martes, 6 de noviembre de 2012

No Me Toques, Porque Aún No He Subido A Mi Padre (Juan 20:17) – Unicidad de Dios


Por Julio César Clavijo Sierra
© 2012. Todos los Derechos Reservados.
No se puede publicar en otro sitio web sin el permiso del autor


“Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17). 

Juan 20:17 es una porción de la Escritura que está inmersa dentro del testimonio de la resurrección del Señor Jesús, más exactamente en la aparición a María de Magdala, [1] quien contó con el honor de ser la primer testigo de la resurrección. (Ver Marcos 16:9).  

Son muchos los lectores que al llegar a dicho texto se hacen estas dos preguntas: (1) ¿Cuál es la razón por la cual Jesucristo le dijo a María Magdalena que no lo tocara?, y (2) ¿Por qué Jesús dijo que Él tenía a un Dios?

Este artículo está enfocado a responder estos interrogantes.

¿Cuál es la razón por la cual Jesucristo le dijo a María Magdalena que no lo tocara?

Cuando nosotros miramos de manera integral todo el testimonio que nos proporciona la Escritura acerca de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, tenemos que concluir que aquí Él no estaba preocupado por un simple toque de su cuerpo por parte de María Magdalena, pues después de esto Él permitió a muchos de sus seguidores que lo tocaran y abrazaran como lo veremos a continuación.

Muy temprano en la mañana del primer día de la semana (es decir el domingo) luego de la crucifixión, varias mujeres se dirigieron juntas a ungir el cuerpo de Jesús con especias aromáticas (Lucas 23:54-56, 24:1). Entre ellas estaba obviamente María Magdalena, pero también se menciona a María la madre de Jacobo, a Salomé, a Juana (Mateo 28:1, Marcos 16:1, Lucas 24:10) y a otro número no determinado (Lucas 24:10). Cuando ellas llegaron al sepulcro, vieron removida la piedra de la entrada y no hallaron el cuerpo de Jesús. Vieron además a unos ángeles que les anunciaron que Jesús había resucitado, y estos les dijeron que no temieran y que fueran a dar las nuevas a los discípulos (Mateo 28:5-8, Marcos 16:3-7, Lucas 24:2-8). Ellas salieron del sepulcro con temor y gran gozo y corrieron con el propósito de informar a los discípulos lo que habían visto (Mateo 28:8, Marcos 16:8). No obstante, al parecer María Magdalena no se fue tan rápido como las demás, quedándose por otro momento a la entrada del sepulcro. Esta parece ser la razón por la cual aunque María Magdalena había venido junto con las otras mujeres, fue la primera en ver a Cristo resucitado. Pero mientras las otras mujeres iban en su camino de regreso, y por ende no había pasado sino muy poco tiempo, Jesús se les apareció también a ellas y les permitió que lo abrazaran y adoraran (Mateo 28:8-10).

Posteriormente vemos que el propio Jesús invitó al apóstol Tomás a poner el dedo en sus manos que fueron atravesadas por los clavos, y la mano en su costado que fue traspasado por la lanza (Juan 20:27).

Con toda esta claridad en mente, podemos argumentar que el problema no estaba en que María Magdalena tocara al Señor resucitado, pues como lo hemos visto, tenemos pruebas de que muchos de los seguidores de Jesucristo lo tocaron luego de su resurrección. En Juan 20:17, el verbo “tocar” está originalmente en el tiempo presente y el modo imperativo, al parecer indicando una acción continuada, por lo tanto parece que lo que Jesús le quiso decir a María Magdalena fue “no me toques más” o simplemente “suéltame”, lo que indicaría que María ya lo estaba tocando, muy probablemente abrazando. Era apenas normal que María Magdalena llena de gozo por ver al Señor Jesús resucitado, lo adorara y lo abrazara tal y como lo hicieron luego las otras mujeres con las que había venido hasta el sepulcro (Mateo 28:9).

