martes, 4 de agosto de 2015

La Culpabilidad del Hombre y El Poder del Evangelio (Un Comentario Sobre Romanos 1:16-32)


Por Julio César Clavijo Sierra
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Romanos 1:16-32 es una de las porciones bíblicas más conocidas. Allí se presenta al Evangelio como el poder de Dios para salvar a todo aquel que crea, pero también se reflexiona sobre el estado de corrupción en cual se encuentra el hombre por haberse alejado de su Dios a través de la idolatría, el culto vano y el ateísmo. El hombre siempre ha contado con un poderoso testimonio de Dios en todo lo creado, así que no tiene ninguna excusa si no acepta y obedece a su Creador. Sólo al volver a Dios, el hombre puede escapar del declive moral  y espiritual que hay en el mundo.


El Testimonio de Dios en la Naturaleza

El universo entero, desde lo macroscópico hasta lo microscópico, desde los objetos inertes hasta los seres vivos, exhibe complejidad, información, orden, funcionalidad, reciprocidad, belleza y majestuosidad, lo cual es propio de lo que ha sido diseñado y no de lo que aparece por simple casualidad. El diseño, es el proceso mediante el cual un ser inteligente prefigura o proyecta un sistema funcional para cumplir con un fin o propósito determinado. Ya que el universo anuncia que fue diseñado, entonces éste transmite a la vez que su Creador tiene que ser alguien inteligente y personal. Debido a lo colosal de su obra, la inteligencia y la sabiduría del Creador tienen que ser sobrehumanas [un ser divino, es decir Dios]; y como fue capaz de llevar a cabo toda su obra, tiene que contar con un poder incalculable [Todopoderoso]. Como este Diseñador creó el tiempo y el espacio, entonces tiene que ser Eterno y no-espacial [Omnipresente]; y como creó la materia, entonces tiene que ser inmaterial [Espíritu]. Este Creador también conoce de manera previa el propósito de toda su obra [Omnisciente]. En razón a lo anterior, la Escritura dice que “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Ro. 1:20). Por medio de la razón natural, los seres humanos podemos apreciar la grandeza del Dios invisible a través del testimonio que Él nos dejó en su creación. Desde la partícula más pequeña, hasta la más inmensa galaxia, en todo el universo se puede observar la mano del Dios creador, por lo cual quienes se niegan a ver esto, son voluntariamente ignorantes.[1]


La Necedad de la Idolatría

La esplendidez de la naturaleza, da testimonio de la supereminente grandeza del Creador. Si lo creado es asombroso, ¿cuánto más lo será el propio Creador? La humanidad llegó a ser culpable cuando se detuvo en la belleza y la magnificencia de lo creado, pero no trascendió para llegar a contemplar espiritualmente al perfecto Dios Creador. Así por ejemplo, la humanidad observó la majestuosidad del sol, y advirtió que éste astro irradia la luz y el calor necesarios para permitir la vida sobre la tierra, pero en lugar de adorar a Dios por haber creado al sol, decidió que el sol era la verdadera fuente de la vida y entonces adoró al sol. Vio que los ríos conducían el líquido vital del agua, y que éstos en su interior albergaban alimento y riquezas, y en vez de agradecerle a Dios por haber creado los ríos, decidió en cambio adorar a los ríos pensando que así garantizaría su supervivencia y sustento. Contempló las capacidades innatas de los animales, y en vez de magnificar a Dios porque los equipó así, decidió adorar a los animales pensando que de esta manera se podría apropiar de las facultades que ellos poseían. Vio las habilidades humanas, y cómo el hombre podía alcanzar tantas hazañas a través de la ciencia, el arte, la cultura y su destreza física, y entonces imaginó a superhombres con capacidades humanas ilimitadas, los hizo su modelo y los adoró. Luego fabricó esculturas e imágenes de sus nuevos dioses, y organizó un culto para honrarlos. De esta forma, el hombre se apartó voluntariamente del conocimiento del único Dios, y cayó en el pecado de la idolatría, que consiste en adorar a las criaturas antes que al Creador el cual es bendito por los siglos de los siglos (Ro. 1:25). Los hombres no quisieron tener en cuenta a Dios, y los ídolos se convirtieron en su fuente de fe y esperanza, desarrollando una nueva religión al gusto de sus propias concupiscencias.      


El Culto Vano

Otra parte de la humanidad, aparentemente ha querido honrar y dar culto a Dios, y ha sido muy aplicada y devota en todos los ritos y las formas exteriores del culto, pero ha negado a Dios con sus obras y con su testimonio. Dicen conocer a Dios, pero perseveran en la práctica del pecado, dejando en evidencia que sus corazones no arrepentidos en realidad no aman ni se sujetan a Dios.

