viernes, 27 de julio de 2012

La Unión Entre el Padre y el Hijo

Por David K. Bernard. © Todos los derechos reservados
Capítulo 8 del Libro The Oneness View of Jesus Christ
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2012.


“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17:21-22).

Como un ejemplo para los creyentes, Jesús oró al Padre poco antes de su crucifixión, para interceder por sus discípulos (Juan 17). Como ya lo comentamos en el capítulo 7, las oraciones de Cristo nunca nos enseñan que Él sea una segunda persona divina, sino que Él es un auténtico ser humano. Él oró "en los días de su carne" (Hebreos 5:7).

Es desde esta perspectiva que debemos examinar las oraciones de Cristo, incluyendo su petición en Juan 17 de que los discípulos sean uno, así como Él y el Padre son uno. Los trinitarios suelen intentar demostrar desde esta declaración, que Jesús y el Padre son dos personas en un Dios. Ellos argumentan que ya que los creyentes son personas distintas los unos de los otros, entonces Jesús tiene que ser una persona diferente al Padre.

Por desgracia para los trinitarios, este argumento resulta muy exagerado. Cuando se lleva a su extremo lógico, no establece la trinidad (la doctrina de tres personas en una sustancia divina), sino el triteísmo (la doctrina de tres dioses). Si Jesús quiso decir que de hecho Él era una persona distinta del Padre, tal y como los creyentes son distintos los unos de los otros, por consiguiente las tres personas de la Trinidad son tres dioses. Por otra parte, la declaración de que “ellos sean uno en nosotros”, conllevaría a pensar que los creyentes podrían convertirse en miembros de la Trinidad así como supuestamente Jesús ya lo era.

Por lo general, en este punto los trinitarios insisten en que la unidad de sus tres personas es de naturaleza diferente a la unidad entre los creyentes. El trinitarismo ortodoxo enseña que las tres personas son un solo Dios en un misterio incomprensible, y no solamente uno en el sentido en el que tres seres humanos pueden estar unidos en la comunión cristiana.

Esta concesión nos lleva al significado obvio de este pasaje: Jesús como un hombre y en referencia a su humanidad, oró para que los creyentes disfrutaran de la armonía, la fraternidad y la unidad entre sí mismos y con Dios, así como Él en su humanidad lo hizo. Él manifestó esta unidad como un hombre sin pecado, perfecto en su relación con Dios. Por lo tanto, la unidad de la que habló Jesús en Juan 17:21-22, es una unidad de mente, propósito y acción, que los seres humanos pueden experimentar en su relación los unos con los otros.

Jesús oró para que los creyentes sean uno, "como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti" (Juan 17:21). En este contexto, Él no estaba hablando de la encarnación, porque los creyentes no pueden encarnarse los unos en los otros. Él habló metafóricamente de una unión de propósito, experiencia y amor, así como lo hizo también en Juan 14:20: " En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros".

Para entender Juan 14:20, vamos a referirnos primero a la frase "vosotros en mí". Dado que un creyente no puede, literalmente hablando, vivir en el cuerpo de Cristo, estas palabras deben entenderse en el sentido del compañerismo. Esta interpretación nos da la clave para la comprensión de las frases paralelas "Yo estoy en mi Padre" y "yo en vosotros".

"Yo estoy en mi Padre", no habla (como lo argumentan los trinitarios) de una misteriosa "interpenetración" (a la que también llaman "pericoresis" o "circumincessio") de dos personas de la divinidad que comparten una misma sustancia divina, porque entonces tendríamos de igual manera que enseñar que los creyentes comparten misteriosamente aquella misma sustancia divina junto con Jesús. Tal punto de vista comprometería fatalmente la unicidad de Dios y la singularidad de Cristo. Más bien "Yo estoy en mi Padre", significa que la humanidad de Cristo se unió en la comunión más cercana posible con Dios, ya que como un hombre consintió que su vida, sus acciones y todo su ser estuvieran en el reino del Espíritu.

