domingo, 5 de julio de 2009

La Santificación

Por Edwing López
"Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas" (1 Pedro 1:2).

Paz de Cristo para todos los Pentecostales Apostólicos del Nombre de Jesús. Pueblo precioso, escogido y lavado por la sangre de Jesucristo, Único Dios Verdadero y Salvador del mundo. Hoy quiero compartir contigo un pensamiento sobre la Santificación.

La palabra santificación significa hacer santo, consagrar, separar del mundo, y apartar del pecado para tener íntima comunión con Dios y servirle con gozo. La Palabra de Dios cuando habla de santificación, se expresa en términos tales como:

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente" (Mateo 22:37). Esto es lo que el Señor nos pide a todos los que hemos aceptado su salvación, amor ferviente. Ese amor exige una actitud en la que Dios sea tan estimado y apreciado que de veras se desee su comunión, se haga el esfuerzo por obedecerle y con sinceridad se busque su honra y voluntad en la tierra.

"Para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre…" (1 Tesalonicenses 3:13). El Apóstol Pablo consideraba que sería una tragedia si al retorno de Cristo, algunos dentro de la iglesia se encontraran viviendo en pecado o en tibieza. En vista de la venida de nuestro Señor Jesucristo, hay que ser "irreprensibles en santidad" según el modelo bíblico. Es preciso entregarse de todo corazón al Señor y separarse de todo lo que le ofenda.

"Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo" (1 Tesalonicenses 5:23). La oración final del Apóstol Pablo para los creyentes de Tesalónica, fue que sean santificados para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

"Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios" (2 Corintios 7:1). El cristiano verdadero debe apartarse por completo de toda forma impía y resistir continuamente los deseos pecaminosos del cuerpo. Hay que darle muerte a las obras pecaminosas, odiarlas cada vez más y huir de ellas.

"Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida" (1 Timoteo 1:5). La meta suprema de toda instrucción de la Palabra de Dios, no es el conocimiento bíblico en sí, sino una transformación moral interior que se expresa con amor, pureza de corazón, limpia conciencia y fe no fingida, es decir sin hipocresía. Esto lo hacemos mediante el amor que el Espíritu Santo de nuestro Señor ha derramado en nuestros corazones abundantemente y por medio de la confianza plena en la Palabra de Dios.

"Para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo" (Filipenses 1:10). La palabra "sincero" significa "sin ninguna mezcla del mal"; "irreprensible" significa "que no ofende" a Dios ni a otra persona. Tal santidad debe ser la meta suprema de todos los creyentes. Estos serán "sinceros e irreprensibles" para el día del retorno de Cristo.

"Y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia. Hablo como humano, por nuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia" (Romanos 6:1-819). El Apóstol Pablo nos dice que ya que el pecado ha sido destronado, debe oponerse resistencia constante a los esfuerzos por reanudar su dominio. Debido a que el pecado intenta reinar principalmente mediante los deseos del cuerpo, los que tienen fe en Cristo deben resistir esos deseos. Esto se puede lograr absteniéndose de satisfacer los deseos del cuerpo, negándose a poner parte del cuerpo a disposición del pecado, y ofreciendo el cuerpo y toda la personalidad como esclavos de Dios y de la justicia.

"Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe: (1 Juan 5:4). La fe que vence al mundo es la que ve las realidades eternas, conoce el poder de Dios y le ama tanto que los placeres pecaminosos del mundo, los valores seculares, las costumbres impías y el materialismo egoísta, no solo pierden su atractivo para los creyentes, sino que también ellos los contemplan con disgusto y pena. A esa actitud la Palabra de Dios le llama santificación.

Todos estos versículos nos enseñan claramente la rectitud moral de carácter santificado en la pureza, la obediencia y la conducta intachable. Los creyentes por la gracia de Dios, hemos muerto al pecado por medio de Cristo Jesús, y ahora somos libres del poder y del dominio del pecado para que vivamos en santificación. A fin de realizar la voluntad de Dios en la santificación, todos los creyentes debemos participar en la obra santificadora del Espíritu, dejando de hacer lo malo, limpiándonos de toda clase de contaminación de carne y espíritu y conservándonos limpios de la contaminación del mundo.

La verdadera santificación requiere de nosotros como creyentes, que mantengamos una íntima comunión con nuestro Señor Jesucristo. Que nos dediquemos a la oración, obedezcamos la Palabra de Dios, seamos sensibles a la presencia y cuidado de Dios, amemos la justicia y odiemos la maldad, le demos muerte al pecado, nos sometamos a la disciplina de Dios y seamos llenos del Espíritu Santo. Concientes de todas estas cosas, nos presentamos a Dios como sacrificios vivos para poder vivir cerca de Él. Llenos de su Santo Espíritu, de gracia, de pureza, de poder y de victoria para llevar una vida de santificación que agrada a Dios.