Varias versiones de la Escritura están de acuerdo con esta opinión. Por ejemplo algunas traducen “suéltame” (i. e. La Nueva Versión Internacional y La Biblia de Las Américas), “no me agarres” (i. e. La Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy), “no me retengas” o “no trates de retenerme” (i. e. Dios Habla Hoy y la Palabra de Dios Para Todos), “no te aferres a mí” (i. e. La Nueva Traducción Viviente y La Biblia Amplificada) y “no me detengas” (i. e. Traducción en Lenguaje Actual).  

Cuando María Magdalena vio al Señor Jesús resucitado, aparentemente ella pensó que Él iba a ascender inmediatamente a los cielos y por eso se aferró a Él y no lo quería soltar. Cuando Jesús le dijo “aún no he subido a mi Padre”, le hizo entender que todavía no había ascendido a los cielos y que tampoco iba a ascender en ese mismo momento, pues su deseo era primero encontrarse con sus discípulos para darles la Gran Comisión (Mateo 28:18-20, Marcos 16:15-18, Lucas 24:44-49, Juan 20:21-23). Por eso le encargó a ella y luego a las otras mujeres que fueran y le comunicaran al resto de sus servidores sobre la resurrección, pues antes de subir al Padre, Él se les iba a presentar.


¿Por qué Jesús dijo que Él tenía a un Dios? 

En Juan 20:17 Jesús dijo que Él subiría a su Padre y Dios. Al distinguirse de Dios, pareciera que Él no es Dios en absoluto sino un ser diferente a Dios. Sin embargo, sabemos que esto no puede ser así, porque hay otras muchas porciones de la Escritura que claramente demuestran que Jesús es Dios.

El Nuevo Testamento presenta a Jesús como el Eterno (1. Juan 5:11, 12, 20; Juan 1:4), el Autoexistente (Juan 10:17-18), el Creador y Sustentador de todo (Juan 1:10, Colosenses 1:15-17), el Omnipresente (Mateo 18:20, 28:20), el Omnisciente (Juan 4:16, 6:64, Mateo 17:22-27), el Omnipotente (Apocalipsis 1:8, Lucas 4:39-55, 7:14-15, Mateo 8:26-27) y el único que puede perdonar pecados (comparar Marcos 2:5 y Lucas 7:48-50 con Isaías 43:25). Jesús se identificó como el único Dios cuando dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9), “nadie viene [no nadie va] al Padre sino por mí” (Juan 14:6), “creedme que yo soy en el Padre y el Padre en mí” (Juan 14:11), “yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30), etc.

Además, el apóstol Tomás llamó a Jesús Señor mío y Dios mío (Juan 20:28). Algunas mujeres que lo vieron resucitado lo adoraron (Mateo 28:9). Esteban oró a Jesús (Hechos 7:59). El apóstol Pedro lo llamó nuestro Dios y salvador Jesucristo (2. Pedro 1:1). El apóstol Juan dijo que Jesucristo es el verdadero Dios y la vida eterna (1. Juan 5:20). El apóstol Pablo afirmó que nosotros esperamos de los cielos a nuestro gran Dios y salvador Jesucristo (Tito 2:13). Jacobo lo llamó nuestro glorioso Señor Jesucristo (Santiago 2:1) y Judas (el hermano de Jacobo no el Iscariote) afirmó que su misericordia es para vida eterna (Judas 1:21). Así que la iglesia primitiva creyó de manera coherente que Jesús es el sólo y único Dios del cielo, el único Rey de gloria, el Padre Eterno (Isaías 9:6).

Por esto, las explicaciones unitarias [que niegan que Jesús es el único Dios] son insuficientes para dar razón de toda la evidencia bíblica, pues suelen parcializarse con los versículos que distinguen entre Jesús y Dios, pero ignoran o menosprecian todos los textos bíblicos que proclaman que Jesús es Dios.

Del mismo modo, la explicación trinitaria [que dice que Jesús es una persona divina con una gloria coigual a la de otras dos personas distintas que son tan Dios como Él], tampoco puede dar sentido a la distinción que presenta la Biblia entre Jesús y Dios, ya que en Juan 20:17 Jesús declaró tener a un Dios (el Padre) pero al mismo tiempo declaró que Él es inferior a ese Dios (Juan 14:28), lo que anula toda la propuesta de coigualdad ofrecida por la trinidad. Aún más, Jesús declaró que el Padre es el único Dios verdadero (Juan 17:3). Esto destruye el modelo de una trinidad ontológica de personas divinas y coiguales, y hace a esta propuesta incompetente para explicar la distinción bíblica entre Jesús y Dios.