Asimismo la frase "yo en vosotros", habla de la comunión que los creyentes experimentan con Jesús. Otros pasajes enseñan que Cristo habita en nosotros por su Espíritu, pero aquí el enfoque principal es sobre la relación. Tal como el hombre Cristo caminó en un diario compañerismo y comunión con Dios, nosotros también podemos hacerlo. Ya que podemos disfrutar de esta relación sólo por el sacrificio expiatorio de Cristo, la Biblia habla de nuestra relación como específicamente con Cristo, quien es Dios manifestado en carne para cumplir este propósito.

En Juan 17:22, Cristo dijo: " La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno". Esta declaración demuestra que en Juan 17:21-22, Jesús habló de su relación con la humanidad, no de su Deidad. Dios es enfático en que Él nunca compartirá su gloria divina (Isaías 42:8; 48:11). Cristo no pudo dar su gloria divina a nadie, ni siquiera a los apóstoles. Pero Él les concedió la gloria de su ministerio terrenal, y la gloria que como hombre iba a recibir tras morir en la cruz para redimirnos de nuestros pecados.

En pocas palabras, Juan 17:21-22 revela los atributos de la vida humana de Cristo y lo señala como el ejemplo que nosotros debemos seguir en nuestras relaciones. Podemos ser uno con los demás y con Dios, así como el hombre Jesús era uno con Dios. Es específicamente por su vida humana que Cristo sirve como nuestro ejemplo (1. Pedro 2:21). Así que en Juan capítulo 17, la unicidad de Dios no es el tema en discusión; más bien esta porción tiene en vista la humanidad de Cristo y su relación con el Padre, porque no hay otra forma para que nosotros podamos ser uno con los demás creyentes y con Dios, sino en base a nuestra propia humanidad al seguir el ejemplo de Cristo.

La Singularidad de la Encarnación

Hay otros pasajes que nos enseñan que Cristo era uno con el Padre de una manera en que nosotros no podemos serlo, es decir de acuerdo con su Deidad. Estos pasajes no se limitan a enseñar que Jesús se relaciona con Dios como una persona se relaciona con otra, sino que enseñan que Jesús es Dios manifestado en carne.

Por ejemplo, Jesús dijo a algunos judíos: "Yo y el Padre uno somos" (Juan 10:30). Él no dijo simplemente: "Yo soy el Padre", porque Él no es solamente el Padre invisible sino también el Hijo visible. Ellos no comprendieron tal declaración, porque sabían que el Padre es un Espíritu invisible. Ellos creían que el Padre moraba en el cielo, mientras que veían a Jesús como un simple hombre. En esencia, Jesús les dijo: "Yo, el hombre que les estoy hablando a ustedes, y el Padre, a quien ustedes consideran que vive de manera invisible en el cielo, no somos dos como ustedes lo suponen, sino que Yo y el Padre somos uno y el mismo".

Los judíos entendieron la afirmación de Cristo como una reclamación de la deidad. Ellos creían en un solo Dios (Deuteronomio 6:4), y se dieron cuenta de que Jesús estaba afirmando su identidad como el único Dios verdadero. Su respuesta fue intentar apedrearlo. Ellos explicaron: "Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios" (Juan 10:33). Ellos entendieron su afirmación, pero la rechazaron. No pudieron comprender que no era que un hombre se hiciera a sí mismo Dios, sino que Dios se había hecho un hombre (Juan 1:1, 1:14; 1. Timoteo 3:16).

Para sus discípulos, Jesús hizo clara su identidad. Les reveló que Él es el único camino al Padre, y que cuando lo vieron a Él, de hecho vieron y conocieron al Padre. "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto" (Juan 14:6-7).

En este punto, Felipe no acababa de entender, por lo que le pidió a Jesús que le mostrara al Padre. "Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras" (Juan 14:9-11).

Los discípulos sabían que Dios es Espíritu, y como tal Él es invisible y no tiene carne y huesos (Juan 1:18; 4:24, Lucas 24:39). Un ser humano no puede ver directamente al Espíritu invisible. La única manera en que podemos ver a Dios, es si Dios se revela de alguna forma perceptible a los sentidos humanos. En otras palabras, Dios tiene que manifestarse.