En el tiempo del profeta Isaías (ver Is. 1:10-20), Dios le llamó la atención al pueblo de Judá a causa de esto, pues ellos habían llegado a ser muy celosos con la presentación de las ofrendas y los sacrificios según la Ley, así como con la observancia de las festividades para Dios, pero su corazón estaba lejos de Dios. Fueron extremadamente aplicados para separar su tiempo a fin de invertirlo en sus ritos y ceremonias, pero no fueron igualmente consecuentes para separar y rendir su corazón a Dios. Se entretuvieron con el medio (el culto según la Ley), pero se despreocuparon del fin (de tener un encuentro personal con Dios para adorarle en verdad). Cuando celebraban su culto, Dios estaba alejado de sus corazones, y por eso Dios catálogo como vano al culto que ellos supuestamente le ofrecían. Por esto Dios les advirtió: “No me traigáis más vana ofrenda”, “son iniquidad vuestras fiestas solemnes (Is. 1:13), y “cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré” (Is. 1:15).   

En la actualidad, mucha gente también está presa en el mismo mal. Se han preocupado más porque su culto sea llamativo y despampanante, lleno de espectáculos y de muchas actividades, pero no se han preocupado porque Dios habite en medio de ellos. Por eso cuando terminan sus cultos, siguen con su vacío de Dios. Tienen nombre de que viven, pero continúan muertos en sus delitos y pecados (Ef. 3:21, Ap. 3:1).


La Filosofía Naturalista (El Ateísmo)

En la actualidad, el cerebro de mucha gente ha sido lavado para hacerles creer que la ciencia ha refutado la existencia de Dios, pero esto es imposible ya que el campo de investigación de la ciencia se limita al mundo físico, y por ende lo sobrenatural está más allá del alcance de la ciencia. Sin embargo, aunque la ciencia no puede estorbar ni refutar la existencia de Dios, sí nos puede proveer de razones para creer en Él, pues tras cada descubrimiento científico se aprecian los rastros del diseño que apuntan a un Creador trascendente, poderoso, inmaterial, no espacial, eterno y personal, lo  cual es una descripción acertada de Dios. El problema real no es con la ciencia, sino con una filosofía que se ha apoderado de la gran mayoría de los académicos científicos, que es conocida como el naturalismo. La filosofía del naturalismo presupone que lo sobrenatural no existe, y que lo único real es el mundo físico, por lo que al hablar del origen del universo, de la vida y de los fenómenos naturales, dicha filosofía solo puede aceptar la mejor explicación naturalista (aunque no sea cierta), excluyendo a priori a una fuente conocida de causalidad que es la agencia inteligente (en este caso sobrenatural), aun cuando la evidencia señala que un Diseñador Inteligente es la mejor explicación de lo observado.[2]

La filosofía naturalista es una mala concepción de la ciencia, pues en contra de todo lo razonable, a través de ella se tiene que creer que nada produjo todo, que un efecto (el mundo material) puede existir sin una causa que lo haya producido, que el orden proviene del caos, y que la belleza y la complejidad reinantes en todo el universo no son el producto del diseño de ninguna inteligencia. La filosofía naturalista también ha propuesto que la teoría de la evolución de las especies es la mejor propuesta para explicar el origen de la vida y la presencia de los innumerables seres vivientes sobre el planeta tierra, pero nadie ha podido observar, verificar o repetir cualquier proceso evolutivo donde la vida haya provenido desde la no-vida, o donde una especie se haya transformado en otra. De manera que la teoría de la evolución de las especies no es científica pues no puede ser probada o demostrada, solo puede ser creída. Para aceptar la teoría de la evolución se requiere de muchísima fe ciega. “Teniendo en cuenta la majestuosidad, la belleza y la complejidad de la tierra y el universo, es relativamente fácil creer en la creación. Pero para creer que la materia muerta pudo crear vida, y sin tener absolutamente ninguna evidencia, se requiere fe de otro orden… A una persona se le preguntó: '¿Por qué usted no usted es un evolucionista?' Su respuesta fue: 'No tengo la fe suficiente para creer que las partículas se dispusieron por azar en una forma tan ordenada que conllevara a la vida'”.[3] La humanidad profesando ser sabia se ha vuelto necia (Ro. 1:22). La mayoría de los científicos, junto con un inmenso número de personas, se han comprometido con los absurdos de la teoría de la evolución de las especies para evitar creer en un Creador divino ante el cual ellos son responsables, pero la creación continúa dando testimonio de su Creador, de modo que no tienen excusa (Ro. 1:20).


Dios Abandonó al Hombre, Pues el Hombre no lo Quiso Tener en Cuenta

Cuando el hombre se apartó de Dios, se extravió del sentido más profundo de su vida, que consiste en conocer y obedecer a su Creador. La Escritura dice: “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” (Pr. 9:10). También dice: “No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jer. 9:23-24). En Dios está el manantial de la vida, y en su luz veremos la luz (Sal. 36:9).

Cuando el hombre se apartó de Dios, se alejó entonces del único que lo podía purificar y sostener en la verdad, por lo cual el hombre quedo aprisionado en sus deseos impuros, en la concupiscencia de sus corazones (Ro. 1:24). Esto es lo que significa que Dios los entregó a la inmundicia (Ro. 1:24), que Dios los entregó a pasiones vergonzosas (Ro. 1:26), y que Dios los entregó a una mente reprobada para hacer cosas que no convienen (Ro. 1:28). Como no quisieron tenerlo en cuenta, entonces Dios los dejó descender por el camino del mal, sin ponerles freno. Es como si Dios hubiera dicho: -“¡Pues si ustedes quieren vivir esa vida, vívanla!- Dios no desea que nadie vaya al infierno, pero el impío mismo es quien voluntariamente se conduce hacia allá por haber escogido vivir sin Dios y en contra de Dios. Si un paciente no sigue los consejos que le da su médico, entonces la culpa no es del médico sino del enfermo. Si el hombre no acata los mandamientos de Dios, la culpa de la condenación no es de Dios sino del hombre.        