Frecuentemente los trinitarios recurren a los textos bíblicos que demuestran la inferioridad de Jesús respecto a Dios, para insistir en que Jesús siendo Dios tiene a su propio Dios y se diferencia de ese Dios. Sin embargo, al hacer eso se salen del modelo trinitario y caen en el modelo arriano que presenta a Jesús como un semidios o como una deidad de menor categoría que el Padre. No obstante, el modelo arriano también es incompetente para explicar satisfactoriamente la distinción entre Jesús y Dios, porque cuando la Biblia habla acerca del Dios de Jesucristo, se refiere claramente a Jesús como un ser humano (no como un semidios).

En Juan 8:40, Jesús se presenta como un hombre que habla la verdad que ha oído de Dios. En Lucas 2:52, se dice que mientras Jesús era un niño, crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. En Hechos 2:22, el apóstol Pedro predicó que Jesús fue un hombre aprobado por Dios con maravillas, prodigios y señales. En 1. Timoteo 2:5 se dice que el hombre Cristo Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres. Es obvio que Dios no es Dios de otro que también es llamado Dios, sino que Dios (el Padre) es el Dios del hombre Jesucristo. Siempre que la Biblia hace una distinción entre Jesús y Dios, la diferencia es entre el hombre Jesús y Dios, entre el Hijo de Dios y Dios el Padre. La Biblia confiesa claramente que el Hijo de Dios es el ser humano santo que nació de la virgen María (Lucas 1:35, Gálatas 4:4).

Como un hombre genuino, Jesús es verdaderamente inferior al Padre, y por medio de su conciencia humana genuina, ha podido dar testimonio de que esto es así. El texto de Juan 20:17 aclara que cuando Jesús habló de su Dios, se pronunció como lo haría cualquier hombre fiel a Dios, ya que se refirió a sus discípulos (otros hombres) como hermanos (algo que no hubiera podido hacer si Él estuviera hablando como un “semidios” o un “Dios”).

Igualmente hallamos otras porciones bíblicas donde el Hijo habla acerca de su Dios. Por ejemplo, el Hijo clamó en la cruz diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46, Marcos 15:34). El Hijo también prometió que a todos los vencedores los hará columnas en el templo de su Dios y escribirá sobre ellos el nombre de su Dios (Apocalipsis 3:12). Jesús mismo oró, refiriéndose al Padre como el Único Dios (Juan 17:3). Textos como Efesios 1:3 y 1:17, dicen que el Padre de gloria es el Dios de nuestro Señor Jesucristo. Hechos 10:38, dice que Dios estaba con Jesús  de Nazaret a quien ungió con el Espíritu Santo. De manera que las Escrituras hacen una clara distinción entre el Padre y el Hijo que nosotros no podemos ignorar y/o rechazar, y dado que el Padre es el único Dios verdadero (Juan 17:3) y que nadie puede ser llamado Dios excepto el Padre (1. Corintios 8:6), tenemos que reconocer que los textos anteriormente citados hacen una clara distinción entre Dios y el hombre Jesucristo. La Escritura habla del Dios del hombre Jesucristo, no del Dios de otro “Dios” llamado “Jesucristo”. Por eso es que en la Escritura vemos referencias a Dios el Padre y a nuestro Señor Jesucristo, pero nunca a Dios el Padre y a un tal “Dios Hijo”.

Como hombre, hay cosas que Jesús no sabe (Marcos 13:32, Hechos 1:7) y que no puede hacer (Marcos 6:5). Como hombre, Jesús tuvo que ser engendrado (Mateo 1:18-20, Lucas 1:35), tuvo que nacer (Mateo 1:18-25, Lucas 2:1-7), tuvo que crecer en estatura y en sabiduría (Lucas 2:40, 24:52), tuvo hambre y sed (Marcos 11:12, Juan 19:28), y también murió (Juan 19:33, Romanos 5:10) y resucitó con un cuerpo humano glorioso (Filipenses 3:20-21). Como hombre, Él solo puede estar en un lugar a la vez (Juan 16:7), y Él también pudo ser tentado antes de su glorificación (Hebreos 4:15). Así que desde este punto de vista humano, Jesús es distinto de Dios y se tiene que reconocer dicha distinción tal como es presentada en Juan 20:17 y otros textos de la Escritura.