Jesús le señaló a Felipe, exactamente lo que Dios hizo en Cristo. Las obras de Jesús atestiguan su identidad, porque Él hizo muchos actos que sólo Dios puede hacer, como perdonar pecados, controlar las fuerzas de la naturaleza, crear comida para cinco mil y resucitar a los muertos por medio de su propia autoridad. Sus palabras y sus obras testificaron que Él es Dios manifestado en carne. Cuando Felipe vio a Jesús, vio a Dios el Padre de la única manera en que Dios el Padre puede ser visto alguna vez.

En este pasaje, Jesús utilizó dos veces una frase similar a la encontrada en Juan 14:20 y 17:21-22: "Yo soy en el Padre, y el Padre en mí". Ya hemos explicado que aquellos otros versículos hablan de su humanidad en comunión con Dios, que es el ejemplo que nos permite a nosotros tener comunión con Dios y con los demás creyentes. Pero Juan 14:9-11 va más allá de cualquier relación humana, pues habla de la encarnación y presenta la identidad de Cristo siendo Dios: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre… El Padre que mora en mí, Él hace las obras".

Nosotros no podemos sostener que si alguien nos ha visto entonces ha visto a Dios, o que si alguien nos ha visto entonces ha visto a otro creyente. Podemos decir que Dios habita en nosotros, pero no en la forma ilimitada que Cristo se aplicó a sí mismo, al afirmar que cada palabra y obra suya eran en realidad la palabra y obra del Padre que moraba en Él. En este mismo sentido, tampoco podemos afirmar  que los demás creyentes moran en nosotros. Así, mientras que Juan 14:9-11 habla de la unión del hombre Jesucristo con Dios, en esta porción de la Escritura este concepto va mucho más allá de lo expresado en Juan 14:20 y 17:21-22 para establecer la singularidad de la unidad de Cristo con Dios. Es cierto que Cristo está relacionado con Dios así como los demás seres humanos pueden y deben hacerlo (siguiendo su ejemplo), pero también es cierto que, a diferencia de otros seres humanos, Él es en realidad Dios el Padre encarnado. (Ver también Juan 1:1-14; 10:30-38; 20:28).

Los trinitarios dicen a veces que Jesús era uno con el Padre, solamente así como dos personas pueden estar unidas en un propósito, tal como un marido y su mujer se convierten en una sola carne (Génesis 2:24). Un esposo y una esposa son dos personas antes de su unión, y siguen siendo dos personas después, así que cuando leemos que se conviertan en "uno", sabemos que la Biblia está hablando en un sentido figurado. Pero la Biblia nunca nos dice que Dios es dos o más personas, por lo que cuando dice en repetidas ocasiones que Dios es uno, único y sólo, da a entender que Él es absoluto y numéricamente uno. (Véase Deuteronomio 6:4, Isaías 44:6, 8, 24; 45:5-6).

Por otra parte, como hemos visto, el lenguaje de Juan 10:30-33 y 14:9-11 trasciende incluso a la mayor unión cercana posible entre dos personas. En Juan 10, los judíos no se limitaron a pensar que Jesús estaba afirmando estar en estrecha comunión con Dios, sino que ellos sabían que Él estaba afirmando ser Dios. Por el contrario, el marido no puede presumir que es  su esposa, o viceversa. De manera similar, aún el marido más fiel nunca podrá decir: "El que me ha visto a mí, ha visto a mi esposa", o "las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino mi esposa que mora en mí, hace las obras".

En resumen, como un hombre Jesús era uno con el Padre, de la misma manera en que cada uno de nosotros podemos llegar a ser uno con Dios y con los demás creyentes en unidad de propósito y sujeción. Pero como Dios, Jesús era uno con el Padre de una manera única en la que nosotros no podemos llegar a serlo, y ésta es por identidad y por la encarnación.

La Revelación del Padre

De acuerdo con 1. Juan 3:1-5, el Padre ha puesto de manifiesto que Él mismo se ha revelado en la persona de Jesucristo. El único que actúa en el versículo 1 es el Padre: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios". Somos llamados hijos de Dios a causa del amor del Padre. Puesto que somos hijos de Dios, obviamente Él es nuestro Padre.

