos de la región montañosa de los mares Negro y Caspio en Europa. Dicha traducción fue realizada en el siglo V.

En el siglo V, también apareció la versión etíope. Fue la versión de los cristianos de Etiopía (Norte de Africa). El más antiguo ejemplar de esta versión es del siglo XIII. La mayoría proceden de los siglos XVI y XVII.

Al final de este periodo, el imperio romano occidental, lleno de corrupción, cayó en mano de sus enemigos.



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