Pero contemplar a Jesús desde el punto de vista humano es solo la mitad de la verdad, porque como lo hemos visto, la Escritura también confiesa que Jesús es Dios. La mayoría de las personas yerran porque sólo contemplan a Jesús como el Hijo de Dios, sin darse cuenta que la Escritura también lo presenta como el Padre (quien es el único Dios verdadero).

Isaías 9:6 presenta a Jesús como un niño que es nacido y como un Hijo que nos es dado, pero también como el Dios Fuerte y el Padre Eterno. Mateo 1:23 dice que Jesús es Emanuel o Dios mismo con nosotros en la forma de un ser humano. Textos como Isaías 35:3-4, Isaías 43:10-12, Mateo 11:2-6 y Lucas 7:18-23 nos enseñan que Jesús es Dios mismo viniendo y salvando. Hebreos 2:14 dice que así como los hijos (los seres humanos) participaron de carne y sangre, Él (o sea Dios el Padre) también participó de lo mismo para poder destruir en su condición humana al diablo, quien tenía el imperio de la muerte. Romanos 9:5 dice que según la carne, Jesús desciende de los patriarcas del pueblo de Israel, pero también dice que a la vez Él es Dios sobre todas las cosas y bendito por siempre. 1. Timoteo 3:15-16 dice que Él (o sea el Dios viviente) fue manifestado en carne. Filipenses 2:5-8 dice que Jesús siendo por naturaleza Dios, se despojó a sí mismo tomando la forma de un siervo y la condición de un hombre. Juan 1:9-10 dice que Jesús es Dios viniendo al mundo, pero a la vez Juan 1:29-30 dice que Jesús es aquel varón que vino para ser el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La Biblia enseña que Dios se manifestó en carne a fin de proveer un sacrificio expiatorio a favor de los hombres para así poder derramar sangre pura para purificarlos (Hebreos 9:22-28). Jesús es Dios mismo, porque Jesús es el único Dios manifestado en carne.

La Biblia presenta una distinción genuina entre Dios y el hombre Jesús (que es lo mismo que la genuina distinción entre el Padre y el Hijo), que surgió a causa de la manifestación de Dios en carne. Así que no podemos rechazar esta distinción, sino comprender que la misma es la clave para advertir el plan eterno de salvación, que Dios se trazó en sí mismo (según el designio de su voluntad) a favor de la humanidad (Efesios 1:3-14).

Cuando Dios se manifestó en carne ocurrió algo novedoso. Dios sin dejar de ser Dios, asumió una verdadera y completa naturaleza humana, con una genuina conciencia y voluntad humana. Así que la manifestación en carne, le permitió a Dios ser consciente de sí mismo de una nueva manera - una manera humana que es bien distinta de su normal conciencia divina. A partir de la encarnación, Dios asumió dos modos de existencia: (1) Él retuvo su tradicional modo de existencia divino, pero (2) asumió un nuevo modo de existencia humano. Así que Él pudo seguir actuando como Dios pero también pudo empezar a actuar como humano. Jesús es a la vez Dios y hombre, y por eso en su modo de existencia humano puede distinguirse de Dios, puede hablar de Dios, e incluso puede orar a Dios como si Él no fuera Dios, aunque sea Dios mismo manifestado en carne.

El Señor Jesús, sin ninguna equivocación o contradicción Bíblica, es el mismo Dios de la eternidad y del Antiguo Testamento con nosotros ¡Él es Emanuel!


Referencias: 

[1] Magdala fue una antigua ciudad localizada al noroeste del mar de Galilea. Para el tiempo de Jesús, tenía una notable población de pescadores y tintoreros, así como unas 80 tiendas de lana fina. Es mencionada en Mateo 15:39. María Magdalena es llamada así, en referencia a su origen en la ciudad de Magdala.