El versículo continúa sin cambiar de sujeto: "Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él". ꞋÉlꞋ sólo puede significar ꞋDios el PadreꞋ, porque no hay otro antecedente posible, ningún otro sustantivo al que aquel pronombre pueda referirse. Sin embargo, en otro lugar Juan identificó a Jesús, el Verbo hecho carne, como aquel que entró en el mundo, pero a quien el mundo no conoció: "En el mundo estaba, y el mundo por Él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron" (Juan 1:10-11).

1. Juan 3:2 continúa diciendo otra vez, y sin hacer la introducción de cualquier otro sujeto: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es". ꞋÉlꞋ, debe referirse a Dios, quien es nuestro Padre, y cuyos hijos somos nosotros. Sin embargo, en otros lugares Juan describe a Jesús como Aquel que aparecerá y a quien vamos a ver: "He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por Él. Sí, amén" (Apocalipsis 1:7).

1. Juan 3:3-5: "Y todo aquel que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que Él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él".

Todavía no hay cambio de sujeto. ꞋÉlꞋ todavía se refiere a Dios el Padre. El Padre "apareció para quitar nuestros pecados". Sin embargo, Juan registró en otro lugar que Jesús vino como "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Jesús es la manifestación del Padre con el propósito de darnos salvación.

Los trinitarios tratan de evitar esta conclusión, señalando que en los versículos 3 y 5, ꞋÉlꞋ proviene de la palabra griega ekeinos, que literalmente significa "este uno". Ellos observan que Juan utilizó a veces el adjetivo demostrativo para referirse específicamente a Cristo como el "antecedente más remoto", es decir cuando de otra manera el contexto señalaría a otro sujeto, al antecedente inmediato. Pero la palabra ꞋÉlꞋ en los versículos 1-2 no es ekeinos sino autos, que es el singular, el pronombre masculino griego que significa ꞋélꞋ.

Por otra parte, hay una buena razón para que en los versículos 3 y 5 se haya utilizado ekeinos. En cada caso hay un sujeto interviniente que podría ser confundido como el antecedente para el pronombre, por lo que ekeinos aclara que el antecedente más remoto es al que se está teniendo presente, a saber, Dios el Padre. El sujeto del versículo 3 es "Todo aquel que tiene esta esperanza". Cuando el versículo se refiere de nuevo a este sujeto utiliza autos, pero cuando se quiere hacer referencia al antecedente más remoto del versículo 2, que es Dios, utiliza ekeinos: "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él [autos, es decir, el que espera] se purifica a sí mismo [eautos, es decir, el que espera], así como Él [ekeinos, es decir, Dios] es puro".

Del mismo modo, el tema del versículo 4 es: "Todo aquel que comete pecado", pero el versículo 5 utiliza ekeinos para aclarar que no se refiere a este antecedente inmediato. Dice: "Sabéis que Él [ekeinos, es decir Dios, el antecedente más remoto] apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él [autos, es decir Dios, ahora el antecedente inmediato]".

Por supuesto, reconocemos que en estos versículos ekeinos habla de Cristo, pero es importante señalar que en el contexto, el antecedente es Dios el Padre. El pasaje por lo tanto identifica a Cristo como el Padre que apareció para perdonar nuestros pecados.

Por esta razón, Juan 2:23 puede decir: "Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre". Si el Padre y el Hijo fueran dos personas distintas, sería teóricamente posible llegar a conocer al uno sin necesidad de conocer al otro. Por ejemplo, los líderes religiosos judíos del primer siglo intentaron conocer al Padre negando a la vez al Hijo, Jesucristo. Sin embargo, todos esos esfuerzos están condenados al fracaso, porque el Padre se ha manifestado en su Hijo. Cualquiera que niegue que Jesús es el Hijo de Dios, que Él es Dios manifestado en carne, no se ha limitado a rechazar a una segunda persona llamada Hijo, sino que ha rechazado al mismo Padre, porque el Padre mismo ha decidido manifestarse en su Hijo.