Al apartarse de Dios, era de esperarse que se diera el declive moral y espiritual del hombre. Por medio de la inmoralidad sexual, ellos deshonraron entre sí sus propios cuerpos (Ro. 1:24). Pero peor aún, del mismo modo en que ellos cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y dejaron lo natural de honrar a Dios por lo antinatural de reconocer como dios a lo creado; así Dios los dejó que abandonaran lo natural de la relación sexual entre un hombre y una mujer, por la pasión antinatural del homosexualismo. Algunas mujeres han dejado el uso natural de los varones en la relación sexual, y han practicado relaciones sexuales antinaturales con otras mujeres (Ro. 1:26). Del mismo modo, algunos varones han dejado el uso natural de la mujer en la relación sexual, y se han encendido en pasiones lujuriosas antinaturales con otros varones (Ro. 1:27). Al hablar de lo natural del sexo, aquí se utiliza el término griego physis, que se refiere a la función natural según la forma en que fuimos diseñados para funcionar sexualmente. Dios no malgastó su esfuerzo haciendo al varón y a la mujer de forma diferente y complementaria. Los deseos sexuales naturales, son los que están acordes con las funciones sexuales naturales, por lo que la homosexualidad es un deseo o preferencia sexual que pervierte nuestro diseño. Con la práctica del homosexualismo, la humanidad ha recibido en sí misma la retribución debida a su extravío (Ro. 1:27), y ha tenido que soportar en su propio ser el castigo merecido por su perversión, como por ejemplo a través de las enfermedades venéreas (como la plaga del Sida), de la baja autoestima, de la confusión de identidad, de los suicidios, los rencores, etc.  
   
Al apartarse de Dios, el mundo se llenó de toda clase de necedad, injusticia, insensibilidad, falta de misericordia, envidia, chismes, calumnias, engaños, deslealtad, insolencia, vanidad, avaricia, peleas, homicidios, malicia, perversidad, depravación, etc. De hijos que desobedecen a sus padres, y de hombres que aborrecen a Dios (Ro. 1:28-31). Los hombres saben que Dios ha dejado bien claro que los practican tales cosas merecen la muerte, y sin embargo las continúan practicando y ven  con agrado que otros también las practiquen (Ro. 1:32). Es como si el pecador razonara insensatamente, que al contar con muchos cómplices puede lograr alguna justificación para su maldad o que por lo menos puede mitigar su castigo. Pero la realidad es que quien no ha querido tener en cuenta a Dios, no puede quedar justificado delante de Él.


El Poder del Evangelio

Ya que el declive espiritual y moral del hombre se debe a que se ha apartado de Dios, entonces su restauración sólo se halla al reestablecer la comunión con Dios. Dios no quiere la muerte del impío, sino que éste se vuelva de su mal camino para que viva. Él invita al impío diciéndole: -“Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué habréis de morir cuando hay salvación para vosotros?”- (Ez. 33:11). “Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is. 1:16-18).

Así como la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que se rehúsan a creer en Dios (es decir que detienen con injusticia la verdad) (Ro. 1:18), así también la justicia salvadora de Dios halla efecto en el que llega a ser justo por la fe en Dios. ¡El justo vivirá por la fe! (Ro. 1:17).

Aunque el hombre se apartó de Dios, Dios mismo vino a buscarlo y a salvarlo. En la antigüedad el anunció así su promesa: -“Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará”- (Is. 35:4). Y esa promesa se cumplió cuando Dios se manifestó en carne como Jesucristo (1. Ti. 3:16), el cual es Emanuel o Dios mismo con nosotros (Mt. 1:23). Jesús es Dios de nuestro lado, Dios que ofrece perdón, reconciliación y salvación al hombre pecador (Mt. 1:21). “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1. Jn. 1:9). El evangelio de Jesucristo es el gran mensaje del amor de Dios, por eso no debemos avergonzarnos del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Ro. 1:16).





[1] Para profundizar más acerca de cómo la creación anuncia a un Dios trascendente, personal, eterno, inmaterial, todopoderoso, etc., vea el artículo Eternidad No Es Lo Mismo Que Para Siempre: Un Argumento A Favor Del Teísmo. (El Argumento Cosmológico Kalam), escrito Por Jason Dulle.
[2] Para profundizar acerca de cómo la filosofía del naturalismo tiene atrapada a la academia científica, vea el artículo El Diseño Inteligente, La Ciencia y El Naturalismo, escrito por Jason Dulle.
[3] Arlo E. Moehlenpah, D.Sc. Creación Versus Evolución – Consideraciones Científicas y Religiosas. Pág. 168. © 2013 Edición en español. Traducido por Julio César Clavijo Sierra.