martes, 31 de mayo de 2011

La Encarnación Desde la Visión de la Unicidad de Dios


Por David K. Bernard. © Todos los derechos reservados.
Este material fue publicado por la Revista Forward, 1999, páginas 8-10. Puede usarse únicamente para propósitos de estudio e investigación.
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2011.


La Posición Básica de la Unicidad


Los creyentes de la Unicidad no aceptan que existan tres centros de conciencia en la Deidad, pero sostienen que Dios es absoluta e indivisiblemente uno (Deuteronomio 6:4, Gálatas 3:20). Ellos afirman que en Jesús habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente y que Jesús es el único nombre dado para la salvación (Colosenses 2:9, Hechos 4:12). El Padre se reveló al mundo en el nombre de Jesús, al Hijo nacido se le dio el nombre de Jesús, y el Espíritu Santo entra en los creyentes en el nombre de Jesús (Mateo 1:21; Juan 5:43; 14:26; 17:6). Así los apóstoles cumplieron correctamente la orden de Cristo, al bautizar “en el nombre [singular] del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, bautizando a todos los convertidos con la invocación del nombre de Jesús (Mateo 28:19; Hechos 2:38; 8:16; 10:48; 19:5; 22:16).

Los creyentes de la Unicidad afirman que Dios se ha revelado como Padre (en su relación paternal con la humanidad), como Hijo (en la carne humana), y como el Espíritu Santo (en su acción espiritual). Vea por ejemplo Deuteronomio 32:6 e Isaías 63:16 (Padre); Lucas 1:35 y Gálatas 4:4 (Hijo); Génesis 1:2 y Hechos 1:8 (Espíritu Santo). Ellos reconocen que Dios existió como Padre, Palabra y Espíritu Santo antes de su encarnación como Jesucristo, el Hijo de Dios; y que mientras Jesús estuvo en la tierra como el propio Dios encarnado, el Espíritu de Dios continuó siendo omnipresente.

Cristología de la Unicidad

Similar a los trinitarios, los creyentes de la Unicidad confiesan que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. En la Encarnación, la plenitud de la Deidad se expresó en una completa humanidad. Nosotros podemos distinguir estos dos aspectos de la identidad de Cristo, pero no podemos separarlos.

No obstante, la visión de la Unicidad difiere del trinitarismo, enfatizando que Jesús es la encarnación de la Deidad completa, no de una parte, no meramente la encarnación de una de tres personas divinas. El pasaje de Colosenses 2:9 es significativo. Este pasaje usa ciertas palabras que de manera lógica y redundante enfatizan esta posición: “todo”, “plenitud” y “Deidad”. Cuando el Antiguo Testamento habla del Mesías como Dios, lo hace dentro del contexto del monoteísmo absoluto. Igualmente, cuando el Nuevo Testamento habla de Jesús como Dios, lo hace de acuerdo con la definición que el Antiguo Testamento transmite acerca de Dios. En referencia a su Deidad eterna, Jesús no está subordinado a nadie en ser o en posición. En contraste, el académico trinitario Norman Geisler, declaró que para la exactitud técnica, los trinitarios no deben decir que Dios se manifestó en la carne, sino que “Dios el Hijo” se manifestó en la carne. [1] Al citar a 1. Timoteo 3:16, los creyentes de la Unicidad proclaman enfáticamente que la propuesta del trinitarismo no es correcta. Aun cuando nosotros adoptemos la lectura alterna de “Él fue manifestado en carne”, nosotros todavía debemos preguntarnos cuál es el antecedente del pronombre “Él”. En el verso precedente dice: “Dios”. La alternativa propuesta por los trinitarios –“Dios el Hijo”, no aparece en el libro entero.

Volviendo a la humanidad de Cristo, los creyentes de la Unicidad están de acuerdo con los trinitarios, en que Jesús poseyó todos los atributos del ser humano según como fue creado originalmente por Dios. Así, nosotros podemos hablar de Jesús como un humano con cuerpo, alma, espíritu, mente, voluntad, y así sucesivamente. (Ver Mateo 26:38; Lucas 2:40; 22:42; 23:46; Juan 1:14; Hechos 2:31; Filipenses 2:5; Hebreos 10:5, 10). Según la carne, Jesús fue descendiente biológico de Adán y Eva, de Abraham, de David, y de María. (Ver Génesis 3:15; Gálatas 3:16; 4:4; Romanos 1:3; Hebreos 2:14-17; 5:7-8). Nosotros no debemos hablar de dos Espíritus en Jesús, pero sí que el único Espíritu Divino y la humanidad, se unieron en Jesús.

La humanidad de Cristo fue como la de cualquier ser humano, pero sin pecado. Aún más, Jesús se relacionó con Dios en todos los sentidos como nosotros nos relacionamos con Dios, con la diferencia de que Él no necesitó arrepentirse o nacer de nuevo. Así cuando Jesús oró, Él lo hizo como cualquiera de nosotros oraría al Padre; y cuando Él habló de “mi Dios y vuestro Dios” (Juan 20:17), Él simplemente actuó de acuerdo con su humanidad genuina.