Por otro lado, si reconocemos que Jesús es el Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, entonces no tenemos que conocer y encontrarnos con una o dos personas divinas adicionales. Si tenemos al Hijo, contamos también con el Padre, porque el Padre se manifestó en Cristo. Cuando tenemos una comprensión bíblica acerca de la deidad de Jesucristo, reconocemos al Padre en Cristo.

Entonces, en el sentido más amplio, el Padre y el Hijo están inseparablemente unidos como uno en Cristo Jesús, la Divinidad encarnada. No podemos tener al Padre sin el Hijo, y viceversa. Esta unión no es parte de una relación trinitaria, pues si lo fuera: ¿por qué las descripciones bíblicas constantemente omiten al Espíritu Santo de la unión? Más bien, esta unión es la consecuencia del engendramiento del Hijo y la identidad misma del Hijo (como está descrita en el capítulo 6 de este libro).

El Padre y el Hijo en los Creyentes

"Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él" (Juan 14:23).

Juan 14:23 aplica la unión del Padre y el Hijo en la vida del creyente. Debido a que este versículo utiliza pronombres plurales para Jesús y el Padre, los trinitarios reclaman que enseña su doctrina. Pero en lugar de enseñarnos acerca de la trinidad, estas palabras describen en sentido figurado la experiencia cotidiana del cristiano.

Jesús le prometió a aquellos que lo aman y le obedecen: "Vendremos [El Padre y yo] a él, y haremos morada con él". Por el contexto, es claro que estas palabras no significan que literalmente dos personas habitan o moran dentro de los creyentes. En Juan 14:20 Jesús dijo:

"Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros". Como ya se discutió, "vosotros en mí" no puede significar que el espíritu de un creyente en realidad pueda llenar el cuerpo físico de Cristo o encarnarse en Cristo, sino que la frase se refiere a la comunión y al compañerismo. Del mismo modo, las expresiones: "yo en vosotros" (v. 20) y "haremos morada con él" (versículo 23), hablan de la comunión de Dios con nosotros.

Si interpretamos Juan 14:23 para hablar de dos personas, entonces debemos preguntarnos cómo podrían habitar dos personas en un individuo creyente. Sólo podrían hacerlo en espíritu, lo que requeriría de dos espíritus divinos viviendo en cada creyente. Sin embargo la Biblia nos habla de "un cuerpo y un Espíritu" (Efesios 4:4). "Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu" (1. Corintios 12:13). Los cristianos reciben un solo Espíritu, no dos.

Por lo tanto, el contexto y otros pasajes muestran que la declaración de Jesús en Juan 14:23 es metafórica. Él dijo que íbamos a tener al Padre y al Hijo, no como una referencia a dos personas o a dos espíritus habitando en nosotros, sino que habla de las características divinas que se distinguen en la vida del cristiano. ¿De qué manera el cristiano recibe realmente estas cualidades en su vida para tener comunión con el Padre y el Hijo? En el mismo contexto, Jesús explicó que el derramamiento del Espíritu Santo cumple con sus palabras: "Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre… No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros… Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Juan 14:16, 18, 26). Cuando recibimos el Espíritu de Dios, tenemos la presencia permanente del Padre y del Hijo.

Para la persona que ama a Dios y guarda sus mandamientos, Juan 14:23 promete que el Padre y el Hijo se quedarán con él. En otra parte, Juan usó un lenguaje similar para enseñar que sabemos que tenemos a Dios permaneciendo en nosotros porque recibimos de su Espíritu. "Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado" (1. Juan 3:24). "En esto conocemos que permanecemos en él, y Él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu" (1. Juan 4:13).

Cuando recibimos el Espíritu Santo, recibimos el Espíritu de nuestro Padre que habla en nosotros (Mateo 10:20). El Espíritu que mora en nosotros, nos permite llamar a Dios nuestro Padre (Romanos 8:15; Gálatas 4:6) y nos da acceso al Padre (Efesios 2:18). Cuando el Espíritu Santo mora en nosotros, tenemos el Espíritu del Creador del universo (Génesis 1:1-2). Tenemos todo el poder del Padre omnipotente obrando en nuestras vidas. El Padre imparte sabiduría y revelación para nosotros, pero lo hace por medio del Espíritu (1. Corintios 2:12; 12:8; Efesios 1:17). El Padre nos consuela, pero lo hace por el Espíritu Santo (2. Corintios 1:2-4; Juan 14:26). Por otra parte, Dios derrama de su amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Romanos 5:5). En resumen, el Padre nos ama, viene a nosotros y hace su morada con nosotros, cuando nos llena de su Espíritu.

El Espíritu Santo es también "el Espíritu de su Hijo" [del Hijo de Dios] (Gálatas 4:6). Cuando recibimos el Espíritu Santo, recibimos específicamente el Espíritu que mora en Cristo (Romanos 8:9-11). El Espíritu guió a Cristo continuamente, lo capacitó para ofrecerse a Dios y le levantó de entre los muertos, y Aquel mismo Espíritu llevará a cabo la misma obra en nuestras vidas (Mateo 4:1, Hebreos 9:14, Romanos 8:11-14). Al contar con "el Espíritu de Jesucristo", podemos tener la mente de Cristo que le llevó a ser humilde y obediente a la voluntad de Dios hasta la muerte (Filipenses 1:19; 2:5-8).

El Padre nos fortalece con su poder mediante la colocación de su Espíritu en el hombre interior (Efesios 3:16). Su Espíritu nos llena de modo que Cristo habita en nuestros corazones por la fe (Efesios 3:17). El resultado es que somos llenos de toda la plenitud de Dios (Efesios 3:19).

En resumen, los creyentes no sólo disfrutan de la obra vivificante, creativa, milagrosa y poderosa del Padre en sus vidas, sino que también reciben la actitud humilde, sumisa y obediente del Hijo. Realmente, tanto el Padre como el Hijo vienen a ellos y hacen su morada con ellos. Pero el Padre y el Hijo no vienen como los dos espíritus de dos personas. Tampoco son dos personas que de alguna manera llegan a través de una tercera persona. Al recibir el Espíritu de Dios, los creyentes reciben tanto al Padre como al Hijo. Este Espíritu es el Padre eterno obrando en nuestras vidas, y al mismo tiempo, Él es el Espíritu del Hijo.

La unión del Padre y del Hijo no es una unión de dos personas divinas, sino que es una unión de la Divinidad y la humanidad. Esta unión se llevó a cabo de una manera única en Jesucristo, quien es simultáneamente Dios y hombre, porque "En Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Colosenses 2:9).

Aunque nadie más haya sido o pueda ser la encarnación de Dios como lo es Jesús, actualmente la unión del Padre y del Hijo en Cristo tiene implicaciones importantes para nuestras vidas. En primer lugar, el Hijo era un hombre perfecto en una relación perfecta con Dios, y su vida humana sirve como el modelo ideal para que nosotros lo emulemos en nuestras relaciones cristianas. En segundo lugar, la encarnación pone a nuestra disposición las cualidades divinas del Padre omnipotente, así como los atributos humanos perfectos del Hijo sin pecado. Cuando recibimos el Espíritu Santo (el único Espíritu del Padre y el Hijo), tenemos todo lo que necesitamos para vivir para Dios.

viernes, 6 de julio de 2012

Cómo Ser un Buen Agnóstico

Por Jason Dulle. © Todos los derechos reservados.
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2012.
  

Hay tres posiciones básicas que la gente ha tomado para decidir sobre la existencia de Dios: El teísmo, el ateísmo y el agnosticismo. El teísmo afirma que Dios existe, el ateísmo afirma que Dios no existe (o que no hay buenas razones para creer que Dios existe), y el agnosticismo afirma que no se puede saber si Dios existe o no existe. Esta última posición es el tema de este artículo.

Los agnósticos modernos se presentan en dos formas básicas: los que dicen que nadie puede saber si Dios existe, y los que confiesan que personalmente aún no han determinado si Dios existe. Ambas son posiciones epistemológicas. Los primeros dicen: "no puedo tener una posición informada", mientras que los segundos dicen: "todavía no tengo una posición" y por lo tanto siguen estando inseguros sobre la cuestión de la existencia de Dios.