Sin embargo, los trinitarios utilizan estos ejemplos para intentar demostrar que el Padre y el Hijo son dos personas distintas. Esta interpretación errónea, es el corazón de la controversia entre la Unicidad y la Trinidad. La mayoría de los pasajes que los trinitarios citan para tratar de demostrar una distinción de personas, los creyentes de la Unicidad los interpretan como una referencia a la identidad humana de Jesucristo.

La Trinidad a la Luz de la Encarnación

Nosotros debemos preguntarnos si la doctrina trinitaria puede sostenerse de pie o es derribada por la distinción que el Nuevo Testamento expone entre el Padre y el Hijo. El Antiguo Testamento no enseña explícitamente la doctrina de la trinidad. El Nuevo Testamento dice muy poco de algo que pudiera distinguir al Padre y al Espíritu Santo como dos personas. Los textos más fuertes que podrían establecer una trinidad, son aquéllos del Nuevo Testamento, particularmente de los Evangelios, que hacen alguna clase de distinción entre el Padre y el Hijo. Si el enfoque de estos pasajes es la humanidad genuina de Cristo y no las distinciones trinitarias, entonces la doctrina de la trinidad pierde su más fuerte apoyo.

A estas alturas, nosotros necesitamos definir la distinción trinitaria de personas. Según el pensamiento trinitario clásico, como fue formulado por los teólogos capadocios del siglo cuarto, la única Deidad subsiste misteriosamente en tres personas coiguales, coeternas y coexistentes. Hay comunión de sustancia pero distinción de personas. Esta trinidad está perfecta e inseparablemente unida, y las tres personas trabajan juntas en todas las cosas. Las únicas características que distinguen a aquellas personas son como sigue: el Padre es ingénito, el Hijo es engendrado, y el Espíritu Santo es procedente. Sin embargo, la generación del Hijo y la procesión del Espíritu Santo son misterios. Mientras que las personas son coiguales y coeternas, el Padre es en algún sentido la cabeza y el origen de la trinidad. [2]

Como han señalado los académicos trinitarios, mucha de esta formulación no tiene ningún objetivo, ni significa algo que sea comprensible para nosotros. El historiador de la Iglesia Jaroslav Pelikan, hizo un comentario sobre este problema:

“Esta confusión es de hecho frustrante, y combina la terminología filosófica para relacionar Uno y Tres… fue típica de la teología de los capadocios y se convirtió en la norma para la historia subsiguiente de la doctrina Trinitaria... [Ellos] respondieron a… la dificultad, declarando que lo que era común a los Tres y lo que era distintivo entre ellos, estaba más allá del discurso y de la comprensión, y por consiguiente estaba más allá del análisis o conceptualización”. [3]

El académico trinitario Harold O. J. Brown, reconoció igualmente “que las propiedades no explican nada; al contrario, ellas son herramientas meramente conceptuales o símbolos para imprimir en nosotros que las tres Personas son y permanecen eternamente distintas, pero todavía siguen siendo eternamente un Dios [4]

A pesar de sus dificultades, esta es hoy la posición del trinitarismo. [5] En un libro de texto publicado por las Asambleas de Dios, Kerry McRoberts identificó que estas propiedades personales únicas, son el requisito que distingue al trinitarismo del modalismo, aunque él reconoció que estas no ofrecen ninguna explicación de la trinidad. [6]

Aunque los trinitarios dicen que la propiedad única de cada persona divina es un misterio, nosotros podemos explorar las distinciones que exige el trinitarismo, proponiendo una pregunta hipotética dentro del armazón trinitario: ¿En principio, basados en lo que nosotros sabemos sobre la naturaleza de Dios, pudo el Padre encarnarse? ¿O la encarnación es una acción única que sólo el Hijo podría tomar? Permítanos examinar estas dos alternativas.

Si se respondiera que el Padre no podría haberse encarnado, entonces habríamos descubierto una distinción más amplia entre las personas, algo que el trinitarismo clásico no proclama. Desgraciadamente, haría de las personas divinas seres diferentes, contrariamente a la doctrina trinitaria ortodoxa.

Específicamente, el Hijo sería inferior al Padre. De hecho, algunos escritores antiguos sostuvieron de acuerdo con la filosofía griega, que el Dios supremo al ser perfecto y santo, no podría tener contacto directo con el mundo material. Ellos identificaron al Padre como el Dios supremo y al Hijo como una deidad menor. Orígenes (c. 220 d.C.) dio esta explicación, refutando en su tiempo los conceptos de la Unicidad: “Algunos individuos entre la multitud de creyentes... incautamente afirman que el Salvador es el Dios más Alto; sin embargo, nosotros no estamos de acuerdo con ellos; sino le creemos cuando Él dice: 'El Padre quién me envió, es mayor que yo'” [7]

Justino Mártir (c. 150 d.C.) no creía que el Padre pudiera manifestarse en una teofanía, porque no sería conveniente para Él descender a nuestro nivel. [8] Creía que sólo el Hijo podía hacer eso. Eusebio de Cesarea (c. 330 d.C.) de igual manera, sostuvo que el Padre es demasiado puro para unirse a la carne corruptible, excepto por un poder intermediario, a saber la Palabra. [9]

Finalmente esta forma de razonar, concede que la singularidad del Hijo queda en la encarnación, en lugar de en la generación eterna que el trinitarismo enseña. Si nosotros rechazamos el subordinacionismo de los anteriores escritores, entonces nosotros hemos llegado a la posición de la Unicidad, pues el Hijo es definido por lo que se refiere a la Encarnación, mientras que rechazamos cualquier subordinación de Jesús acerca de su naturaleza divina.