Por desgracia, muchos agnósticos están confundidos acerca de la verdadera naturaleza del agnosticismo. Hay tres errores comunes que cometen en su confesión y/o en la práctica del agnosticismo: (1) suponen falsamente que los agnósticos mantienen una posición neutral y sin sesgo, (2) confunden incertidumbre con ignorancia, y (3) Piensan en el agnosticismo como una posición, más que en un método de investigación. El agnosticismo -bien entendido- es una metodología de búsqueda activa para la obtención del conocimiento positivo de lo que es verdadero.

El Mito de la Neutralidad

Todo el mundo está sesgado. Es imposible ser neutral en cualquier cosa sobre la que usted tenga algún conocimiento. Los que reclaman que no tienen prejuicios, están sesgados en la idea de que son imparciales. Si bien todos estamos sesgados, lo estamos en diferentes grados y direcciones. Aquellos que dicen ser agnósticos sobre la cuestión de la existencia de Dios, no son neutrales en el tema, pues a unos pocos minutos de indagarles, revelarán el sesgo en que se encuentran. Algunos estarán sesgados hacia la idea de que Dios realmente existe, mientras que otros se inclinarán hacia la idea de que Dios no existe. Algunos podrían optar por ocultar sus prejuicios, pero sin embargo los tienen. Con el nivel de sesgo que exhiben algunos de los que se dicen ser agnósticos, uno tiene que preguntarse si ellos en realidad son absolutamente agnósticos. Ellos parecen confiar en que conocen la respuesta sobre la existencia de Dios, y sin embargo se siguen describiendo como agnósticos.

La Incertidumbre Frente a la Ignorancia

Ser agnóstico no significa que uno tenga que sentirse cómodo con su ignorancia, sin hacer algo para librarse de su incertidumbre. La ignorancia y el agnosticismo son dos cosas completamente diferentes. Si no sé mucho acerca de la trigonometría, eso no me convierte en agnóstico con respecto a la trigonometría – sino que me hace ignorante de la trigonometría. Alguien que se dice ser agnóstico, pero que sin embargo no ha interactuado realmente con los argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios, no es un buen agnóstico. Los agnósticos son aquellos que han examinado la cuestión, que buscan la evidencia, pero que aún no han llegado a una conclusión. Un individuo que no sabe nada acerca de un tema en particular, y por lo tanto no tiene una posición definida, no es un agnóstico. Un "buen agnóstico" es aquel que trata de comprender mejor el tema, acumulando pruebas que finalmente lo llevarán a tomar una decisión sobre la existencia de Dios.

Muchos de los que se ponen la etiqueta de agnósticos, no son más que cobardes intelectuales que no quieren tomarse el tiempo para estudiar las diferentes posiciones, evaluar las pruebas y tomar una decisión sobre lo que es verdadero y lo que es falso. Ellos prefieren quedarse en el cerco de la indecisión toda su vida, sin tomar alguna posición absoluta. Para ellos es mucho más cómodo quedarse sin alguna posición que trabajar por encontrar la verdad, y luego mantenerse firmes en sostener aquella verdad en contra del error. Así que mientras ellos dicen que están en la búsqueda de la verdad, a menudo no la buscan más allá de la punta de su nariz. Algunos mirarán hacia las cumbres, pero nunca se permitirán encontrar la verdad, porque es más fácil y más conveniente para ellos decir que son buscadores de la verdad, que ser unos verdaderos buscadores.

Proceso Vs. Posición

Si hablamos técnicamente, el agnosticismo no es en absoluto una posición, sino que es un método/proceso epistemológico para llegar a una posición ontológica. El agnosticismo es el vehículo epistémico a través del cual se viaja para llegar a una posición epistemológica sobre una cuestión ontológica. Dicho de otra manera, el agnosticismo es la ruta epistémica del individuo, mientras que el teísmo y el ateísmo son los destinos.

Thomas Huxley, apodado el Bulldog de Darwin (por haber sido un ferviente defensor de la Teoría de evolución de las especies), fue el primero en introducir el concepto de agnosticismo, y lo describió de la siguiente manera:

“El agnosticismo no es un credo sino un método, la esencia en la que se sustenta la aplicación rigurosa de un solo principio. Positivamente, el principio se puede expresar como: “en los asuntos intelectuales, sigue tu razón tan lejos como te lleve, sin importar ninguna otra consideración”. Y negativamente: “en los asuntos intelectuales, no pretendas que son ciertas las conclusiones que, o no han sido demostradas o directamente no son demostrables”. No es correcto que un hombre diga que está seguro de la verdad objetiva de una proposición, a no ser que pueda demostrar lógicamente lo que justifica aquella certeza”.

En el sentido original, el agnosticismo significa que no debemos pretender saber más de lo que realmente sabemos. Si tenemos conocimiento, debemos reclamarlo. Si no tenemos conocimiento, no debemos reclamarlo. En este sentido, el agnosticismo es un escepticismo metodológico, con miras a llegar a una conclusión.

David Eller, señaló que "el agnosticismo... no es una rama de la religión sino de la epistemología, la filosofía del conocimiento: ¿Cómo es posible decir que sabemos con un cierto grado de certeza aceptable, y cómo sabemos que lo sabemos? Más exactamente, se trata de un método en lo que se refiere al conocimiento, un método para separar lo que con razón se puede decir que sabemos de lo que no podemos justificar que sabemos... El agnosticismo no lo invita a suspender el juicio, sino que lo invita a llegar a alcanzar el juicio a la plena luz de los hechos y de la lógica, y apoyarse en ello" [1]

El agnosticismo, entonces, no es una tercera posición alternativa sobre la cuestión de Dios. La Ley del Medio Excluido garantiza que no puede haber una tercera posición en este tema. Dios existe o no existe. El agnosticismo es un método/proceso que se utiliza para llegar a una de estas dos conclusiones. Hoy, sin embargo, muchos han abandonado el agnosticismo como un proceso, y se han inclinado a favor del agnosticismo como una posición, porque esto los invita a menor confrontación en nuestro mundo pluralista. "Es más aceptable ser 'un agnóstico' que 'un ateo', ya que esto aparentemente no refuta la creencia, sino que simplemente no la comparte". [2]

Conclusión

A menudo, los agnósticos se enorgullecen de ser de mente abierta. Pero cuando su filosofía de partida acerca de la verdad, es que nunca se puede conocer la verdad (lo que en sí mismo es una pretensión de verdad absoluta y por lo tanto es incompatible con la filosofía agnóstica, ¡porque uno sabe absolutamente que no se puede saber nada en absoluto!), esto los convierte automáticamente en mentes cerradas. La mente sólo puede ser abierta si es que hay algo "allá afuera" para descubrir y conocer. Si no hay nada qué descubrir, entonces la mente está verdaderamente cerrada, y sólo entonces estamos justificados para no preocuparnos por buscar la verdad y por reclamar la verdad ante aquellos que tienen opiniones contrarias. El agnosticismo que degenera en un "yo no hablo de religión", no es en lo absoluto el agnosticismo. Tal persona ya ha llegado a la posición de que no puede haber alguna respuesta, o la respuesta no es importante. Sin embargo, tal posición no es agnóstica sino que piensa estar segura de saber algo, y por lo tanto no es agnosticismo en lo absoluto. Los verdaderos agnósticos, están persiguiendo activamente la verdad, examinando toda la evidencia disponible, y están listos para asumir una posición una vez que hayan evaluado las pruebas suficientes. ¡Es por eso que un verdadero agnóstico, no puede permanecer como agnóstico por mucho tiempo!


Referencias

[1] David Eller, "Agnosticismo: La base para el ateísmo, no una alternativa para éste", disponible en Internet en:
http://www.atheists.org/content/agnosticism-basis-atheism
Consultado el 28 de diciembre de 2004.
[2] Ibídem.
"La ley del medio excluido, es una ley de la lógica que indica que toda proposición debe ser verdadera o falsa, pero no puede ser ambas cosas simultáneamente, ni puede dejar de ser alguna de las dos cosas".