Por otro lado, ¿podría el Padre haberse encarnado? La mayoría de los académicos trinitarios de hoy, probablemente dirían que sí. Uno de los teólogos Católico-Romanos más destacados del siglo XX, Karl Rahner, declaró, “Desde el tiempo de Agustín, la teología escolástica se ha acostumbrado a pensar que cualquiera de los tres, a quiénes nosotros llamamos personas de la única Deidad, podrían haberse vuelto hombre”. [10]

¿Si el Padre se hubiera podido encarnar, que habría sido entonces la naturaleza de esa encarnación? ¿El cielo habría estado desprovisto del Padre durante su manifestación terrenal? Ciertamente no. El Padre se habría relacionado en algún modo con la humanidad que Él asumió. ¿Esta persona humana habría nacido de una virgen? La naturaleza de la encarnación lo habría requerido. ¿Quién habría sido el Padre de ese niño? Ciertamente el Padre. ¿Ese hombre habría orado al Padre? ¿Él habría obedecido la voluntad del Padre? Él tenía que haber hecho estas cosas para ser un hombre virtuoso y santo.

En otros términos, esta persona Divina-Humana, necesariamente habría relacionado al Padre del mismo modo que Jesús relacionó al Padre como está grabado en los Evangelios. Para abreviar, la distinción bíblica entre el Hijo y el Padre, no tiene nada que ver con personas en la Deidad, pero tiene todo que ver con la Encarnación. El engendramiento del Hijo ocurrió en la Encarnación; no es un proceso eterno, incomprensible dentro de la Deidad. No hay ninguna razón para explicar en términos de una trinidad, lo que el evangelio enseña sobre el Padre y el Hijo.

La conclusión es que el Padre se encarnó en Cristo. Según 1. Juan 3:1-5, el Padre se manifestó para llevar nuestros pecados, y de nuevo Él aparecerá a nosotros un día.


Notas

[1] Norman Geisler. Disertación en el Simposio Sobre Sectas, Ocultismo y Religiones Mundiales (patrocinado por la Unión de Investigación Apologética, William Tyndale College, Farmington Hills, Ml, Noviembre 1988).
[2] Ver Basilio, Sobre el Espíritu 16:37-38 y Cartas, 38, en Philip Schaff and Henry Wace, eds., Los Padres nicenos y Postnicenos, 2a. Edición [hereinafter NPNF) (Reprint, Grand Rapids: Eerdmans, 1976) 8:23-24, 137-40; Gregorio de Nisa, Sobre el Espíritu Santo y la Santa Trinidad, NPNF 5:314-30; Gregorio Nacianceno, Tercera Edición Teológica, Sobre el Hijo 29:3 y Primera Oración Teológica, Sobre el Espíritu Santo, 8-10, NPNF 7:301-2, 320-21.
[3] Jaroslav Pelikan. La Tradición cristiana: Una Historia del Desarrollo de la Doctrina (Chicago: Imprenta de la Universidad de Chicago, 1971) 1:223.
[4] Harold O. J. Brown. Las Herejías: La Imagen de Cristo en el Retrovisor de la Herejía y la Ortodoxia de los Apóstoles hasta el Presente (Garden City, N.Y.: Doubleday, 1984), 151, énfasis en el original.
[5] Louis Berkhof. Teología Sistemática, 4 ed. (Grand Rapids: Eerdmans, 1941), 89.
[6] Kerry D. McRoberts. La Santa Trinidad, en Stanley Horton, ea., Teología Sistemática (Springfield, MO: Gospel Publishing House, 1994), 167.
[7] Orígenes. Contra Celsio 8:14, in Alexander Roberts, James Donaldson, and A. Cleveland Coxe, eds., Los Padres Antenicenos [hereinafter ANF0 (1885; repr. Grand Rapids: Eerdmans, 1981) 4:644.
[8] Justino. Dialogo con Trifón 127:13, en ANF 1:263.
[9] Eusebio de Cesarea. Oración en Alabanza de Constantino 11:11:5-7, en NPNF 1:596-97.
[10] Karl Rahner, Los Fundamentos de la Fe Cristiana,: Una Introducción a la Idea de la Cristiandad, trad. William Dych (New York: Seabury Press, 1978), 214.

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Este artículo fue extractado de un trabajo presentado en la reunión anual de la Sociedad para los Estudios de Pentecostés, sostenidos en la Universidad Evangélica, Springfield, MO, del 11-13 de marzo de 1999.